En Guatemala aún persiste el rezago educativo de la población en general; algo que no se puede ocultar; por aparte otros problemas que son resultantes de factores ajenos, pero que inciden en la falta de escolaridad de una gran parte de la sociedad guatemalteca.
Valdría la pena saber a cuántos millones de habitantes mayores de quince años afecta este rezago educativo, entre ellos el no haber terminado su ciclo básico y estos cuántos en el área urbana, urbana rural y rural propiamente dicha; lo que no les ha permitido transformar su vida en lo personal como en su comunidad o colectivamente.
En política, los cambios son verbos, pero su frecuencia revela la sintaxis del poder y en materia educativa se fueron ministros, viceministros, directores, asesores y otros empleados de confianza de cada uno de los gobiernos pasados y todo sigue igual, la estructura no se corrigió, sigue deshilándose especialmente en los mandos medios, es decir, directores generales, directores departamentales, supervisores, directores de institutos e incluso directores de escuelas de educación primaria.
Cuando el lenguaje institucional se llena de asesores, encargados, especialistas silenciosos que están para obedecer las órdenes de sus jefes no importando lo descabelladas que estas sean, el mando superior no logra fijar o tener conocimiento de la verdadera realidad, no la que le indican, y, sin un conocimiento de esa realidad no habrá control alguno, solo administración de daños, por supuesto, no materiales sino educativos para la población.
La universidad dejó de ser académica y se volvió la pieza de un tablero mayor donde confluyen intereses de influencia territorial, comercial y capital político a corto plazo; dejó de ser la institución que forma cuadros, administra recursos y produce legitimidad académica.
¿Por qué razón no cambia a todo nivel el sistema educativo del país? No se trata sólo de aulas, programas o evaluaciones; se trata de una estructura que, durante décadas, ha servido para algo más que para enseñar. La llegada de un nuevo gobierno con identidad académica sugería una posibilidad distinta: atender la educación desde adentro.
También hay que entender que el cambio de autoridades educativas no fue solamente una apuesta técnica, fue sobre todo una decisión de confianza del Presidente y, probablemente, como pasa cada cuatro años, las autoridades hayan encontrado un ministerio lleno de compadres y vacío de prioridad por la educación, así como convertido en un eje político.
Las escuelas no solo eran espacios de aprendizaje; eran puntos de contacto entre el Estado y la comunidad, los docentes no solo enseñaban, también representaban una forma de autoridad moral local; las estructuras administrativas no solo gestionaban recursos, articulaban relaciones sociales.
Esperamos que la educación deje de ser un asunto que beneficie a determinados grupos de la población y tenga una proyección realista para los sectores urbanos y rurales de la población; no por lo que ocurre en las aulas, sino por lo que revela sobre la capacidad para conducir las estructuras complejas y, sobre todo, de establecer las prioridades educativas.







