Cuando era joven, en mis años de estudios universitarios, le escuché a un profesor de filosofía –era cura, por cierto– una palabra que hasta hoy recuerdo: subterfugio. Nos decía, al margen de su clase, algo así como que no debemos ocultarnos con artificios, mentirnos a nosotros mismos, con tal de mostrar lo que no somos. Apelaba al valor de la honestidad que nos debemos a nosotros mismos y, cómo no, a los demás.
Con el tiempo se me ha hecho más claro que esa voluntad de timo, de falsearnos, es parte constitutiva de nosotros mismos. Para ello, según mi maestro, buscamos subterfugios: hundirnos en una densa niebla que nos salve quizá de quien tememos que nos haga daño. Sí, puede que ese truco camaleónico sea más que una pose, una puesta en escena artística de un creador. Es menos refinado. La clave puede estar en ese temor, incluso bíblico, de mostrarnos desnudos frente a los demás. Una manera de protegernos contra el poder oscuro de los otros.
Aunque no debemos descartar que buscamos esos “subterfugios” también por interés. Sobre todo, en plena era del simulacro, en la que cuentan las apariencias: un carro, la marca de ropa, los títulos, entre tantas otras ficciones articuladas. Aquí cabría lo de Baudrillard: “Ya no se trata de una falsa conciencia, sino de una conciencia cínica”. Esto es, sabemos –al menos parcialmente– que nos engañamos, pero persistimos en ello. El autoengaño es, claramente, lúcido, funcional, casi estratégico.
Las capas utilizadas para escondernos pasan también por las palabras. Ese lenguaje críptico que hay que decodificar para encontrar la verdad. Pura experiencia hermenéutica en un acontecer que debiera ser ejercicio de transparencia. Pero no sucede así por la ambigüedad, los silencios y la verborrea excesiva de la expresión. Cantinflear para no decir lo que se piensa.
“¿Por qué no podemos ser más simples?”, se preguntaba mi profesor. No es fácil: somos demasiado complejos. Para ello, primero quizá hay que reconocer “las estrategias de la ilusión”, como decía Eco, esa estructura cultural y personal que nos induce a la mentira. Luego, hay que determinarnos por la transparencia, poner de moda esa “sociedad transparente” en la que podamos fiarnos unos de otros.
Voluntad de verdad contra las supercherías autocreadas, en las que nosotros mismos también somos víctimas.







