En un mundo cada vez más interconectado, donde las decisiones de un líder pueden diluirse a través de continentes, la presencia de personalidades psicopáticas en posiciones de autoridad representa una amenaza existencial para las naciones y las instituciones. Estos individuos, caracterizados por un maquiavelismo extremo, trastornos narcisistas y una ausencia total de empatía y conciencia moral —verdaderos vacíos emocionales disfrazados de seres humanos—, arrastran a sus países hacia abismos de caos y desigualdad.
En Guatemala, hemos vivido esto de cerca con el legado del expresidente Alejandro Giammattei y a su defensora al frente del Ministerio Público o al mismo usurpador de la rectoría de la USAC, y ahora, en Estados Unidos, la reemergencia de la Doctrina Trump ilustra cómo estos patrones se repiten a escala global. Es imperativo analizar el ciclo vital de tales líderes: su ascenso, dominio y, eventualmente, su declive, para fomentar un despertar colectivo que los detenga.
La Doctrina Trump, tal como la describe Roberto Wagner, debe interpretarse como un fenómeno sociopolítico enmarcado en la Teoría del Corredor Norte propuesta por Velina Tchakarova. Esta teoría postula que el comercio, el territorio y los recursos naturales se entrelazan en un único campo de batalla estratégico.
Históricamente, Estados Unidos ha reclamado influencia sobre regiones clave, como fue su insistencia durante la Segunda Guerra Mundial en que Groenlandia formara parte de su hemisferio occidental para fines defensivos. Sin embargo, lo novedoso y alarmante en la era Trump es el tono de arrogancia absoluta y desprecio por la soberanía ajena. Ejemplos abundan: referirse a Canadá como el «Estado 51» de Estados Unidos, reclamar el petróleo venezolano como propio o tratar el Canal de Panamá como una extensión de su territorio. Esta narrativa no solo erosiona el respeto internacional, sino que acelera el desmantelamiento del orden posguerra, como lo advirtió Mark Carney en su memorable intervención en Davos, un discurso que todos los lideres deben escuchar, estudiar y seguir.
Aunque estas maniobras podrían basarse en inteligencia estratégica y planes a largo plazo —como explica Tchakarova al vincular la obsesión por Groenlandia con recursos árticos y especialmente como un corredor militar estratégico para Estados Unidos—, los riesgos son inmensos para la estabilidad mundial. Estamos presenciando el colapso de estructuras internacionales, agravado por crisis internas como la migración masiva los Estados Unidos, que ha llevado a un estado cada vez más militarizado, evidente en disturbios como los de Minnesota. Paralelamente, en un eco inquietante de lo ocurrido en Guatemala, se observan procesos judiciales fabricados contra opositores políticos, lo que socava la democracia. Lo más preocupante es la aparente irracionalidad narcisista de líderes como Trump, cuyas ambiciones parecen ilimitadas, sin freno ético alguno.
Frente a esta manipulación, ejemplos de resistencia inspiran. El primer ministro de Canadá, Mark Carney, ha demostrado cómo un país mediano puede confrontar abusos mediante una estrategia clara:
Establecer límites firmes.
Decir «no» con convicción.
Enfocarse en las fortalezas nacionales y capacidades regionales.
No ceder ante demandas irracionales.
Mantener la calma en medio de la provocación.
Demostrar capacidades reales para disuadir.
Esta aproximación debería guiar a naciones medianas y, especialmente, a las pequeñas. En Mesoamérica —desde México hasta Panamá— urge una unión estratégica para contrarrestar presiones externas. Más allá, toda Latinoamérica, actualmente fragmentada, debe articularse colectivamente para enfrentar a quienes buscan dominarnos mediante coerción y engaño.
Ha llegado el momento de desmantelar el control de estos psicópatas: manipuladores incansables y narcisistas que han capturado instituciones en Guatemala y Estados Unidos por igual. Que el pueblo estadounidense, al igual que el guatemalteco, despierte de este prolongado letargo y reclame un liderazgo con alma, empatía y visión compartida. Solo así podremos reconstruir un mundo donde el poder sirva al bien común, no al ego destructivo de unos pocos.







