En un reciente artículo (“Trump: hijo legítimo de Europa”, 17 de febrero de 2025), el renombrado filósofo y sociólogo del derecho, ex catedrático de la Universidad de Coimbra, Portugal, Boaventura de Sousa Santos, incluye un muy interesante apunte que vale la pena rescatar para su reflexión.

El texto en donde aparece, dibuja de forma magistral -y perspicaz- el espíritu de Europa en términos de la manera en que, a través de la historia en la cual ha sido la gran protagonista de la civilización occidental, se ha relacionado con el resto del mundo. Se trata de una descripción analítica tanto de los términos de las principales características de su relación con los otros pueblos, culturas y etnias con las que se ha debido relacionar (sus semejantes) -generalmente sometiéndolos- como con respecto al entorno natural (la creación), a las cosas fabricadas o construidas por el hombre y a su capacidad de dominar el entorno a través de la ciencia y la tecnología. Su enfoque es sumamente interesante porque trata a Europa como un organismo vivo con un alma y una psicología particular.

En una parte de su ensayo, buscando explicación a la insólita situación existencial y política en la que se encuentra Europa en la actualidad y a la disyuntiva histórica ante la cual pareciera sentirse hoy en día, Boaventura de Sousa Santos contextualiza y recuerda cómo, después de la II Guerra Mundial y en el paisaje de la Guerra Fría que la sucedió, Europa se vio en un escenario en el cual, liderado por los EE. UU., se le concede al Viejo Continente una relativa autonomía vinculada a un compromiso de defensa (el tratado de la Organización del Atlántico Norte -OTAN-) concebido éste para contener el “peligro comunista”; una amenaza que, en esos momentos, constituía para el Occidente una auténtica realidad.

Considera Boaventura que, de esas fechas (1945) al presente, son muchas las aguas que han pasado bajo el puente y grandes los cambios que se han dado; y los esboza: el cambio que se ha ido dando en el tipo de los antagonismos formales entre las naciones más poderosas (sus ideologías, se han ido transformando); el tipo de fuerzas o poderes que utilizan para posicionarse (el comercio y el dominio sobre nuevas tecnologías); y el fenómeno de los flujos migratorios naturales o provocados (con sus innegables efectos o impactos sobre lo cultural y lo místico) que, en la actualidad, están ejerciendo enormes presiones a lo largo del globo.

Cuando se acerca al momento histórico actual en el cual a Europa le tocará adoptar una decisión fundamental en cuanto a su papel con respecto a su inmediato entorno (su costado oriental, sobre todo con miras a la Federación Rusa y a la cercana y lejana Asia) y presiente que el menú que tiene ante sí es de orden bélico, Boaventura recapitula y recuerda el papel que se le hizo asumir a Europa como aliado y miembro integrante de la OTAN. De una manera bastante clara, nos dice algo que es revelador y no podemos dejar escapar: “Europa ha interiorizado tanto su papel” [como actor a quien se le ha venido convenciendo de manera sutil que es la pieza con el designio de contener el peligro comunista -algo que dejó de ser-] “ahora no tiene más remedio que inventar el inexistente peligro comunista para sobrevivir”.

Si lo anterior lo entendemos como algo real y grave, es menester tener consciencia de que, pese a la seriedad del asunto (pues se está en el punto de determinar una manera de “verse” y de “sentirse” Europa ante el mundo y dotarse de una connotación relacional básica -el diálogo, la razón o la fuerza-) las decisiones se estarán tomando en un  escenario empañado por ideas y fantasmas que no son auténtica realidad. Europa debe dejar de creer en sus demonios imaginados y proceder como lo recomendaba Baruch Spinoza: abriendo espacios a la sana y fría reflexión. Si no se tiene cuidado, fácil se cae en el pozo: se evocan ya añoranzas de raza, de religión, de olores, de colores, de sabores y hasta de delicias alquimistas.

No se debe bajar la guardia. Se trata de claros presagios de oscurantismo que fácilmente se hacen acompañar de falsas añoranzas o hasta rudos reclamos por la vuelta a “glorias” (como lo podría ser la de la Santa Inquisición…). En Guatemala, ¡no vayamos muy lejos!, están latentes en el imaginario de muchos discretos, aunque activos forjadores de pesadillas y en los galillos de algunos agitadores sin recato que apelan a fusilamientos, reinterpretan el concepto de libertad, hablan en nombre de  “la sociedad tradicional, pacífica y conservadora que somos”…

Edmundo Enrique Vásquez Paz

post author
Artículo anteriorEl capital no tiene ni madre, ni padre y mucho menos patria
Artículo siguienteCardenal Angelo de Donatis sustituirá al papa Francisco en la misa del Miércoles de Ceniza