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Estamos acostumbrados a creer que las universidades son las únicas instituciones capaces de formar profesionales. Médicos, ingenieros, abogados, economistas, agrónomos y tantas otras carreras surgieron en los siglos XIX y XX como producto de los Estados-nación que necesitaban bases legales, técnicas y científicas sólidas. Durante décadas hemos visto a las universidades guatemaltecas —especialmente a la Universidad de San Carlos de Guatemala (Usac)— cumplir ese rol. Tanto tiempo ha pasado que asumimos que esa es su única función y que así será para siempre. No es así.

Perdidos en nuestra crisis “chapina”, donde la politización extrema ha convertido a la universidad pública en un botín para elegir altas cortes y mantener privilegios, los guatemaltecos hemos dejado de lado la discusión profunda sobre los límites y el verdadero potencial de nuestras universidades. Mientras las autoridades —rectores, decanos y consejos universitarios— se pierden en disputas de poder, el mundo avanza en una revolución tecnológica mucho más disruptiva que la Revolución Industrial. La Inteligencia Artificial (IA), la robótica, la automatización, la mecatrónica y la impresión 3D no solo sustituyen tareas de artesanos o técnicos; están irrumpiendo en el corazón mismo de las profesiones universitarias.

Al observar conflictos internacionales donde drones de bajo costo producidos en masa compiten con sistemas de altísima tecnología, o al ver cómo la IA puede analizar miles de tomografías para apoyar diagnósticos médicos, surge la pregunta inevitable: ¿en qué universidades se forman realmente estos ingenieros y especialistas? ¿Están nuestras aulas preparando a los profesionales para este nuevo mundo o solo prolongando carreras de 10 o más años que podrían volverse obsoletas?

Recordemos que las universidades modernas crearon una separación artificial entre ciencia/tecnología y las artesanías. Formamos abogados, médicos e ingenieros, pero no carpinteros, plomeros ni técnicos altamente capacitados en oficios que siguen siendo esenciales. Esa distinción filosófica hoy se vuelve peligrosa. La IA no solo amenaza tareas rutinarias de profesionales; obliga a repensar qué significa ser “profesional” en el siglo XXI.

Las preguntas urgentes son las mismas que nos hemos hecho desde la experiencia real en el Centro Universitario de Occidente (Cunoc), el campus de la Universidad de San Carlos en Quetzaltenango: ¿Deben las profesiones universitarias abrazar las nuevas tecnologías para volverse más pertinentes y sostenibles? ¿Es razonable que un hospital compre robots para distribuir medicamentos mientras los médicos siguen formándose sin conocer herramientas de modelado 3D? ¿Deben los futuros abogados, notarios, estudiar años para resolver asuntos que una IA o una plataforma web pueden atender de forma más eficiente? ¿Tiene sentido invertir 5, 10 o 15 años en una licenciatura —como ocurre en Derecho con sus múltiples títulos— si gran parte de ese conocimiento puede automatizarse?

Desde mi práctica como creador de programas técnicos en el Instituto Tecnológico Universitario Guatemala Sur, como exdirector del Cunoc y como impulsor de proyectos conjuntos con universidades internacionales, he visto que la innovación ya está ocurriendo en algunos espacios. En Ingeniería del Cunoc, Quetzaltenango, los investigadores científicos Karin Rivas y Oscar Maldonado, por ejemplo, entrenan una IA para leer tomografías del Hospital Regional de Occidente y se imprimen modelos anatómicos en 3D para que los cirujanos practiquen. La colaboración en prótesis con impresión 3D ha roto barreras disciplinarias y ha generado retos éticos profundos que deben formar parte de la educación de ingenieros, médicos y técnicos por igual.

Estas experiencias demuestran que las universidades no son entes inmutables. Son creaciones humanas. Podemos —y debemos— rediseñarlas.

Ahora que escogemos rector de la Universidad de San Carlos de Guatemala debemos repensar el papel de las universidades guatemaltecas y elegir rectores con capacidades de liderazgo académico, gente con experiencia en administración de instituciones de producción de conocimiento científico, tecnológico y humanístico, gente honesta, gente con una visión de país no polarizada. El futuro de nuestra juventud está en manos de estos rectores que pueden cambiar el rumbo de instituciones, como el ingeniero Héctor Centeno cambió el rumbo de la Universidad del Valle de Guatemala en los años 90 del siglo pasado y la replanteó como una institución de alta calidad académica, despolitizada para producir conocimiento científico y tecnológico, así como programas pertinentes de educación superior. 

La Universidad de San Carlos de Guatemala y sus estudiantes merecen un mejor futuro. La Usac, nuestra Usac, no tiene por qué estar atrapada entre las manos sucias de corruptos, de ladrones, de mentirosos ni de manipuladores.

Fernando Cajas

Fernando Cajas, profesor de ingeniería del Centro Universitario de Occidente, tiene una ingeniería de la USAC, una maestría en Matemática e la Universidad de Panamá y un Doctorado en Didáctica de la Ciencia de LA Universidad Estatal de Michigan.

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