“El Principio de que los pactos deben cumplirse (pacta sunt servanda) siempre se ha aplicado con una cláusula invisible (para los incautos): ‘siempre y solo cuando convenga a los poderosos’ ”Boaventura de Sousa Santos
En una noticia fechada el jueves de la semana pasada (20 febrero 2025) que lleva por título Cómo Trump y Putin han sacudido el orden mundial en una semana la BBC decía lo siguiente: “En solo una semana, Donald Trump y Vladimir Putin han puesto en jaque el equilibrio de poderes en el tablero de la política internacional. Todo comenzó el 12 de febrero con una llamada en la que los dos líderes se comprometieron a restaurar las relaciones bilaterales y buscar una solución a la guerra en Ucrania tres años después de la invasión rusa. Luego vino la Conferencia de Seguridad de Múnich, donde Europa y Estados Unidos confirmaron sus diferencias sobre el conflicto ucraniano y otros asuntos internacionales. Esto precedió a la imagen que dio la vuelta al mundo: los ministros de Exteriores de Washington y Moscú reunidos en la capital de Arabia Saudita, Riad, el martes en el primer encuentro entre las dos potencias desde la invasión de Ucrania. El resultado ha sido un terremoto diplomático: Europa y Ucrania permanecen sin voz en unas negociaciones que pretenden determinar su futuro, Trump se desmarca del presidente ucraniano, Volodymyr Zelensky, a quien culpa de la guerra y llama «dictador», y la narrativa oficial rusa canta victoria. ¿Estamos ante un nuevo orden global?
¿Poner en jaque el equilibrio de poderes?: más bien restaurarlo si partimos de la base que, como han señalado desde John Mearsheimer hasta Jeffrey Sachs pasando por diplomáticos cómo George Kennan o Henry Kissinger, intelectuales como Emanuel Todd, Pedro Baños, Alfredo Jalife, Atilio Borón, José Antonio Zorrilla y un largo etcétera, la ruptura del equilibrio fue provocada por el intento de Washington de incorporar a Ucrania a la OTAN, cosa que el presidente ruso había advertido que sería motivo de guerra (casus belli). Instalar misiles y fuerzas de la OTAN en la frontera sur de Rusia le daría además continuidad al plan para fragmentarla (“balkanizarla” como en Yugoeslavia) plan que consta en el documento Overextending and Unbalancing Russia. Assessing the impact of cost- imposing options publicado en el 2019 por la Rand Corporation. Romper el equilibrio implica el estallido de la guerra y eso fue lo que hizo la Casa Blanca. Por supuesto, se trata aquí del equilibrio entre los jugadores de las ligas mayores, las grandes potencias que poseen armamento nuclear y un asiento permanente en el Consejo de Seguridad de Naciones Unidas. Ucrania debió haber comprendido que así como Cuba no pudo instalar misiles soviéticos en su territorio en 1962 – gracias al acuerdo logrado por Kruschev y por Kennedy– ingresar a la OTAN significaba una “amenaza existencial” para Rusia y no debía hacerse, so pena de desatar la guerra, porque las potencias nucleares se mueven en otra esfera de la política internacional, como veremos enseguida.
¿Un nuevo orden global? La BBC se equivoca de cabo a rabo al siquiera plantear dicha interrogante. El orden global que subsiste hasta hoy en día es el orden de los “Estados-Nación” (antes de la Edad Moderna había feudos o imperios, no “naciones”) establecido en 1648 al terminar la guerra de los 30 años, conocido como “Orden de Westfalia”. En él se decidió que estos nuevos Estados-Nación deberían sujetarse tanto al derecho internacional (los tratados: pacta sunt servanda) como al equilibrio de poderes y como ya se dijo, si algún Estado rompe el equilibrio de poderes buscando la hegemonía va a provocar guerras. Al disolverse la URSS en 1991 Estados Unidos sintiéndose triunfador se creyó en capacidad de establecer su hegemonía mundial, algo que fue rebatido por la realidad misma porque pronto el “el fin de la historia” de Fukuyama se transformó en el “clash of civilizations” de Huntington como pudo comprobarse con el ataque a las torres gemelas y al Pentágono de septiembre del 2001, incluyendo la desmesurada respuesta norteamericana tanto en Afganistán (2001) como en Irak (2003). Y esto es así porque el derecho internacional (pacta sunt servanda) lleva siempre esa cláusula invisible a la que se refiere Boaventura de Sousa: “siempre y solo cuando convenga a los poderosos”.
Y, como siempre hay que aprender de la historia (o estamos condenados a repetirla), recordemos que en todas las ocasiones en que dicho equilibrio de poderes fue roto estallaron guerras como las napoleónicas cuando Francia o los imperios alemanes trataron de hegemonizar a Europa en los siglos XIX y XX. Tales conflagraciones culminaron siempre con tratados de paz, como el de Viena en 1815, Versalles en 1919 así como el “tratado implícito” de Churchill, Stalin y Roosevelt en Yalta, península de Crimea –territorio ruso no hay que olvidarlo– en 1945 y con la posterior fundación de la ONU en San Francisco ese mismo año. Hay que recordar, además, que fue gracias al tratado explícito que es la Carta de Naciones Unidas que la doctrina de la seguridad colectiva de Wilson fue mejorada gracias a capacidad que la Carta le otorga al Consejo de Seguridad para disponer, llegado el caso, de fuerzas militares para imponer la paz y sancionar a un Estado agresor siempre que los 5 miembros permanentes estén de acuerdo, o sea, en otras palabras “siempre y solo cuando convenga a los poderosos”.
Operar con fuerzas militares de los Estados miembros de Naciones Unidas para sancionar a un Estado agresor se pudo hacer solo en dos casos históricos de gran importancia: cuando Kim Il Sung quiso reunificar por la fuerza a las dos Coreas en 1950 y en el caso de la guerra del golfo en 1991, cuando Saddam Hussein quiso apoderarse de Kuwait. En ambas guerras las fuerzas militares de Naciones Unidas restablecieron el statu-quo sancionando tanto a Corea del Norte como a Irak y devolviendo su soberanía a Corea del Sur y a Kuwait. No existe ningún otro precedente, aunque como ya se dijo, esto se debe a que la misma Carta de Naciones Unidas otorga a los miembros permanentes el derecho de veto. De manera que si exclusivamente estas 5 grandes potencias pueden hacer caso omiso del derecho internacional es algo que, además de ser profundamente injusto, consagró una nueva situación de facto: que las potencias vencedoras en la Segunda Guerra Mundial siguen siendo las que mandan en las “grandes ligas”. Ni Japón ni Alemania –los derrotados– son miembros permanentes del Consejo, carecen de armamento nuclear y aún conservan tropas norteamericanas (más de 50,000 hombres) permanentemente estacionadas en sus respectivos territorios disque para “protegerlos”.
Entonces, hay que comprender que es debido al “derecho de veto” que Estados Unidos pudo invadir Vietnam (1965), Afganistán (2001) e Irak (2003) sin que el Consejo de Seguridad pudiese hacer nada y que lo mismo ocurrió cuando la URSS invadió Hungría (1956) Checoeslovaquia (1968) y Afganistán en los años 80. Habría que reformar la Carta de la ONU para resolver esta injusta normativa, porque si el artículo 27 autoriza implícitamente a las grandes potencias a ignorar el derecho internacional al mismo tiempo está introduciendo en la Carta el equilibrio de poderes como el factor determinante de la guerra y la paz entre las grandes potencias incluidas las que poseen armamento nuclear (Pakistán, la India, Corea del Norte e Israel) y esto es absolutamente negativo para una paz basada en el respeto al derecho internacional, como debería de ser.
Insistimos entonces en que fue el golpe prooccidental que derrocó a Yanukovitch en el 2014 y el intento de incorporar a esta ex república soviética en la OTAN la causa determinante de la ruptura del frágil balance entre grandes potencias y por ende del estallido de la guerra. Lo que ahora presenciamos, en consecuencia, es el intento de restablecer dicho equilibrio, no de alterarlo –ni tampoco de establecer ningún nuevo orden global que sustituya al orden de Westfalia– como afirma, equivocadamente, la BBC. Y por supuesto, tampoco se trata de ningún “terremoto diplomático” el que se excluya a europeos y ucranianos de ese primer encuentro –ese si, diplomático– entre las dos superpotencias mundiales, puesto que –erróneamente– lo que tanto Bruselas como Kiev han estado haciendo es excluir la diplomacia como medio para solucionar conflictos, apostándole a un triunfo militar que nunca se produjo. Y, precisamente por ello, Trump ha decidido reanudar la diplomacia reabriendo su embajada en Moscú y proponiendo una cumbre bilateral con el presidente Putin quien también reabrirá la embajada rusa en Washington, cerrada en el marco de política antidiplomática y guerrerista de Biden, algo que los europeos acataron obsecuentemente. En consecuencia, no se trata de ningún “terremoto” sino todo lo contrario, lo que tenemos es la reapertura de la diplomacia como medio para resolver conflictos.
En lo que si tiene razón la BBC es en la cita que hace de Trump desmarcándose del presidente ucraniano, culpándole de la guerra y llamándole dictador. Por supuesto, tales dichos de Trump son escandalosos en un Occidente acostumbrado a las narrativas oficiales tanto de los gobiernos como de los medios (el NYT, El País, Le Monde, Die Zeit, Der Spiegel, el Times, el Guardian, el Financial Times, el Wall Street Journal etc.) culpando de todo a Rusia y presentando a Zelensky como un demócrata. Sin embargo, contra lo que cabría esperar de un Trump acostumbrado a mentir en cada ocasión que le conviene, ahora habría que admitir que dice lo cierto, dado que: 1) Aunque Rusia intervino militarmente en Ucrania para impedir su incorporación a la OTAN iniciando el conflicto hay que tomar en cuenta (como lo hace ahora un Trump bien asesorado) que en abril del 2022 –a los dos meses de estallado el conflicto– gracias a la mediación de Turquía y a una negociación de los dos contendientes en Estambul ya se había logrado un acuerdo para retirar las tropas rusas a cambio del no ingreso de Ucrania a la alianza atlántica. Empero, Zelensky se negó a cumplir el acuerdo inducido por el primer ministro británico Boris Johnson quien viajó a Kiev para convencerlo de continuar la guerra con el apoyo de la OTAN; y 2) El período presidencial de Zelensky desde hace un año está vencido y no se han celebrado elecciones bajo el argumento que el país está en guerra. En nuestro próximo artículo analizaremos las implicaciones que puede tener la reunión en Riad, capital de Arabia Saudita, de los ministros de Exteriores de Estados Unidos y de Rusia explorando hasta qué punto hay posibilidades de que, en este orden político tripolar que prevalece en el escenario internacional (Estados Unidos, Rusia y China pues el orden económico ya es multipolar gracias a los BRICS) sería posible hablar de una nueva “repartición del mundo” como la ocurrida en Yalta en febrero de 1945. El alineamiento de Washington y de Moscú en Naciones Unidas, tanto en la Asamblea General como en el Consejo de Seguridad parecen presagiar que por allí va la cosa.