Keren Merary Xoyón Martínez
Estudiante; Universidad San Carlos de Guatemala Facultad de Ciencias Jurídicas y Sociales
Salir de casa, del trabajo, incluso de la universidad a horas de la noche por una necesidad no debería sentirse como un acto de valentía; sin embargo, para muchas personas lo es. Caminar en un espacio oscuro, sin suficiente iluminación y sin presencia de otras personas, se convierte en un momento de presión y obliga a mirar alrededor con desconfianza. No se necesita estar siendo perseguida por alguien; basta con conocer la realidad en la que vivimos. Ese temor se ha vuelto la rutina de miles de civiles.
Pero el miedo no pertenece únicamente a la noche; a plena luz del día, atravesar un lugar solitario también puede generar esa sensación. La probabilidad de ser una víctima quizá disminuye con el sol, pero nunca desaparece. Mujeres desaparecidas, víctimas de acoso, hombres asaltados y familias con una marca de violencia de por vida. La inseguridad no hace distinción a la hora, género ni condición social. Vivir con incertidumbre es una condena que se cumple todos los días.
Cuando el miedo se vuelve costumbre, la libertad deja de verse como un derecho. Modificar cambios de horario en la rutina, evitar caminatas a solas y aprender a sobrevivir no debería ser parte de la vida cotidiana. Llegar a casa sano y salvo no debería ser un logro, sino una garantía, pero en la vida cotidiana parece ser cuestión de suerte.
Aún más doloroso, las víctimas con temor señalan a violadores, feminicidas, asesinos, secuestradores y extorsionadores, confiando en que la ley responderá con justicia; pero cuando las defensas del agresor resultan ser más eficaces que la protección de la víctima, o cuando la verdad no logra ser suficiente para hacer justicia, la herida se profundiza. El delito ha ocurrido y nada puede cambiarlo, pero el dolor se intensifica al ver el silencio institucional.
Esta realidad resulta inaceptable. El derecho a la vida, la libertad y la seguridad parecieran estar siendo ignorados por el Estado y por las autoridades municipales. Esto se trata de una obligación, pero cuando la justicia no llega y el pueblo comienza a alzar la voz, es evidente cómo nos han fallado.
Proteger al pueblo no basta con reaccionar después de la tragedia ni con discursos de las autoridades nacionales y municipales prometiendo un mejor futuro; la seguridad necesita prevención, presencia, efectividad y decisiones donde la víctima esté en el centro. Mientras esto no ocurra, el miedo seguirá siendo una carga para el pueblo.
Algunos dicen que la violencia es un problema demasiado complejo para resolverse por completo. Si bien es cierto que sus causas son profundas, la dificultad no puede convertirse en excusa para la inacción. Precisamente porque se trata de un fenómeno, exige respuestas constantes y valientes. Un Estado que se acostumbra al miedo de su población corre el riesgo de normalizar la injusticia.
Esto no se trata de un reclamo ni un reproche; es la voz de un pueblo lleno de víctimas que, con temor, piden ser escuchadas a gritos; un pueblo que ve a su agresor a la vuelta de la esquina como un civil más, porque la justicia le falló una vez más.
Vivir con miedo no puede seguir siendo parte de la normalidad. Yo opino que, mientras la seguridad no esté verdaderamente garantizada y la justicia no sea percibida como real, el Estado y las autoridades municipales continuarán ausentes donde más se les necesita. La protección de la vida humana no admite demoras ni excusas. Ninguna sociedad puede llamarse justa si su gente aprende a sobrevivir en lugar de vivir.
Cuando el miedo se disfraza de valentía y la ausencia del Estado se vuelve normal, la sociedad entera comienza a vivir como si ser una víctima más fuera simplemente parte de la vida, y esperar a ser la siguiente es solo cuestión de tiempo.







