Eduardo Blandón

ejblandon@gmail.com

Fecha de nacimiento: 21 de mayo 1968. Profesor de Filosofía, amante de la literatura, fanático de la tecnología y enamorado del periodismo. Sueño con un país en el que la convivencia sea posible y el desarrollo una realidad que favorezca la felicidad de todos. Tengo la convicción de que este país es hermoso y que los que vivimos en él, con todo, somos afortunados.

post author

Ortega y Gasset afirmaba la circunstancialidad que condiciona los proyectos humanos.  Corresponde a ese devenir, a menudo misterioso, que constriñe al examen permanente en busca de ajustes reguladores de sueños e ilusiones.  Partir de ello, constituye la virtud del sabio que opera con vistas a incidir en la realidad.

A veces lo ignoramos y hacemos de nuestra vida un espejismo constante.  Marineros, echos a la mar, desde cartografías fantásticas, afanados en rutas por países que no existen.  Obsesionados, hidalgos batallando con enemigos inventados, sufriendo heridas autoinfligidas por el desenfreno de imaginaciones enfermas.

Somos seres situados y este «ubi» es fundamental en la arquitectura de nuestros ensueños.  No para capitular, ya de salida derrotados, sino para considerar el barro en que se hunden nuestros pies. Idear como estrategas que advierten lo complejo, ese amasijo dispuesto para la conquista ordenadora de nuestra mente.

Así, la virtud es la iluminación.  Vivir despiertos desde la conciencia del espíritu creador.  Entregados a la tarea de lo posible con el realismo de los poetas, esos que atienden el misterio con plumas desgastadas y tintas cansinas.  Los teólogos literarios que no por negar la divinidad se abandonan al sin sentido de lo inmanente.

Con todo, la vida es también resistir.  Abrazar proyectos sin permitirse anegar.  Como los héroes.  Como Ulises que sueña a Ítaca y vence los abismos. Como Odiseo, Gandhi y los profetas que determinados, superaron promesas, riquezas, cantos y contentamientos pasajeros para imponerse gozosos de manera ejemplar.  Las circunstancias a veces no son la última palabra en materia humana.

«Yo soy yo y mi circunstancia, y si no la salvo a ella no me salvo yo».  Salvarse es la meta, extender el lienzo y trazar, dibujar y poner colores en el marco que nos ha sido entregado.  Ponernos estetas aún reconociendo los límites, los personales y los materiales, disponiendo el espíritu a lo grande, a ese cosmos que nos permita barruntar el infinito.

Artículo anteriorEl legado de Bernardo Arévalo
Artículo siguienteLa voz del salubrista despierta al sistema del letargo