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En Guatemala, la corrupción no es un accidente aislado, sino un sistema deliberado que ha permeado las instituciones del Estado durante administraciones pasadas. Tomemos el caso del expresidente Alejandro Giammattei, cuya gestión fue marcada por acusaciones de malversación de fondos públicos, especialmente durante la pandemia de COVID-19. Personajes como Giammattei utilizaron emergencias nacionales para desviar recursos. Ejemplos incluyen la construcción ficticia de hospitales modulares, donde millones de quetzales desaparecieron sin rendición de cuentas.

Esta corrupción no se limitó al Ejecutivo; se extendió como una red a otras entidades. El «Centro de Gobierno», una entidad creada de manera irregular sin base legal, operó sin transparencia, según auditorías de la Contraloría General de Cuentas. Instituciones clave como el Instituto Nacional de Electrificación (INDE), bajo la dirección de Melvin Quijivix, y el Ministerio de Comunicaciones, Infraestructura y Vivienda (CIV), enfrentaron denuncias de contratos inflados y nepotismo. Incluso el sistema de justicia fue cooptado, con el Ministerio Público defendiendo a acusados de crímenes graves, como en casos de violencia contra agentes de seguridad, sin clasificarlos adecuadamente como actos terroristas.

Paralelamente, cuando una universidad clave como la Universidad de San Carlos de Guatemala (Usac) cae bajo liderazgos cuestionados, el impacto es devastador. El actual rector, cuya elección ha sido controvertida y calificada de irregular por observadores independientes como el Instituto Centroamericano de Estudios Fiscales (ICEFI), representa una extensión de esta red corrupta.

Instalado durante la era Giammattei, este liderazgo ha priorizado alianzas políticas sobre la misión académica, permitiendo que la Usac se convierta en un engranaje del control estatal. No es un problema aislado: la Usac, como universidad nacional, juega un rol fundamental en la vida política guatemalteca, influyendo en elecciones de segundo grado que determinan magistrados, fiscales y contralores.

El nudo gordiano de esta crisis radica en el involucramiento de las universidades en las Comisiones de Postulación, establecido en la Constitución para supuestamente equilibrar poderes con un componente académico. Sin embargo, este mecanismo ha sido pervertido, convirtiéndose en un vehículo para la cooptación. No solo la Usac está afectada; rectores de otras instituciones, como Mynor Herrera de la Universidad Panamericana –un ministro evangélico y figura vinculada a intentos golpistas y que ahora busca influir en comisiones clave, como la del Tribunal Supremo Electoral (TSE). Esto pone en riesgo la integridad de procesos electorales.

Para romper este ciclo, propongo, nuevamente, un primer paso decisivo: excluir a todas las universidades de las Comisiones de Postulación. Esta reforma no ignora el rol histórico de las universidades como contrapesos; al contrario, reconoce que su participación actual las expone a presiones políticas, desviándolas de su esencia. En su lugar, podríamos fortalecer mecanismos con mayor participación ciudadana, como paneles independientes con representantes de sociedad civil, auditados por organismos internacionales o las mismas elecciones directas como es el ejemplo de México.

Las universidades deben regresar a su núcleo: ser centros de innovación cultural, educación superior, ciencia, tecnología y humanidades. Imaginen una Usac libre de ataduras políticas, impulsando investigaciones en energías renovables para el INDE o políticas públicas para el CIV. Esto no solo elevaría la calidad educativa, sino que fortalecería la democracia al producir ciudadanos críticos y éticos.

Hay que actuar ahora. Exijamos al presidente Bernardo Arévalo, a la vicepresidenta Karin Herrera y a la ministra de Educación, Anabella Giracca, que impulsen una reforma constitucional en el Congreso para crear un sistema público de educación superior donde se replantee el papel académico de las universidades. No nos queda mucho tiempo para recuperar la democracia. Hagámoslo ahora porque si no es ahora, no será nunca.

Fernando Cajas

Fernando Cajas, profesor de ingeniería del Centro Universitario de Occidente, tiene una ingeniería de la USAC, una maestría en Matemática e la Universidad de Panamá y un Doctorado en Didáctica de la Ciencia de LA Universidad Estatal de Michigan.

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