Mientras el presidente francés Emmanuel Macron eleva su voz contra las amenazas arancelarias de Estados Unidos por su obsesión renovada con anexar Groenlandia, América Latina sigue muda, ciega e incapaz de coordinarse. El líder francés clama por una integración europea más fuerte y económica, frente a un mundo que no estaba listo para otro líder manipulador con poder global, como no lo estuvimos con Hitler y sus delirios de superioridad racial.
En el mismo foro de Davos, el primer ministro canadiense Mark Carney describe con crudeza la ruptura del orden geopolítico tradicional. Según Carney, este orden ha llegado a su fin, y lo dice sin rodeos: «Durante décadas, países como Canadá prosperaron bajo lo que llamamos el orden internacional basado en normas. Nos unimos a sus instituciones, alabamos sus principios y nos beneficiamos de su previsibilidad. Podíamos impulsar políticas exteriores basadas en valores bajo su protección. Sabíamos que la historia del orden internacional basado en normas era parcialmente falsa. Que los más fuertes se eximirían cuando les conviniera».
Este discurso del primer ministro canadiense expone con frialdad los arreglos mundiales que nunca cerraron las brechas entre desarrollo y subdesarrollo, entre riqueza y pobreza. Ahora, con el cinismo apoderándose del poder, y el presidente estadounidense reclamando para sí Canadá como el «estado 51», Groenlandia, Venezuela y hasta el Canal de Panamá, debemos entender que no es un juego: sus sueños imperiales son reales y peligrosos.
Según el analista Roberto Wagner, en su columna «La doctrina Trump» publicada en Prensa Libre, esta doctrina es una renovación agresiva de la Doctrina Monroe, y no solo un capricho presidencial. Wagner explica los movimientos de Estados Unidos desde la teoría del Corredor del Norte: «La doctrina Trump no se trata únicamente de obtener recursos, sino de ejercer un poder total sobre el hemisferio occidental sin competencia». ¿Para qué?
Si Estados Unidos anexa Groenlandia, podría aislar a Rusia en el Ártico, controlando rutas marítimas clave como la brecha Groenlandia-Islandia-Reino Unido, que es vital para detectar submarinos rusos y contrarrestar influencias chinas en la región. Esto aumentaría la dependencia de Canadá y construiría un corredor norte hacia Europa, violando normas internacionales e invadiendo países como ha intentado con Venezuela y amenaza con Panamá.
Mientras Europa se reorganiza para enfrentar este nuevo orden y Canadá se posiciona como una potencia media y superpotencia energética –con vastas reservas de minerales críticos como litio y níquel, y la población más educada del mundo, según Carney–, declarando que no cederá ante los chantajes de Trump, nosotros en el sur permanecemos en silencio. De México a Argentina, América Latina no reacciona, simulando que todo está bien cuando no lo está. En Centroamérica, el Parlamento Centroamericano es poco más que una cueva de ineficiencias, sin utilidad real en este mundo cambiante. El Parlamento Latinoamericano (Parlatino) es un órgano olvidado por muchos.
Esto llama por un despertar latinoamericano, y debe empezar con México liderando la Unión de Repúblicas de Mesoamérica: un bloque de naciones libres desde México hasta Panamá, con mecanismos concretos como tratados comerciales unificados, una moneda regional para transacciones internas, y una fuerza diplomática conjunta ante amenazas externas. Inspirados en modelos como la Unión Europea, pero adaptados a nuestra realidad –con inversiones en infraestructura compartida, como un corredor ferroviario mesoamericano y fondos para educación y tecnología–, podemos construir resiliencia.
Es el momento de unirnos como latinoamericanos, como mesoamericanos. Nuestros líderes no pueden seguir mudos y nosotros menos. Urge replantear la organización regional de Mesoamérica con pasos inmediatos: convocar una cumbre en algún lugar de Mesoamérica para definir nuestro futuro y presionar al Parlatino para reformas. Hagámoslo ahora, porque si no es ahora, no será nunca.







