El Producto Interno Bruto (PIB) nominal de Guatemala cerró el año 2025 con una cifra histórica, superando la barrera de los $25120 mil millones —aproximadamente Q942,600 millones (usando una tasa de cambio promedio de Q7.80)—. La economía creció un 3.8% respecto al 2024. Pero, ¿cuánto de esto llegó al grupo socioeconómico más necesitado?
Para responder, debemos observar la distribución del ingreso por quintiles (donde el quintil 1 es el 20% de la población con menos ingresos). En Guatemala, históricamente, la desigualdad es alta: el 20% más rico captura más de la mitad del ingreso, mientras que el 20% más pobre recibe una fracción mínima. El quintil más pobre recibe apenas cerca del 4% del ingreso total; hablamos de que a este grupo le corresponden aproximadamente 4,834 millones de dólares (unos Q37,700 millones). Si dividimos esa cantidad entre los 3.6 millones de personas que conforman ese grupo, el ingreso promedio anual por persona es de apenas unos Q870 mensuales: alrededor de 29 quetzales diarios.
Vayamos ahora en busca de la inversión en potencial humano. Esto vuelve necesario separar el gasto en “ladrillos” (escuelas, hospitales, carreteras) del gasto en “Desarrollo Social Directo”, la verdadera herramienta del desarrollo humano (programas de transferencias, nutrición, salud preventiva y educación). En el presupuesto de 2025, el techo total fue de aproximadamente Q148,500 millones (un 15.8% del PIB). El desglose para desarrollo social neto fue del 7.5% al 8% del PIB. Si descontamos la inversión fija (construcción y obra pública), el gasto corriente destinado directamente a la población es de aproximadamente el 5.5% del PIB. Monto estimado: unos aprox. Q51,800 millones o sea Q14.38 por persona por año.
Todavía no se eche a llorar; acá hay gato encerrado. En 2025, en concepto de remesas, ingresaron $25,530.2 millones que son parte del PIB. Ahora jálese los pelos: eso significa un crecimiento del 18.7%. Es decir, en estos momentos, por cada 100 quetzales que produce la economía del país, 21 provienen del esfuerzo de los migrantes. ¿Qué hace el gobierno y la iniciativa privada para incrementar el trabajo nacional? ¿Exportar nacionales? Mejor sigo antes de echarme a maltratar.
Aunque las remesas son el motor del consumo, su impacto en el desarrollo humano a largo plazo (lo que los economistas llaman “inversión en capital humano”) es significativamente menor de lo que se esperaría. En salud, por ejemplo, de esos $251,530 millones que los receptores de las remesas destinaron al rubro, el dinero funciona como un “seguro de emergencia”, no para prevención y fortalecimiento físico, mental y emocional, sino para pagar clínicas privadas y medicinas cuando el sistema público falla. Es gasto de reparación, no de desarrollo. Por otro lado, aunque las remesas ayudan a que los niños no abandonen la escuela, la mayor parte se va en inscripciones, uniformes y útiles. Solo una fracción mínima (menos del 1%) se destina a educación superior o técnica que realmente cambie el perfil productivo del individuo.
Si hace números, concluirá que de cada Q100 que recibe una familia por remesas, solo entre Q10 y Q12 se invierten en mejorar el “potencial personal”. El resto se consume en el día a día o se “siembra” en cemento. A ello se debe añadir que el ingreso masivo de remesas en comunidades rurales ha inflado el precio de la canasta básica local, obligando a las familias a usar más porcentaje del envío en comer y menos en estudiar.
No crea que estos datos me los fumé. Si desea profundizar (y debe hacerlo si tiene conciencia social), busque información en el Banco de Guatemala (Banguat) y su reporte de remesas; en la Organización Internacional para las Migraciones (OIM) y su «Encuesta sobre Migración y Remesas»; y en los informes de CEPAL sobre la «propensión al gasto».
Para quien no profundizará, le dejo esta reflexión. La verdadera tragedia guatemalteca no es la falta de dinero —los 20 mil millones de dólares en remesas demuestran que hay recursos—, sino que hemos normalizado un sistema donde el éxito de la macroeconomía depende del exilio o la limitación a que sometemos a nuestra gente. Mientras sigamos celebrando el crecimiento del PIB y de las remesas sin exigir que ese dinero se transforme en neuronas educadas y vidas sanas, seguiremos siendo cómplices de un país que construye casas de bloque habitadas por desiertos de oportunidad. El tonto no es el que sobrevive con un PIB tan pobre; el tonto es el que cree que este modelo es sostenible y enriquecedor.







