0:00
0:00

Los conocedores de la biblia cuentan que, hay un relato que se refiere al Leviatán al que se describe como una bestia marina salvaje, poderosa, temible, dragón o serpiente gigante, que simboliza el caos y los poderes malignos, se dice que es un monstruo acuático incontrolable, de aspecto aterrador, su naturaleza exacta es debatible, no se sabe si definirlo como anfibio, pez o criatura artificiosa.  El caso es que el texto bíblico lo presenta como el símbolo supremo de la maldad, creado para hacer el mal y sembrar el caos.

En sentido analógico, en el Siglo XVII el filósofo inglés Thomas Hobbes, publica su libro que se llama el Leviatán, que es la metáfora de un Estado poderoso, creado por los hombres para protegerse de sí mismos y que para evitar el desorden propone crear el Contrato Social. A Hobbes se le considera un referente por proponer fundamentos para la filosofía política moderna. Su obra, Leviatán (1651), es la base de la filosofía política occidental. Desarrolla la teoría del contrato social sentando las bases de la teoría contractualista.   

La analogía entre la bestia bíblica terrible y maligna con un Estado todopoderoso que somete a sus súbditos y domina a los antagonistas, tiene sentido cuando lo contrastamos con la realidad actual, repleta de hechos que ocurren a la vista de medio mundo que hacen surgir inquietudes y comparaciones. 

Tomando la metáfora de Hobbes, me refiero a las últimas acciones del Gobierno estadounidense convertido en un Leviatán moderno, con poderes malignos, representante de un Estado todopoderoso, que restauró la Doctrina Monroe para América Latina y el 3 de enero de 2026, lanzó un ataque militar contra la República Bolivariana de Venezuela y secuestró a su presidente constitucional, Nicolás Maduro Moros y a su esposa, la primera dama Cilia Flores. La pareja presidencial fue trasladada a los Estados Unidos de Norteamérica y enfrenta juicio en una Corte Penal de New York.

El Leviatán moderno anda suelto, el ataque militar ordenado por el presidente estadounidense Donald Trump, provocó un centenar de fallecidos entre militares y civiles, la destrucción de instalaciones del ejército venezolano y daños a infraestructura civil. La acción militar imperialista violó la soberanía de otro Estado, la Carta de las Naciones Unidas, normas universales de derecho internacional y de derechos humanos. La pérdida de vidas humanas constituye crímenes de guerra, los culpables deben ser juzgados.

El Leviatán moderno anda suelto con piratas del Caribe, bombardeando lanchas rápidas y ejecutando a las tripulaciones, acciones que son flagrantes ejecuciones extrajudiciales. Restauraron la práctica de la piratería, asaltan barcos cisterna que transportan petróleo venezolano y lo roban para su propio beneficio. Aumentan los crímenes de guerra.

El Leviatán moderno amenaza a otros Estados soberanos e independientes, se refirió a México, Colombia, Cuba y Nicaragua, les advirtió que sus países también podrían tener consecuencias y hasta ser invadidos. Los mandatarios de los países aludidos reaccionaron con energía y rechazaron las amenazas y advertencias de la presidencia imperial, reiteraron su deber de defender la soberanía y autodeterminación de los pueblos. Recordaron que América Latina es una región de paz.

Después de lo que sucedió en Venezuela queda claro que lo mismo le puede pasar a cualquier otro país, sea del Continente americano o de otro; de lo que se trata es imponer la voluntad del todopoderoso, usando la fuerza y violando normas internacionales. Como dice el dicho popular: ¡A poner las barbas en remojo!

Factor Méndez

fmendez21@gmail.com

Defensor Derechos Humanos. Catedrático. Periodista/Escritor. Estudió Derecho, Derechos Humanos y Trabajo Social en Guatemala, Honduras y Costa Rica. Catedrático San Carlos y Rafael Landívar. Fundador Centro de Investigación, Estudios y Promoción de Derechos Humanos CIEPRODH. Autor de ensayos y artículos sobre temas sociales, políticos, memoria histórica y Derechos Humanos.

post author
Artículo anteriorCuando el deporte se usa para el poder y la ley queda fuera del juego
Artículo siguienteEl poder social de las remesas