Adrian Zapata

zapata.guatemala@gmail.com

Profesor Titular de la USAC, retirado, Abogado y Notario, Maestro en Polìticas Pùblicas y Doctor en Ciencias Sociales. Consultor internacional en temas de tierras y desarrollo rural. Ha publicado libros y artículos relacionados con el desarrollo rural y con el proceso de paz. Fue militante revolucionario y miembro de organizaciones de sociedad civil que promueven la concertación nacional. Es actualmente columnista de el diario La Hora.

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En la conferencia de prensa que dieron Bernardo Arévalo y Karin Herrera al terminarse el conteo de los votos el pasado domingo por la noche, hubo afirmaciones que me parecieron muy atinadas, principalmente reconocer que el triunfo no fue de Semilla, sino de la nación.

Reconoció el hecho altamente significativo que la gente estaba en las calles celebrando el triunfo de manera espontánea. Dijo, con “humilde alegría”, que no había habido una convocatoria del partido Semilla, ni de ellos (Bernardo y Karin) en particular. Hizo ver que no se podían ver símbolos del partido en las movilizaciones, ya que los manifestantes ondeaban banderas de Guatemala. En un acto inteligente mostró la solapa de su saco, donde ya no utilizaba el emblema de su partido, sino que la bandera nacional.

Al día siguiente, en entrevista concedida a CNN, se mostró sumamente inclusivo en su intención de construir un gobierno que incorporara gente más allá de su partido. Pero fue muy claro al rechazar las alianzas con otros partidos políticos, las cuales sustancialmente se construyen sobre la base de repartirse cuotas de poder y el botín político. Repudió, con firmeza, la posibilidad de incorporar corruptos en su administración.

La diversidad de sectores y actores sociales que en el país lo han apoyado, directa o indirectamente, es sorprendente. A nivel internacional, los reconocimientos son múltiples y estratégicos. Las redes político criminales cada vez están más aisladas y se están desgranando. 

Hay, por lo tanto, condiciones para que Bernardo Arévalo pueda encabezar un gobierno de unidad nacional. Le toca construir una “convergencia virtuosa”, cuyo eje central será iniciar el proceso de recuperar la institucionalidad estatal cooptada por las mafias de la política.

La posibilidad de atrevernos a pensar en un gobierno de unidad nacional no se daba desde que se firmó la paz. Luego de este hecho histórico se han intentado en el país diferentes esfuerzos para construir consensos y diálogos entre distintos actores sociales y políticos y, hasta ahora, todos han fracasado. Incluso se llegó a banalizar y devaluar el diálogo, hasta el punto de debilitarlo como una necesaria herramienta en la democracia.

Ahora bien, a pesar de esta posibilidad de construir un gobierno de unidad nacional, es obvio que no todo es “miel sobre hojuelas”. Las redes político criminales utilizarán todos sus recursos para inviabilizar la eficacia del nuevo gobierno, para lo cual seguirán recurriendo a la justicia, tan instrumentalizada por ellas. En primera línea de esta guerra contra la democracia dichas redes blanden la filosa espada de la Fiscal General, Consuelo Porras y el afilado puñal de la FECI, Rafael Curruchiche.

La pretensión de Bernardo Arévalo es admirable y tiene en la lucha contra la corrupción y la impunidad el principal contenido sustantivo para lograrlo. Sin embargo, desde ya hay que tener presente que los históricos y profundos problemas estructurales del país (desigualdad, pobreza, exclusión, desnutrición crónica infantil, etc.) van mucho más allá de la corrupción y la impunidad. No es cierto que ellas sean las causantes principales de esos problemas estructurales, aunque sin duda los agravan profundamente y hasta pueden incapacitar al Estado para enfrentarlos.

La oportunidad de alcanzar acuerdos sustantivos y sustanciales que sostengan un gobierno de unidad nacional debe extenderse al abordaje de los problemas estructurales referidos, con visión realista, de largo plazo y gradualidad en el proceso.

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