Ayer se celebró el acto simbólico del cambio de la rosa en el Patio de la Paz, del Palacio Nacional de la Cultura. Un acto sumamente simbólico por su contenido, su evocación y su perspectiva. En el contenido del mismo se encierran todas aquellas personas que fueron justamente víctimas del Conflicto Armado Interno, dentro las cuales cabe mencionar a las que murieron durante dicho período, así como de aquellas que representaron la dolorosa condición de desaparecido o desparecida. Su evocación fue a un pasado de sueños y luchas de muchos en este espacio del tiempo y su perspectiva apunta a recrear otros mecanismos para dignificar o reparar a los familiares de las víctimas.
La paz es ciertamente un proceso, no necesariamente se culminaba con el conflicto únicamente aquél 29 de diciembre de 1996, pues ahí se conseguía un paso ciertamente trascendental como era el alto al fuego definitivo para que la URNG continuara desde la perspectiva de un partido político. Sin embargo, la paz, no concluía con ese paso. La paz significa hoy, todavía, la lucha contra la impunidad, la lucha para conseguir una justicia que se enmarque en un Estado de derecho, pero aún más la lucha contra la pobreza, la pobreza extrema, la desnutrición y la desigualdad, entre otros flagelos sociales.
El acto del día de ayer, en el cual se cambió la rosa en el Patio de la Paz, recayó merecidamente en la persona de Otilia Alux de Cotí, una mujer indígena que se ha caracterizado por su lucha permanente por conseguir una sociedad más justa y en donde los pueblos indígenas sean representados dignamente. Cuando se inició el acto, con la presencia del Presidente Bernardo Arévalo, se pudo observar a Rosalina Tuyuc, caminando hacia las personas que dirigían el acto, con la rosa en un recipiente para entregársela a Otilia, con una reverencia que destacó aún más el simbolismo de este acto.
Al acto cobró mayor significado después de los excelentes discursos de la Viceministra de Educación Bilingüe, de la Ministra de Cultura y de la Directora de COPADEH, todos orientados en una línea que los puede caracterizar, la paz como un proceso permanente inacabado para Guatemala, pero también dejaron algo bastante en claro, la Dignificación de las Víctimas no se puede quedar en su rememoración, no, la dignificación de todas las víctimas pasa por la justicia e igualmente todas ellas recalcaron en una conducta ominosa del Estado, no debe repetirse, no debe ocurrir, o tal como el lema del trabajo de la Comisión de Esclarecimiento Histórico o Memoria del Silencio, o la Reconstrucción de la Memoria Histórica: señalaba: Nunca más.
Oti –una buena amiga mía–, compañera del grupo DESC, hizo un cambio en el tono del discurso, puesto que puso la emotividad necesaria para rescatar el sentimiento que primaba en muchos de los que asistimos al acto de la Dignificación de las Víctimas. Oti hiló su discurso a través de varios porqués, indicando por qué el Estado se convirtió en una máquina que aplastaba a todas aquellas personas que se opusieron al estado de cosas, por qué no se permitió la judicialización de los casos de personas detenidas o, terriblemente desaparecidas, por qué no se abrieron los espacios políticos para generar oposición bajo el espectro democrático, por qué se asesinaron a estudiantes, catedráticos, obreros, sindicalistas, amas de casa, dirigentes políticos de oposición y otros.
Pero también Oti planteó una línea política a seguir. Habría que continuar con los actos, pero también habría que organizar políticas públicas para reparar a las familias de las víctimas. El Presidente Arévalo, fue muy claro desde la línea inicial de su discurso: “No hay futuro sin historia”, una afirmación que constituyó el hilo conductor de sus palabras que también hablaron de la paz y del nunca más, nunca más. Un acto que representó para muchos que estábamos ahí, una regresión a aquellos días duros y difíciles, cuando en nuestras vidas tomamos una decisión difícil, pero seguros de pretender cambiar nuestro país. Un recuerdo imperecedero a amigos, colegas y compañeros a quienes se les truncaron sus sueños y sus vidas.