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No siempre estoy convencido de la maldad gremial como sistema derivado de un planteamiento filosófico en marcha. Evito pensarlo porque supondría la conformación de un grupo pensante, maquiavélico, que persiga fines con un esquema fundado y orgánico. Y “la masa”, diría Ortega y Gasset, no tiene tantos alcances para ello, más cuando se trata de grupos empresariales cuyos intereses son otros.

Con esto no quiero decir que los miembros de esas organizaciones sean tontos. Superemos la tentación. Cada uno con lo suyo. Entre ellos hay personas con formación sólida; han asistido a buenas universidades y tienen dotes naturales destacadas. Intento expresar mi escepticismo sobre la existencia de una narrativa calculada, concebida para justificar racionalmente su conducta.

Tampoco quiero poner en duda una tradición filosófica que haya dado andamiaje a la praxis de sus operadores. El liberalismo tiene sus popes y, si uno sigue los programas de estudio de esas universidades, descubrirá el afán por remontar las ideas libertarias antes de la era cristiana, ya con los griegos o en la experiencia temprana de la humanidad. El objeto es dar relevancia a una intuición a la que, según ellos, no le falta sentido.

La experiencia gremial –y, como se ve, pienso en las asociaciones empresariales– es más vulgar. Obedece a la lógica del capital, desde la que se confeccionan con artificio sus aserciones. Por esto, la arquitectura de su sistema, aun cuando pueda eventualmente ser sofisticada, es más bien básica. Es como aquello de “sigue el dinero”, porque es la fuente inspiradora de todo el ardid de sus actores.

Esto les da ventaja en términos de organización por su homogeneidad. El interés de los asociados es desacomplejado: el lucro. Hablan el mismo idioma también en su desprecio por todo lo que no sea monetizar. Su visión economicista les hace empatizar más allá de la singularidad de sus miembros. Al final, como decían los judíos, hay que atender al “unum necessarium”: la plata y el poder que concede su acumulación.

Pero en estos grupos hay mucha ficción. Ni estar juntos supone amistad, ni hacer política es tener una idea de país. Primero, porque la amistad exige benevolencia, querer el bien de los demás, rasgo contrario al onanismo de sus miembros. Luego, porque las acciones de estos grupos, aunque parezcan unitarias, son en verdad pragmáticas, puntuales y carentes de un cálculo que vaya más allá del interés del momento.

Lo orgánico constatable, su unidad, consiste en la voluntad por la creación de riqueza sin que medie, en la mayoría de los casos, ninguna ética. Es un sistema irracional que se asienta en la fe en la bondad de sus acciones. Los parroquianos –porque son como una religión– afirman un pensamiento mágico: la creencia en que, buscándose a sí mismos, construyen un proyecto humano hecho a la medida de sus reducidos sueños.

Eduardo Blandón

ejblandon@gmail.com

Fecha de nacimiento: 21 de mayo 1968. Profesor de Filosofía, amante de la literatura, fanático de la tecnología y enamorado del periodismo. Sueño con un país en el que la convivencia sea posible y el desarrollo una realidad que favorezca la felicidad de todos. Tengo la convicción de que este país es hermoso y que los que vivimos en él, con todo, somos afortunados.

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