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La Universidad de San Carlos de Guatemala atraviesa un momento definitorio en su período de elección de máxima autoridad. Con esperanza, vemos nacer un intento por recuperar la autonomía universitaria de la Usac que Carlos Martínez Durán, su Rector de la época moderna por antonomasia definió como la «conciencia de la nación». Sin embargo, el contraste es doloroso: mientras antiguos y eminentes universitarios como Carlos Martínez Durán y José Mata Gavidia veían en la academia un faro de verdad y diálogo, hoy nos enfrentamos a un desastre causado por individuos asociados a la corrupción y al cinismo.

Esta crisis de la Usac ha fracturado a la familia sancarlista en tres facciones que los universitarios de cepa no reconocerían. Por un lado, una dirigencia que, lejos del humanismo real, se entrega al nepotismo y a delitos que demuestran su falta de fe y dedicación en el trabajo universitario. Por otro, una mayoría de docentes y alumnos adaptados que, por supervivencia o conveniencia, han adoptado valores oficiales ajenos a la ética académica. Y quizá lo más triste: el exilio interior de quienes, con talento y dignidad, renuncian a la carrera universitaria para salvar su vida privada del control ideológico.

Como advertía Miguel de Unamuno, “vencer no es convencer”. La actual alianza política y delincuencial que busca el beneficio individual a expensas de la docencia y la investigación podrá ostentar el poder administrativo, pero carece de la autoridad moral que solo emana de la Verdad, la Igualdad y la Libertad. Urge retomar el camino de las reformas audaces para separar la política universitaria de la política nacional contaminada por el partidismo de una política nacional corrupta y cargada de privilegios.

La elección de la Rectoría no es solo un conteo de votos; es la oportunidad de decidir si queremos una institución instrumentalizada para objetivos mezquinos o si recuperamos la dignidad humana y el desarrollo personal como norte. 

Pero esa elección debe recaer sobre una guía visionaria. La universidad no es simplemente una escuela de capacitación profesional, sino el lugar donde la sociedad busca la verdad de manera colectiva. Y eso demanda de una universidad sostenida sobre tres pilares inseparables: la investigación, la enseñanza y la formación espiritual.

Como bien señalaba Karl Jaspers, la universidad es el único lugar donde la sociedad permite que se cultive la conciencia más pura de la verdad. Al instrumentalizar la Academia para fines delictivos o comerciales o personales, no solo se daña una institución, sino que se priva a la nación de su brújula moral y científica. También debemos recordar la visión del médico y humanista Gregorio Marañón. Él veía a la universidad no solo como un centro de saber, sino como la conciencia crítica de la nación.

Docentes y estudiantes tienen hoy la última palabra. Es momento de abandonar el silencio resignado y volver a hacer de la Usac como soñaron nuestros maestros nacionales: la brújula moral de Guatemala. Es hora de romper el silencio resignado y recuperar la identidad académica. Es la hora de que la universidad deje de ser un botín político y de riqueza y poder, y sea un centro de irradiación cultural.

Alfonso Mata

alfmata@hotmail.com

Médico y cirujano, con estudios de maestría en salud publica en Harvard University y de Nutrición y metabolismo en Instituto Nacional de la Nutrición “Salvador Zubirán” México. Docente en universidad: Mesoamericana, Rafael Landívar y profesor invitado en México y Costa Rica. Asesoría en Salud y Nutrición en: Guatemala, México, El Salvador, Nicaragua, Honduras, Costa Rica. Investigador asociado en INCAP, Instituto Nacional de la Nutrición Salvador Zubiran y CONRED. Autor de varios artículos y publicaciones relacionadas con el tema de salud y nutrición.

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