Eduardo Blandón

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Fecha de nacimiento: 21 de mayo 1968. Profesor de Filosofía, amante de la literatura, fanático de la tecnología y enamorado del periodismo. Sueño con un país en el que la convivencia sea posible y el desarrollo una realidad que favorezca la felicidad de todos. Tengo la convicción de que este país es hermoso y que los que vivimos en él, con todo, somos afortunados.

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Eduardo Blandón

Existe un poema de Rubén Darío titulado “Lo fatal”, en el que, con carácter filosófico, el vate se refiere a la condición misérrima del ser humano. En plan dramático no solo afirma “que no hay dolor más grande que el dolor de ser vivo”, sino que lamenta el “espanto seguro de estar mañana muerto”. El texto es una joya existencialista reveladora de los límites del hombre.

No quiero especular sobre la influencia filosófica que fundamenta el pasmo del poeta, pero es evidente que la hondura de la pieza deriva de la propia experiencia de finitud. Por ello, al tiempo que reconozco la legitimidad de su planteamiento, lo juzgo ajeno a la impostura, esto es, la forma de falsedad de quien desea figurar por medio de artificios conceptuales.

Dicho lo anterior, quizá sea válido preguntarse si podemos identificarnos con su “sentimiento trágico de la vida”, como diría Unamuno, o si podemos decantarnos por versiones diferentes dada las tonalidades variopintas de los espíritus. Me temo que ambas posibilidades son justificables.

No cabe duda de que Darío, según una cierta tradición inspirada también en el cristianismo, identifica el drama humano expresado en el dolor de ser vivo, la privación del conocimiento, la muerte y la existencia corpórea que nos expone al mal. Pero lo suyo sabe a metafísica, ese reino de ideas con voluntad de totalidad. Y creo que no está mal.

La comprensión del misterio exige un lenguaje omniabarcador que dé cuenta de su estructura. Sin embargo, ese esfuerzo hace que se diluyan los detalles ensombreciendo la vida en todas sus manifestaciones. Así, “Lo fatal”, aunque aludiría a las condiciones existenciales del ser, deja en la sombra los fragmentos de la vida concreta.

Por esa razón, es importante reconocer esas parcelas personales de dolor. Las microfatalidades, que no por pequeñas, carecen de valor: el desempleo, la necesidad de alimento, la falta de educación, la exclusión y las privaciones generalizadas que impiden el desarrollo humano. Sin desdeñar a los que sufren la soledad, el aislamiento o la frustración de un amor fallido, entre tantos otros padecimientos.

En consecuencia, “Lo fatal” nos invita a reconsiderar el sufrimiento humano. Poner en el centro de nuestras acciones al “homo patiens” que reclama un trato diferenciado. Asumirlo exige nuevas sensibilidades, la conducta moral de los que operan desde la empatía para resignificarlo todo.

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