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A lo largo de nuestra vida atravesamos etapas de estabilidad que se alternan con fases de mayor crecimiento personal. Si bien el desarrollo y la evolución de nosotros mismos se vincula con eventos positivos, esto no siempre es así. A veces, las dificultades que la vida nos plantea pueden conducir a importantes momentos de crisis que, bien gestionados, pueden fortalecernos y darnos muchos aprendizajes.

Hablamos de una etapa crítica en la vida cuando nos encontramos con cambios y demandas nuevas que, de alguna forma, nos obligan a cambiar nuestros antiguos patrones y salir de nuestro área de confort. Aunque las crisis vitales pueden generar mucho malestar, lo cierto es que estas forman parte de la vida misma y, en ciertos aspectos, resultan necesarias. Es en los momentos de incomodidad donde a menudo crecemos y exploramos nuevas facetas de nosotros mismos que no habíamos conocido hasta entonces.

Así, una crisis vital suele tambalear nuestro equilibrio como individuos, pero a la vez puede constituir una importante oportunidad de cambio. Es por este motivo que saber navegar las dificultades es una cualidad que contribuye a la resiliencia.

A lo largo de la vida todos afrontamos diferentes tipos de crisis. Algunos ejemplos comunes son los cambios en nuestra vida laboral, los procesos de duelo, iniciar o romper vínculos importantes, vivir la llegada de un hijo, experimentar cambios físicos, sufrir enfermedades, tratar de cumplir el propósito de fin de año…

Luchar contra esta realidad no tiene sentido, pues cualquier persona deberá afrontar en distintas etapas de su vida cambios y ajustes diferentes. Por ello, lo más interesante es trabajar para atravesar las crisis de la vida de la manera más sana y constructiva posible.

Uno de los aspectos que más influyen a la hora de afrontar las dificultades de la vida tiene que ver con vivir en piloto automático. Muchas veces afrontamos el día a día sin pensar demasiado, sin mirar para adentro y escucharnos. Simplemente vamos apagando fuegos, asumiendo tareas y llenando nuestra agenda de cosas por hacer.

Por eso, las personas que tienden a evitar estar consigo mismas y con sus emociones suelen gestionar peor sus crisis vitales. Cuando las cosas se tuercen o toca hacer ajustes, la persona debe afrontar todo aquello que ha estado evitando por costumbre.

Es por esto que una adecuada gestión de las crisis vitales implica construir una relación saludable con nuestras emociones. Si nos permitimos estar mal, damos espacio a nuestros sentimientos y normalizamos todos los estados internos que podemos experimentar, será más fácil encajar los cambios. Aunque a menudo se ha vinculado la desconexión de las emociones con la fortaleza, la realidad es que una relación de apertura con las emociones es el mejor suelo firme para mantenernos a flote en la dificultad.

En definitiva, no debemos esperar a sufrir grandes cambios para preguntarnos qué nos ocurre, sino tomarlo como una costumbre cotidiana que nos ayude a conectar con nosotros mismos, conocernos y saber cómo estamos.

A veces, puede resultar difícil hacer este ejercicio de pararnos y prestar atención a lo que sentimos. Puede que por tu historia personal nunca hayas aprendido a acercarte a tus emociones con una actitud amable, por lo que en estos casos puede ser de gran ayuda acudir a terapia psicológica.

De la misma manera, si sufres una crisis vital y sientes que no tienes los suficientes recursos para afrontarla, no dudes en contar con acompañamiento profesional para sobrellevar el proceso de manera más sencilla.

Ante una situación de tipo estresante, las personas podemos afrontar el evento de dos formas. Por un lado, podemos emplear estrategias centradas en el problema, es decir, podemos tratar de cambiar la situación y buscar soluciones. El problema es que este tipo de estrategias no siempre son viables, y si nos empeñamos en modificar una realidad inmutable el resultado posiblemente nos conduzca al bloqueo y la sensación de impotencia e indefensión.

En muchas crisis vitales no vamos a poder controlar lo que está sucediendo, por lo que nuestras energías tendrán que ir dirigidas a reducir el malestar emocional.

Cuando desplegamos estrategias adecuadas acorde a la situación particular, podemos manejarnos con mayor fluidez ante las circunstancias adversas. Que una situación crítica nos lleve a crecer no significa que no vayamos a atravesar dolor o malestar.

Sin embargo, cuando atendemos nuestras emociones y las dejamos salir, es más fácil que estas se resuelvan. Si conseguimos dar espacio a nuestras emociones y buscar soluciones en caso de que sea posible, las crisis pueden ser oportunidades de crecimiento y evolución.

Edith González

hedithgonzalezm@gmail.com

Nací a mediados del siglo XX en la capital, me gradué de maestra y licenciada en educación. He trabajado en la docencia y como promotora cultural, por influencia de mi esposo me gradué de periodista. Escribo desde los años ¨90 temas de la vida diaria. Tengo 2 hijos, me gusta conocer, el pepián, la marimba, y las tradiciones de mi país.

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