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La lealtad es, sin duda, una virtud. Está referida a la fidelidad hacia una persona, un colectivo, un ideal o un compromiso adquirido. No importa las consecuencias cuando se practica, éstas pueden ser beneficiosas o, inclusive, perjudiciales.

Expresa una cualidad individual. Podría cuestionarse, con mucha argumentación, que ella deja de ser una virtud cuando se es fiel a algo perverso.

Mi opinión es que, como en todo valor, siempre hay una relatividad. Y un elemento que puede considerarse que relativiza esta virtud es precisamente el objeto que la inspira. Debe haber, por lo tanto, una relación de inherencia entre ellos, es decir, entre la fidelidad y el objeto o sujeto que la provoca. O sea que, cuando un objeto o sujeto es virtuoso, la conducta leal hacia él debería ser una consecuencia necesaria.

Ahora bien, la lealtad se pervierte cuando una conducta es fiel a algo o a alguien virtuoso, pero incentivada fundamentalmente por la conveniencia personal, en cuyo caso, esa conducta es, en esencia, un oportunismo, una perversión, aunque el objeto o sujeto que la inspira sea virtuoso.

Las anteriores reflexiones me surgen al observar lo que está ocurriendo ahora que se están llevando a cabo los procesos para cambiar la institucionalidad estatal que ha estado cooptada por las redes político criminales.

Comencemos por subrayar que el propósito que une estas redes es perverso. La institucionalidad se coopta, en este caso, en función de un solo propósito, permitir la corrupción con garantía de impunidad. O sea que la “lealtad” que pueda existir entre los integrantes de esas redes se da por la fidelidad a una componenda.   

Por todo lo anteriormente dicho, afirmo que no puede haber lealtad entre los integrantes de las redes político criminales que aún tienen cooptada la institucionalidad estatal. Lo que hay entre ellos es complicidad. Dichas redes se cohesionan a partir de los intereses malignos coincidentes, pero en la medida en que estos intereses se vean afectados si se mantiene la cohesión, ésta irá gradual o intempestivamente desapareciendo, dependiendo de la inminencia de los riesgos que se afronten.

El paladín de las redes político criminales ha sido el Ministerio Público y su figura emblemática, Consuelo Porras. Sin embargo, el desgaste nacional e internacional de este siniestro personaje y de sus principales adláteres es mayúsculo. Ya no aporta al propósito que requiere de la cohesión. Es más, se convierte en un riesgo para dicho propósito y, por lo tanto, la adalid ya no es tal. Es un riesgo y, por consiguiente, es desechable.  

Todo lo anterior nos lleva a observar cómo dicho personaje aparece desesperadamente buscando quien la cobije para mantener la impunidad ante los groseros actos delictivos cometidos durante su gestión en defensa de esas redes.

El Rector de la Usac ha sido el primero en “traicionar” a la adalid. Pero esa conducta no puede calificarse como deslealtad, porque la cohesión que une a las redes político criminales no es un objeto virtuoso. 

La adalid está nadando desesperadamente en búsqueda de un salvavidas que la salve del ahogamiento. Todavía podría tener dos opciones, el Congreso y la Corte Suprema de Justicia. Veremos si le queda alguna capacidad transaccional para lograrlo (léase “colas machucadas”) o si la traición total se consuma.

Adrian Zapata

zapata.guatemala@gmail.com

Profesor Titular de la USAC, retirado, Abogado y Notario, Maestro en Polìticas Pùblicas y Doctor en Ciencias Sociales. Consultor internacional en temas de tierras y desarrollo rural. Ha publicado libros y artículos relacionados con el desarrollo rural y con el proceso de paz. Fue militante revolucionario y miembro de organizaciones de sociedad civil que promueven la concertación nacional. Es actualmente columnista de el diario La Hora.

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