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Hubo una época en la que la humanidad destacaba lo que nos hacía diferentes del resto de las especies, el tiempo en que se afirmaba la racionalidad como valor supremo sobre los demás vivientes. Nos la creíamos; bastaba mirar alrededor para confirmar esa capacidad creadora en un mundo hecho a la medida.

Desde mucho tiempo antes, otros lo ponían en duda. Sospechaban del absurdo de los actos, del instinto que nos gobernaba, de la violencia que resolvía los problemas. De racionales, nada; lo nuestro eran las pasiones, finalmente el instinto de vida que estaba sobre todo. Así anidaba, en el corazón de la filosofía, la idea que restablecía una perspectiva más justa de lo que somos.

Es justo lo que declaraba Nietzsche en su Más allá del bien y del mal:
“Detrás de tus pensamientos y sentimientos, hermano mío, se encuentra un poderoso soberano, un sabio desconocido: se llama instinto”.

Una cosa es, sin embargo, la afirmación de la vida y otra es la estupidez. La deriva es fácil por las distracciones; no reparamos en el retroceso. Nos degradamos, primero en lo individual, luego en lo social, hasta convertirse, como dicen hoy, en tendencia. Así, convertido en sistema, lo imbécil se constituye en cultura, en norma o en lo normal, casi sin excepciones.

Las guerras son solo una prueba de ello. La narrativa de que solo la violencia es capaz de operar cambios. El viejo díctum heracliteano, comprendido erróneamente como motor y causa del devenir, cuando se refería más bien al valor de la oposición y la diferencia, a la tensión constitutiva de la realidad. Así, la racionalidad del siglo XXI es bélica, autodestructiva, muy a la medida de la imbecilidad de quienes la promueven.

El mismo discurso cabe para la cultura del consumo del capitalismo reinante. El tránsito del homo sapiens al homo consumens, abrazados a la ideología del tener sobre el ser. Persuadidos de la tragedia que significa vivir con poco, mientras buscamos en las cosas el valor que nos sostenga. No es otra la victoria del liberalismo de nuestros tiempos.

Ni hablar del descrédito de los sentimientos y del amor. El horizonte que nos atraviesa es el transaccional: do ut des. Te doy para que me des. El principio es integrar en la dinámica de lo que se siente la lógica del interés, haciendo fuera de moda la ternura, la generosidad y la donación. Es lo que Horkheimer acusó como razón calculadora.

Reconocer el extravío no es voluntad de lo mismo, volver al punto de partida. Es intención crítica para encontrar el camino de una senda que nos haga mejores. Deseo que el 2026 sea para usted la oportunidad para el crecimiento, la toma de conciencia de que vivir exige un ánimo superior, un aire distinto que va a contrapelo de lo que dictan las redes, los algoritmos y los oligarcas que nos quieren gobernar.

Eduardo Blandón

ejblandon@gmail.com

Fecha de nacimiento: 21 de mayo 1968. Profesor de Filosofía, amante de la literatura, fanático de la tecnología y enamorado del periodismo. Sueño con un país en el que la convivencia sea posible y el desarrollo una realidad que favorezca la felicidad de todos. Tengo la convicción de que este país es hermoso y que los que vivimos en él, con todo, somos afortunados.

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