En estos días en los que el calor perturba, frente a un ventilador, he tenido la fortuna de empezar a leer «La Storia», obra escrita por Elsa Morante y publicada en 1974. La autora italiana, que ya tenía en su haber «Menzogna e sortilegio» (1948) y «L’isola di Arturo» (1957), construye con maestría una realidad dolorosa en la que quizá proyecta su experiencia personal en los años infames de la Segunda Guerra Mundial.
El talento literario desde la adolescencia refleja, en primer lugar, la sensibilidad del ojo que atiende la complejidad de la existencia humana. Una observación que, lejos de ser pasiva, escudriña el significado y las consecuencias de contextos en los que los protagonistas sufren por su propia suerte. Esto impregna sus textos de un humanismo crítico en busca de respuestas.
Asimismo, sus ficciones, cuyo trasfondo histórico remite al pasado, destacan los valores de personajes fundados en la moralidad de una especie de buen salvaje. Así, el cuidado hacia los demás, la afirmación de la justicia y un sentido de la modestia son características con las que la escritora ayuda a entender el destino de cada uno de ellos.
Esto fue reconocido por Italo Calvino en una carta donde destaca: «Questa concretezza del tuo narrare, questo far sentire sempre le cose e le persone vive, fa dimenticare anche quanto tenue è la materia che tratti». Aquí Calvino subraya la facilidad con la que Morante combina la bondad de sus personajes con los infortunios de una realidad habitualmente sombría.
La crítica, sin embargo, no siempre fue favorable con su obra. No faltaron incluso los que atribuyeron parte de su éxito literario a su relación con su marido, el también escritor Alberto Moravia. Gajes del oficio que apenas empañan el reconocimiento de los premios recibidos durante su vida. Sobresalen entre ellos: el «Premio Viareggio» (1948); el «Premio Strega» (1957) y el «Premio Médicis Extranjero» (1984).
«La Storia» narra la vida de Ida Ramundo, una profesora de origen judío, que en plena Segunda Guerra Mundial, padece junto a sus hijos las complejas y dolorosas circunstancias derivadas del conflicto. De ese modo, la guerra, la pobreza y la maternidad serán temas centrales a lo largo de sus páginas.
Creo que es una novela que toca profundamente a la escritora, quien deseaba que fuera leída gracias a su accesibilidad en el precio. Esto se evidencia cuando Morante le pide a Giulio Einaudi, su editor, que su libro no costase más de dos mil liras (el equivalente a cinco dólares de entonces). Quizá era su forma de conectar y compartir el sufrimiento de muchos, conforme aquellos años de incertidumbre.
Una obra así no puede sino hacernos crecer, aun en medio del bochorno de los días de verano. Si se anima, el tiempo ocupará el lugar que le corresponde y será testigo del modo como Morante acariciará su alma con la magia de sus palabras.