Lo que hemos experimentado este fin de semana lo venían venir los expertos en relaciones internacionales. Aquí en Guatemala nos lo dijo Roberto Wagner en su columna de 2025 «Un pesimismo realista», al hablar de la Doctrina Trump como una continuación más radical de la Doctrina Monroe, ya de por sí intervencionista. Antes del ataque a Venezuela del 3 de enero de 2026, Wagner advertía sobre políticas imperialistas y tensiones extendidas a países como Colombia, Cuba y Nicaragua.
Yo, que no soy experto en relaciones internacionales ni geopolítica, me animé a escribir sobre la intervención en Venezuela (y recordando a Panamá) porque conozco de primera mano esos países. En ellos hay gente que quiero y respeto. Con dolor vi la invasión norteamericana a Panamá, y mi estancia allí me enseñó el precio de intervenciones externas en asuntos internos, así como mi propia memoria histórica con la triste y aberrante intervención a Guatemala en 1954.
La intervención en Venezuela duele porque el pueblo venezolano ha sufrido gobiernos populistas que, bajo bandera de izquierda o derecha, no han usado su enorme riqueza natural para beneficio colectivo. Creo que una sociedad mejor no es cuestión de ideologías, sino de construir capacidades locales y transformar culturas repetitivas en innovadoras, eso plantea un desafío cultural en Latinoamérica.
Tome el caso de las ingenierías: los currículos forman técnicos que repiten procedimientos, no diseñadores de soluciones locales. Copiamos modelos anglosajones, generando codependencia tecnológica y no introducimos el diseño ni la innovación como elementos clave de la formación de ingenieros. La práctica social del diseño muchas veces ni aparece. Lo mismo en medicina (dependientes de farmacéuticas extranjeras), economía (sin investigación propia), agronomía (sin avances locales en semillas o abonos) y derecho (sin reformas basadas en evidencia contextual).
En Latinoamérica somos ricos en recursos naturales, pero pobres en innovación. Según el Global Innovation Index 2024 de la WIPO, Brasil lidera la región en el puesto 50, seguido de Chile (51); Guatemala está en la posición 122, casi a última, con inversión en I+D entre las más bajas de América Latina (0.03% del PIB). Así nunca podremos desarrollarnos.
Ciertamente, hay ejemplos positivos de alto impacto, como estudios etnobotánicos y farmacológicos de plantas medicinales en la Facultad de Ciencias Químicas y Farmacia de la Usac; el proyecto Aire-USAC, que desarrolló respiradores eficientes durante la pandemia; o el satélite Quetzal-1 (y su sucesor en desarrollo) de la Universidad del Valle, para monitoreo ambiental. Pero estos son excepciones que prueban la regla.
Nuestras universidades priorizan la política sucia sobre investigación de excelencia. Nos debería dar vergüenza tener como rector a Walter Mazariegos en la Usac, ajeno al entendimiento de la ciencia y la tecnología y no decir nada, vivir en silencio.
No esperemos que países extranjeros resuelvan nuestros problemas. Venezuela mejorará cuando los venezolanos innoven, se unan y resuelvan internamente. Guatemala empezará a mejorar cuando invirtamos al menos 1% del PIB en I+D, reformemos currículos hacia diseño e innovación local, fomentemos alianzas público-privadas para escalar excepciones como Aire-USAC o Quetzal, y despoliticemos universidades para priorizar investigación aplicada a través de la creación de un sistema nacional de educación superior.
Es hora de proponer acciones: campañas ciudadanas para mayor inversión en ciencia y tecnología; reformas educativas que valoren la abandonada educación técnica, que integren problemas reales desde primer año de la universidad; fondos para emprendimientos locales en ingeniería, agronomía local y medicina tradicional validada, derecho pertinente.
Ese es el camino: unidad, innovación propia y soluciones nuestras, alianzas con países amigos latinoamericanos, desde México hasta Argentina. Hagámoslo ahora latinoamericanos, porque si no es ahora, no será nunca







