La situación política, económica y social del país se encuentra en un punto de inflexión. Nunca antes se había visto un esfuerzo tan grande y permanente por distintos grupos y personas por buscar un cambio. La lucha por la transformación no es fácil, principalmente cuando los grupos que pretenden que nada cambie, siguen enquistados en instituciones que constituyen centros nerviosos del sistema.
Estos centros nerviosos devienen de nombramientos o designaciones de personajes que son parte de este grupo que hoy llamamos el Pacto de Corruptos, que pretenden aplacar, anular, desplazar, evitar la ola de presiones que se ejercen legítimamente y legalmente por muchos grupos organizados y otros que en nombre personal, luchan cada día para orientar, para analizar, para discurrir sobre cómo se están comportando las cosas.
No es fácil -de ahí el nombre de mi columna de hoy-, principalmente cuando las entidades -principalmente las de justicia y de derechos humanos-, se encuentran “tomadas” literalmente por personas que han hecho de las instituciones que temporalmente conducen, auténticos obstáculos para avanzar hacia transformaciones fundamentales en nuestra sociedad.
La lucha no debe parar, muchas personas no entienden que este esfuerzo va más allá del actual régimen, pues se debe tener muy claro que la situación no se puede cambiar tan fácilmente, cuando en el interior del propio Estado se encuentran “enemigos”, que deslegitiman cualquier esfuerzo transformativo. Y ni hablar de los grupos que actúan fuera del sistema, pero que son auténticos grupos o personas orgánicas que favorecen al establishment.
El esfuerzo por cambiar, a pesar de la ventisca frontal, no se debe reducir a un régimen, implica muchos más, pero que el actual representa un aliado valioso que se debe aprovechar -en doble vía y en el buen sentido del término-, para propiciar cambios de gran calado que beneficiarían a toda la sociedad, por supuesto que llegar a los grupos más vulnerables, es el propósito, pero todo tomará mucho tiempo.
La decepción o el desencanto que ha prevalecido en contra del actual régimen es indiscutible y hasta comprensible -muchos esperaban mucho más-, pero el cerrar filas en contra de Bernardo Arévalo es una visión reduccionista, pues al final le hacen el juego a los grupos que han medrado del sistema y siguen ahí esperando hincar sus dientes en la yugular del actual régimen para hundirlo y evitar que se pueda contar con otra figura alternativa que continúe en la lucha del cambio.
Hoy, en la elección del Colegio de Abogados, se juega mucho, no es una simple elección, es justamente la posibilidad de obtener un cuerpo electoral que favorezca cambios sustantivos en el eje del poder, en este caso en el Ministerio Público.
Personas como el actual procurador de los derechos humanos -así con minúscula-, deberían de renunciar por vergüenza e igualmente los miembros de la CC -no los puedo llamar ni magistrados, ni togados, ni abogados-, son simplemente un grupo que actúa orgánicamente en contra del esfuerzo por cambiar, de esa cuenta sus resoluciones que solo sirven para mantener el actual estado de cosas. Al final son una vergüenza nacional, que debe ser visto por toda la ciudadanía y así comprender su papel falto de dignidad y legitimidad.
Así que a pesar de la ventisca sigamos caminando de frente, al final, la tormenta pasará y ello será sumamente estimulante.







