Dice Gerónimo de San José, carmelita y filósofo del siglo XVII, que la historia, en su sentido más amplio, es “cualquier narración de algún suceso o cosa”. La historia se ha entendido a menudo como un acto narrativo, hecho de palabras, con un carácter interpretativo. Contar es, en suma, un ejercicio hermenéutico.
La historia es también silencio, vacío y ausencia. Son los hechos no contados o velados, a veces distorsionados. La narrativa, en esencia, discrimina, expone y con frecuencia margina, según el paladar refinado del autor.
Por ello, la historia debe completarse con esas ausencias que, a menudo, se desechan convenientemente. No se trata solo de ideología, descuido o mínimos deslices, sino de la inclinación hacia la mentira que brota de una voluntad herida (por decir lo menos).
El mismo discurso cabe en un terreno más íntimo: el de nuestras historias. Lo esencial no siempre es lo que recordamos y relatamos, sino lo que enterramos, a veces para no herirnos o recomponer a placer. Para endulzar lo amargo con un timo disfrazado de dulzura.
Debemos aceptar la imposibilidad de una interpretación justa. No se puede. Primero, por la parcialidad de quien examina (lo nuestro siempre será indulgente); segundo, por la ceguera que impide percibir los matices del cuadro completo. Ese esfuerzo solo puede alcanzarse, en el mejor de los casos, con el tiempo y con la colaboración de miradas alternas.
Solo el tiempo es capaz de superar lo novelado: ese discurso inicial, autoindulgente y apologético, con el que “velamos” la realidad para proteger un ego herido. Sin este movimiento, resignificar resulta imposible cuando somos protagonistas de primer orden. Aún falta, sin embargo.
Desentrañar, como en la ciencia, es tarea colaborativa. Exige que sean otros quienes nos retiren las escamas de los ojos. Distraídos como vamos, no distinguimos la paja del trigo; por ello, la intervención de un espíritu avezado, distante de lo que contamina lo subjetivo, resulta necesaria para lograr una mirada limpia.
En conclusión, tanto la historia como nuestras historias son un ejercicio de inteligibilidad. Una tarea que pasa por la crítica, que evidencia la fragilidad de lo narrado para reescribirlo en la medida de lo posible. No se trata de alcanzar la crónica ideal, sino de abrirnos a versiones más justas, capaces de gestar un ecosistema saludable, base de una vida feliz.