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La emergencia del agua es un poema. Su nacimiento era realmente improbable en la larga historia de nuestro Universo.

Primero llegó el hidrógeno, con el Big Bang, hace 13 mil 800 millones de años. No nació solo. Eran tres hermanos isotópicos: el protio, con un solo protón sin neutrón alguno; el deuterio, con un protón y un neutrón; y el tritio, el hermano inestable que heredó dos neutrones. De ellos, el más humilde y abundante, el protio, sería el que daría origen a nuestra agua terrestre.

Ese hidrógeno primigenio tuvo que unirse a otro hidrógeno para formar la molécula diatómica H₂, un enlace covalente sencillo pero esencial: H-H. Era el primer paso hacia el agua.

Pero el oxígeno, el otro protagonista de esta historia, debió esperar. Nació millones de años después, forjado en el corazón ardiente de las primeras estrellas —las llamadas por los astrónomos: gigantes de Población III— mediante fusión nuclear. El oxígeno también tiene sus propios isótopos: O-16, O-17 y O-18. Es el O-16, el más ligero, el que predomina en el agua que conocemos.

Cuando ese oxígeno recién creado se enfrió y se mezcló con el hidrógeno abundante en las densas nubes moleculares que quedaron tras las explosiones de las primeras supernovas, ocurrió el milagro. Aproximadamente luego de 200 millones de años después del Big Bang, otros dicen que fue luego de 800 millones, en los restos fríos y densos de aquellas estrellas masivas que vivieron poco y murieron rápido, el oxígeno y el hidrógeno se unieron mediante enlaces covalentes polares. Así nació el vapor de agua, y luego el hielo.

Como describo en mi libro La naturaleza social del ciclo del agua (Editorial Piedrasanta, 2026), simulaciones recientes publicadas en Nature Astronomy (2025) muestran que este proceso ocurrió con sorprendente rapidez en los entornos densos y fríos posteriores a las supernovas. El agua, pues, surgió temprano en la historia cósmica.

Esta agua primordial viajó por el cosmos durante miles de millones de años. Llegó a la Tierra hace unos 4 mil 500 millones de años, transportada por cometas y asteroides cargados de hielo. Al impactar contra la joven Tierra, liberaron ese tesoro. El planeta se enfriaba, el vapor de agua se condensó y cayó la primera gota. Luego otra, y otra más. Así comenzaron a formarse los ríos y océanos.

Las rocas y minerales liberaron gases, principalmente nitrógeno, y el oxígeno primario empezó su lento camino. Hoy sabemos que gran parte del agua de la Tierra se encuentra no solo en los océanos, sino también atrapada en la corteza y el manto profundo, testimonio silencioso de aquellos antiguos impactos.

Pero el agua es mucho más que una bella molécula de hidrógeno y oxígeno. Es el disolvente universal que, gracias a su polaridad —como un pequeño imán—, permitió el surgimiento y el abrazo de la vida.

Con la aparición de los seres humanos, el agua cambió. Su ciclo ya no es solo natural. Dejó de evaporarse solo según las leyes físicas, dejó de enfriarse únicamente por los ritmos cósmicos, dejó de ser solo hielo en las cumbres. El uso que hemos hecho de ella transformó su ciclo ancestral y dio origen a un ciclo social del agua, un ciclo que hoy depende, en gran medida, de nuestras decisiones y de nuestra conciencia.

Para los humanos el agua es todo, o casi todo. Son los recuerdos que no recordamos de la infancia cuando en el vientre de mamá éramos ya seres acuáticos. Son los primeros años de vida cuando sentíamos en nuestro cuerpo los diferentes baños que mamá nos daba. El agua fue nuestra compañera en los primeros pasos cuando al ver un charco saltábamos sobre él para ver qué pasaba. El agua era los paseos al río que alimentaba de agua al pueblo, el Samalá, el río que venía de la montaña fría con la claridad del día. Venía de la Sierra Madre, no podría venir de otra sierra. El agua fue para mí el encuentro aquel a mi primera llegada al mar, en Champerico, cuando papá me dijo, entre el estruendoso sonido de las olas, todo lo que me quería.

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