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Las escuelas normales nacieron en Guatemala a finales del siglo XIX con un propósito claro: formar maestros para el pueblo. El Instituto Normal para Varones de Occidente, que surgió del antiguo Colegio de San José de Calasanz en Quetzaltenango, fue fundado en 1872 durante la presidencia de Miguel García Granados. Tres años después, en 1875, bajo Justo Rufino Barrios, se creó la Escuela Normal Central para Varones en la capital. Durante décadas, estas instituciones fueron la columna vertebral de la formación docente en el país.

Hoy, después de un fallido experimento de trasladar esa formación exclusivamente a las universidades, el Ministerio de Educación y el Congreso han dado un giro trascendental. El Decreto 4-2026, publicado ayer en el Diario de Centro América, restituye las escuelas e institutos normales con especialidad y devuelve al Estado la rectoría de la formación inicial de maestros para niveles de preprimaria y primaria. Es un retorno necesario, pero que solo tendrá sentido si lo hacemos bien.

La evidencia internacional y nacional es contundente. En PISA 2022, Finlandia —referente mundial de formación docente universitaria de alto nivel— obtuvo 484 puntos en matemática (por encima del promedio OCDE de 472). México alcanzó 395, Panamá 357 y Guatemala cerró con 344, uno de los puntajes más bajos del continente.

Los exámenes de graduandos 2025 del Mineduc confirman la crisis: apenas el 16.2% de los estudiantes del último año alcanzó nivel satisfactorio en matemática (realmente no saben operaciones básicas) y el 35.4% en lectura. Es decir, ocho de cada diez jóvenes que terminan el diversificado no comprenden cabalmente lo que leen ni resuelven problemas elementales de matemática. Este es el resultado directo de décadas de formación docente deficiente y de un sistema de contratación que premia el compadrazgo en lugar del mérito.

Desde hace años se sabía que trasladar toda la formación docente a las universidades sería, como escribió García Márquez: “la crónica de una muerte anunciada”. Las universidades guatemaltecas, en su mayoría, no desarrollan vida académica rigurosa ni investigación científica relevante en pedagogía, didáctica de la matemática, lectura o aprendizaje. Muchas han priorizado la politiquería, la disputa por puestos de poder y la defensa de intereses particulares por encima de la generación de conocimiento que realmente transforme las aulas.

Eso no significa que las universidades no tengan cabida. Al contrario: es en ellas donde debe florecer la investigación profunda en educación, sociología, políticas educativas, administración, psicología, ciencias del aprendizaje y didácticas. Sin ese soporte científico, ni las normales ni las universidades podrán formar los maestros que Guatemala necesita.

El problema no termina en dónde se forman los maestros. El cáncer está en cómo se contratan. Mientras las plazas se sigan entregando por recomendaciones de diputados, familiares o se vendan bajo la mesa, dará igual si el maestro salió de una normal o de una universidad: nunca tendremos los mejores en las aulas.

La meritocracia debe ser innegociable. Los mejores graduados —sea cual sea su origen— tienen que ingresar al sistema por concurso público transparente, con pruebas rigurosas y evaluación de desempeño. Cualquier otra fórmula perpetúa la mediocridad.

Es el momento de plantear profundamente la formación docente asociada a sistemas de investigación universitaria. Para ello hay que rescatar a las universidades del combo politiquero en el que andan bailando. Por eso la recuperación de las universidades, particularmente la San Carlos, Nacional y Autónoma, es urgente. Hagámoslo ahora, porque si no es ahora, no será nunca.

Fernando Cajas

Fernando Cajas, profesor de ingeniería del Centro Universitario de Occidente, tiene una ingeniería de la USAC, una maestría en Matemática e la Universidad de Panamá y un Doctorado en Didáctica de la Ciencia de LA Universidad Estatal de Michigan.

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