La intervención militar estadounidense en Venezuela el 3 de enero de 2026, con ataques aéreos en Caracas, Miranda y Maracay así como la captura de Nicolás Maduro y su esposa Cilia Flores por fuerzas especiales, evoca de inmediato los ecos sombríos de la invasión a Guatemala en 1954. En aquel entonces, Guatemala contaba con un presidente legítimo, Jacobo Árbenz Guzmán, cuya revolución democrática amenazaba intereses económicos extranjeros, interpretada erróneamente como «comunista» en el contexto de la Guerra Fría.
Hoy, en un mundo multipolar, esta acción unilateral de Estados Unidos bajo el presidente Donald Trump revive patrones de intervencionismo que creíamos superados, erosionando la soberanía de los pueblos y acelerando el declive global de la democracia.
No ignoro las graves deficiencias del régimen de Maduro, documentadas exhaustivamente por organismos como la Misión Internacional Independiente de Determinación de los Hechos de las Naciones Unidas, que en 2024 detalló un «aumento profundamente preocupante de las violaciones de los derechos humanos y crímenes contra las víctimas» en Venezuela. Sin embargo, la decisión de los venezolanos sobre su liderazgo debe ser interna, no impuesta por bombas y operaciones encubiertas.
La justificación estadounidense —centrada en cargos de narcoterrorismo y la necesidad de «proteger» intereses— oculta motivaciones más profundas, como el control del petróleo, tal como lo admitió Trump en su conferencia de prensa: «We are going to run the country» hasta una transición «segura». Este cinismo no solo viola la Constitución estadounidense, que requiere aprobación del Congreso para acciones bélicas prolongadas, sino también tratados internacionales como la Carta de la ONU, que defiende la autodeterminación y prohíbe el uso de la fuerza sin autorización del Consejo de Seguridad.
Esta operación, codificada como «Absolute Resolve», recuerda también la invasión a Panamá en 1989 bajo George Bush, padre. Allí, la excusa fue proteger vidas estadounidenses y restaurar la democracia, pero la realidad involucraba el control del Canal de Panamá y la remoción de Manuel Noriega, un exaliado que se volvió incómodo.
Similarmente, en Venezuela, los bombardeos aéreos en aeropuertos y edificios gubernamentales, seguidos de la captura por Delta Force y el traslado de Maduro a Nueva York para juicio, no buscan democracia sino hegemonía, no buscan desarrollo sino control, no buscan paz, sino guerra. Las reacciones regionales —protestas en Caracas contra la «invasión ilegal» y alarmas en América Latina— subrayan cómo tales actos fomentan inestabilidad, tal como la intervención en Guatemala desató una guerra civil que dejó más de 200,000 muertos y perpetuó la pobreza oligárquica.
En un contexto global donde informes como los de V-Dem Institute señalan un retroceso democrático en más de 70 países desde 2010 o el libro de Anne Applebaum llamado El Ocaso de la Democracia, esta acción estadounidense agrava la tendencia. Países como Colombia y Brasil han expresado preocupación, mientras que aliados de Maduro, como Rusia y China, la condenan como imperialismo. Incluso voces dentro de EE.UU., incluyendo críticos al intervencionismo pasado, cuestionan si esto no invita a un atolladero similar a Vietnam o Afganistán. Sin embargo, el enfoque en «hacer fluir el petróleo» revela prioridades económicas sobrehumanitarias, estancando el desarrollo venezolano y regional.
Desde mi experiencia en Panamá durante la invasión de 1989, y recordando los bombardeos a Irak en 1991, esta intervención me trae a la memoria un poema que escribí en una noche tibia de Ciudad de Panamá, poema del que no me queda copia física sino una lejana memoria de cuando la paz se rompía por la guerra y cuyo fragmento inicial dice:
«Bagdad se ha quedado sin estrellas, las mil y una noches hoy son menos, menos las estrellas… menos tus sonrisas».







