«¿Cómo describiría su historia de vida en un minuto? ¿Cómo dibujaría usted su pasado, su presente y su futuro?» Thomas J. Cottle
Envejecer es el verbo al que más le huía mi mamá y es el adjetivo, viejo, al que más le temo yo. Mamá no dejó que la vejez le alcanzara. Yo en cambio, ya fui alcanzado por la vejez años hace. Recuerdo la primera vez que alguien me dijo «don» o «señor» en el sentido de que se refería a un anciano. Yo casi en mis cincuenta y la joven mujer, un tanto enojada porque iba en contra de la vía conduciendo su carrito nuevo a lo que yo le dije, «no hay vía». Solo recuerdo algo así: «a usted que le importa viejo metiche» me dijo. Yo sé que me dolió más lo de viejo que lo de metiche. Se me quedó grabado.
Vino entonces la crisis de los cincuenta. Todo empezó con un tumor cerebral en las cercanías del cerebelo que me mareaba sin haber tomado un sorbo de Quezalteca, el licor más conocido de mi ciudad natal y ni siquiera una Cabro, la cerveza lager de Quetzaltenango, donde vivo. Un especialista cuello-cabeza y un neurocirujano dijeron que era urgente operar. Bueno, lo haré en el Seguro Social. Ay no, casi que me dan cita años después. La operación marcó un antes/después, no tanto como joven/viejo, pero probaba yo algo de los sabores que traería la vejez.
Fueron años complejos mis 50. No tanto por la vejez per se. Uno no es viejo a los cincuenta en esta época, pero parece ser, por la poca investigación sociológica sobre la vejez, que el hombre, más que la mujer, hace un balance de lo logrado y no logrado a los 50 años, como si fuese una línea de corte. Pero es un corte injusto porque uno no vive 100 años para hacer un corte a la mitad de la vida. La esperanza de vida masculina se reporta en Guatemala de 70 años, muy por debajo de su promedio regional. En ese sentido, la evaluación de la vida debería hacerse a los 35 años y no a los 50.
La crisis de los 50 años es una transición social y cognitivamente compleja, sociocognitiva. Es una crisis vital por el malestar psicológico donde la persona evalúa sus logros y mortalidad, provocando cambios de identidad y autoestima ante la vejez inminente. Socialmente implica ajustes como la soledad o la misma jubilación, mientras que cognitivamente uno toma conciencia del declive físico y nuevas prioridades emocionales. Quizás aquí el concepto de ser viejo se asocia con marcadores sociales arbitrarios que empiezan a ver al hombre de cincuenta y tantos como viejo.
Lo cierto es que a los cincuenta años los guatemaltecos hemos vivido ya más del 70% de nuestra vida, entonces ciertamente para la gente a los cincuenta somos viejos, aunque no nos sintamos viejos.
Envejecer, entonces, no es solo el momento en que una joven conductora te llama “viejo metiche”, ni el tumor que a los cincuenta te recordó la fragilidad del cuerpo, ni siquiera la estadística guatemalteca que nos dice que a esa edad ya hemos vivido más del 70% de nuestra existencia probable. Envejecer es, sobre todo, un verbo que se conjuga en presente continuo, con sus dolores, sus ironías y sus victorias.
Elisa Dulcey-Ruiz y Cecilia Uribe Valdivieso, en su artículo Psicología del ciclo vital: hacia una visión comprehensiva de la vida humana, nos ofrecen una visión más generosa y menos dramática para mirar este proceso. Para ellas, la psicología del ciclo vital es más amplia que la tradicional psicología del desarrollo (Piaget). No se trata solo de etapas que se superan, sino de una visión integral donde la edad pierde rigidez: hay cambios permanentes, multidimensionalidad, plasticidad y, sobre todo, la profunda influencia del contexto histórico, social y cultural.
Según estas autoras, no hay “estaciones” fijas en la vida humana (como cantaba Atahualpa Yupanqui). Hay vida vivible en cualquier edad. Hay alegría y tristeza a cualquier edad. Hay amor y desamor a cualquier edad. El envejecimiento se inscribe en el marco más amplio del ciclo vital, que incluye la adultez, la vejez y hasta la muerte, pero siempre con énfasis en las posibilidades: el envejecimiento exitoso, el bienestar subjetivo y la sabiduría.
Vuelvo y repito, dicen en Panamá, el envejecimiento no es más que el producto final de otra práctica social llamada aprender. Por eso envejecer, o sea aprender, se da a lo largo de toda la vida. No se trata de resistir la vejez, negándola hasta el final, sino de habitarla con conciencia, adaptabilidad y sentido, con amor, con profundo amor y agradecimiento de haber vivido y de seguir viviendo.
Hoy, 11 de mayo, cumplo 66 años. Gracias mamá, gracias papá. Ya no huyo del adjetivo “viejo” como lo temía de niño. Lo habito. He sido alcanzado por la vejez, sí, pero también por la gratitud de haber vivido y seguir viviendo, viviendo y no solo sobreviviendo. Viviendo con la ilusión de ver a mis dos hijas crecidas y amadas, viviendo, de sentir el amor que nos construye sabiendo que en la esquina podemos rápidamente encontrarnos el relámpago que destruye.
Ya no hago balances dramáticos de logros y fracasos. Hago, más bien, inventarios de lo que todavía puedo dar: una columna más, una conversación honesta, un libro avanzado a la mitad, un consejo pedido o no pedido, una risa ante el espejo cuando veo las arrugas. Envejecer también es la ilusión de preparar el seminario internacional esta semana para saludar de cerca a mi colega mexicano Alberto Camacho que nos trae la primicia de su nuevo libro Mesoamérica: Obsesión con los grandes números o a Luis Fernando Plaza del Valle del Cauca colombiano, quien trae más que su último libro: Pensamiento Crítico. Eso es vivir, trabajar para amar y amar para trabajar en esta hermosa tierra que me vio nacer: La Ciudad de la Estrella, Quetzaltenango, Xelajú eterna.







