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Para nadie es un secreto, creo yo, que las redes sociales están llenas de contenido más bien liviano, de esos que no nos exigen porque están hechos para eso: distraernos, alegrarnos y matarnos las horas. ¿Qué hace que pasemos el tiempo enganchados a tanta basura digital? ¿Por qué transitamos en la medianía sin aplicar un criterio con un mínimo de exquisitez? Quizá el cansancio de las jornadas tenga que ver con esa actividad relajante, lúdica, básica y demasiado simple. No hay ánimos para determinarnos por algo mejor.

Sin obviar un motivo mayor, me parece, relativo a una especie de “voluntad carroñera” que nos gobierna y tal vez, por ello, nos constituya. Algo así como que el ser humano, abandonado a su suerte, es un animal ordinario y poco especializado. La influencia de la educación sería vital para salir de ese estado de barbarie, añadiéndole una naturaleza distinta: una capa superpuesta que no garantizaría la salida de lo primitivo –el reino de los instintos y la atracción natural por lo soso–, pero sí lo apertrecharía de una capacidad crítica que le aproximaría al esprit de finesse al que quizá seamos llamados.

Y no solo sería posible semejante configuración nueva, “contra natura”, por la educación, sino también a través de mediaciones presentes en la cultura. Una especie de elección consciente de los responsables de la industria del espectáculo, por ejemplo, para favorecer experiencias de valor. Esto no implicaría la renuncia al interés por el lucro ni la preferencia exclusiva por la alta cultura: es exigencia de apertura y medida.

La industria de la carroña solo favorece a sus propietarios, ellos mismos ejemplares de esa degradación, una anomalía hoy de moda y a la que muchos aspiran. Efectivamente, la vulgaridad ya no solo no da vergüenza, sino que aparece como “cool”, signo de inteligencia económica que sabe sacar provecho de las oportunidades de la vida. No hay inmoralidad, medianamente razonan: son solo las leyes de la oferta y la demanda las que rigen la economía.

Un mundo así, centrado con exclusividad en el dinero, ha obnubilado el valor de la persona, que ahora se desprecia y humilla, aspirando a su servidumbre. La corrupción es lo que toca, porque solo tiene sentido avocarse a ese medio convertido en fin. Lo mismo sucede con los sentimientos, educados para atender las ventajas que pueda dar una relación. Lo demás es retórica del pasado, valores a los que se ha renunciado porque “primero hay que vivir”, como decían los antiguos.

El mundo, en su versión “emierdizada”, es el que vivimos, según Cory Doctorow. Superarlo exige mudar de piel, renunciar a la medianía y optar por lo que nos pertenece. Podemos (y debemos) ser distintos: lograrlo es un hermoso regalo para nosotros y para los que amamos.

 

Eduardo Blandón

ejblandon@gmail.com

Fecha de nacimiento: 21 de mayo 1968. Profesor de Filosofía, amante de la literatura, fanático de la tecnología y enamorado del periodismo. Sueño con un país en el que la convivencia sea posible y el desarrollo una realidad que favorezca la felicidad de todos. Tengo la convicción de que este país es hermoso y que los que vivimos en él, con todo, somos afortunados.

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