Suele tildarse de “maldito” al dinero, al amor, a la belleza y a quién sabe cuántas cosas más. En esta ocasión, nos centraremos en la política. La considero maldita porque, a lo largo de la historia, se ha revelado como algo indispensable y, al mismo tiempo, condenada a corromper todo lo que toca; y así ha sido desde la antigüedad.
Para los griegos, la política no era una opción, sino la esencia del ser humano. Para Platón, era una medicina amarga. En La República sostiene que el mayor castigo para quien no quiere gobernar es ser gobernado por alguien peor que él. Solo la avalaba si estaba dirigida por la razón. Su discípulo Aristóteles, en cambio, la veía como la vía para la realización humana, hasta el punto de definir al hombre como zoon politikon (animal político). Ambos coincidían en que la política era el único espacio donde el ser humano podía alcanzar la felicidad y la virtud: sin ella, seríamos bestias o dioses, pero no humanos. Cabe aclarar que, aunque compartían esta visión, sus métodos divergían: Platón apelaba a las Ideas y a la razón pura, mientras que Aristóteles observaba la realidad tal como se presentaba, clasificando incluso los regímenes según quién manda y en beneficio de quién.
Si trasladáramos a estos pensadores a nuestra época, Platón probablemente calificaría la política actual de demagogia. No solo vería ignorancia; vería sombras proyectadas en la caverna. Diría que nuestra política es maldita porque se sostiene en la imagen, el algoritmo y la percepción (la doxa), y no en la esencia de la justicia y la equidad. Propondría, como siempre, que solo los filósofos gobiernen para sanar la enfermedad del Estado. Desde su perspectiva, la maldición tendría un matiz clave: el castigo de ser gobernado por ignorantes. Hoy, hemos convertido el teatro de las sombras (el marketing político) en la máxima realidad del Estado.
Si Aristóteles recorriera nuestras calles y naciones, su diagnóstico sería agridulce. Nos advertiría que la política actual es una maldición de extremos: estamos condenados al conflicto porque falta un equilibrio que modere las ambiciones de los más poderosos y atienda las necesidades de los más vulnerables. Para él, la estabilidad del Estado depende de una clase media sólida. Defendía el justo medio porque, en su opinión, los muy ricos suelen ser arrogantes y ambiciosos, incapaces de obedecer, mientras que los muy pobres, resentidos, no saben mandar.
Podemos deducir, entonces, que para los griegos la política era simplemente la ética aplicada a la comunidad. Si vieran que hoy separamos la vida privada (donde intentamos ser íntegros) de la vida pública (donde normalizamos la corrupción), nos dirían que vivimos una existencia esquizofrénica.
Llevemos ahora el análisis al Renacimiento y busquemos a Maquiavelo, el pragmático. Para él, la política no es una maldición, sino una técnica de supervivencia necesaria para evitar el caos. Si hay que ser cruel o mentir, es un costo operativo para mantener el orden. Acompañémosle de un interlocutor distinto: Tomás Moro. En él encontraríamos al idealista. En Utopía, Moro critica la política de su tiempo, denunciando que la Europa de su época funcionaba como una conspiración de los ricos para proteger sus privilegios en nombre del Estado.
Si Moro y Maquiavelo deambularan por nuestras sociedades, sus reacciones serían polos opuestos: uno vería un tablero de ajedrez fascinante y el otro, una distopía moral de difícil alcance.
Maquiavelo no era un cínico; era, ante todo, un patriota obsesionado con la estabilidad y la fortaleza de las instituciones. No vería la corrupción actual como algo admirable. En sus Discursos sobre la primera década de Tito Livio es tajante: la corrupción en un pueblo hace casi imposible sostener una república. Diría que la política de hoy está maldita no por ser inmoral, sino por ser débil. Señalaría que la corrupción erosiona la soberanía nacional y entrega el poder a fuerzas externas (económicas o criminales). Para él, el Príncipe puede ser despiadado, pero debe ser eficaz en la defensa del bien común. Si el político contemporáneo roba y permite que el Estado se desmorone, no es un estratega, sino un mediocre. Maquiavelo notaría que hoy los líderes son zorras que caen en sus propias trampas y leones que no infunden respeto. Su crítica apuntaría a la incompetencia técnica y concluiría: “Están perdiendo el poder no por ser malos, sino por ser ineptos”.
Moro, con profunda melancolía, nos mostraría una mirada cargada de desprecio moral. Al caminar por calles donde rascacielos de lujo coexisten con personas sin techo, diría: “No es una república, es una conspiración de los ricos para explotar el trabajo de los pobres”. Para él, la política actual es la estructura que legaliza la codicia. Vería nuestras leyes como laberintos: un sistema tan enrevesado que solo quienes pueden pagar abogados logran navegarlo. La política hoy es una maldición nacida de la soberbia, comentaría, y concluiría que el mundo actual es una Utopía al revés: una sociedad donde el éxito de uno se alimenta del fracaso del otro.
Ante la pobreza y la corrupción que observarían, ambos coincidirían en que se trata de un grave error de cálculo que, tarde o temprano, debilita al Estado, aunque a corto plazo parezca sostener el poder. Y observarían con desconcierto cómo, pese a los avances en ciencia y tecnología, persiste una política de gasto diseñada para satisfacer los intereses de las élites.
Ante esto, lector: ¿cómo ve usted esta maldición?







