El amor anda de capa caída, en crisis, sin que apenas pueda resurgir. Aunque estemos en su mes o las redes abunden en reflexiones, escribir mucho sobre ello expresa la necesidad de un sentimiento que no encuentra lugar en el agitado mundo de nuestros tiempos. Una especie de melancolía sentida en medio del trajín abocado al lucro y, a veces, solo a la sobrevivencia.
Sin embargo, nuestra naturaleza sentiente exige su realización. Como si fuéramos prisioneros de un imperativo del que no podemos escapar. Voluntad de unidad en un organismo vivo que trasciende lo biológico. Porque la dispersión, esa fuerza centrífuga también natural, evita lo que para algunos es un imperativo de realización personal.
De aquí que el amor vaya más allá de su expresión romántica. No se ama solo desde la piel, el agrado o la satisfacción que producen las caricias. Ni se ama solo con palabras o regalos. Todo ello es parte también, muchas veces urgente, pero plenificar ese sentimiento exige una voluntad que a menudo se calla por considerarse pasada de moda, ideología o fruto de la costumbre.
Quizá no sea casual que el tema haya estado presente desde siempre, según lo que se sabe de las grandes civilizaciones antiguas: el interés del derecho por la justicia, la ayuda al desvalido, la protección a la viuda y la hospitalidad hacia los extranjeros. Un amor social, una solidaridad extendida al otro, al diferente, cuando no, al extraño. Ese que sería incapaz de retribuirnos un favor por carecer casi de todo.
Jesús, san Agustín y Pascal, por poner algunos ejemplos, son herederos de esa larga tradición que desarrollan abonando en lo mismo. Lo importante son los acentos: destacar que el afecto es vaciarse de sí mismo, abrazar al otro buscando la realización de su bien. Amor de benevolencia cuyo objeto es el crecimiento mutuo. Una experiencia que, por ser humana, no está exenta de errores, fallos que a veces deben repararse, incluso cuando son graves.
Por ello el amor a veces es todo, menos romántico. Duele, como casi todo lo humano. Pero da gozo también; más aún, es la vía privilegiada de aproximación a la trascendencia. Amar de verdad nos diviniza, despojándonos de la vulgaridad de un yo interesado solo en la sobrevivencia. Es también epifanía que transforma lo que somos, lo que vemos y lo que nos gustaría ser.
Hasta aquí parece fácil. No lo es. El odio, la indiferencia y el egoísmo también se asientan en nosotros mismos. Así, el único imperativo experimentado por muchos es el de quien abusa y reclama, el del que ofende y violenta. El descreimiento tiene su base en la evidencia: el amor es imposible. Tanto realismo nos encierra, como estrategia de sobrevivencia, en un mundo sumido en la barbarie.
La fenomenología de nuestros tiempos parece advertirlo: la crisis de un mundo abocado en sí mismo, en el éxito personal, el consumo y la máxima satisfacción del deseo. Denunciarlo es lo primero: descubrir en nosotros la narrativa construida en torno al yo, el tirano que se impone con violencia a los demás. Lo segundo, y quizá más importante, es permitirnos crecer mutuamente a través de la ternura que debemos compartir con quienes amamos. Pasa por el perdón, la comprensión y el reconocimiento de que la experiencia humana es, por sí misma, imperfecta. Solo quien está dispuesto a esta vivencia, llena de errores, puede acariciar, si acaso, la felicidad.







