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La relación sexual, por su propia naturaleza, está cargada de política y religión; ambas doctrinas, de una forma u otra, coquetean con el sexo. La sexualidad se encuentra atada y desatada por la estructuración del poder, la identidad y las normas sociales. Sin embargo, ni los sistemas religiosos ni los políticos ofrecen respuestas definitivas a todas las inquietudes humanas.

Lo cierto es que ese mecanismo biológico que une a dos personas bajo una sábana está rodeado de información. Permite la extracción de conclusiones y el empoderamiento de saberes que, al divulgarse, pueden afectar gravemente a terceros. Ambas doctrinas son híbridas y se alimentan entre sí. Por ello, en el contexto de una infidelidad sexual —tema hoy en el centro del debate mundial por casos como el de Epstein— las dudas sobre el trasfondo de esa relación se vuelven mucho más crudas.

En una relación infiel, donde la vulnerabilidad es máxima, la reacción del individuo suele depender de qué valor considere más sagrado o innegociable. La política trata sobre dinámicas de poder, derechos y roles que se filtran en la alcoba, capaces de consolidar o destruir incluso la ideología religiosa. Pero lo más temible es su capacidad para destruir a terceros.

La política es exhibición de poder, y mostrarse poderoso suele percibirse como algo más vital que mostrar una actitud mística. Entre sábanas, resulta más sencillo desembuchar sobre un sistema de gobierno, que confesar una crisis de fe o una práctica ritualista, ya que esto último toca la fibra íntima y la identidad, elementos mucho más difíciles de compartir. Así, la política se exterioriza más rápido porque funciona como un mecanismo de defensa.

Existen razones estructurales y psicológicas que explican por qué el político tiene la lengua más floja respecto a las entrañas del poder en comparación con un ciudadano común. En el acto de la infidelidad, la ideología política rara vez genera una crisis de identidad por sí misma. Si un activista de izquierda le es infiel a su pareja con alguien de derecha, podrá sentir una contradicción ideológica, pero la procesará simplemente como una “hipocresía social”.

Debemos ser conscientes de que, en un político, la infidelidad no es solo un dilema moral privado: es un canal de fuga de información. Cuando se mezcla la adrenalina de la traición con el narcisismo del poder, surge un escenario donde la lengua se suelta con una imprudencia catastrófica. Los ejemplos abundan: en el juego de la seducción, el político necesita impresionar al amante. Anticipar que “mañana sube la gasolina” o que “un ministro va a dimitir” le otorga un aura de omnipotencia. Esa información, en manos de alguien que es indiscreto, se convierte en un chisme capaz de desestabilizar mercados, arruinar operativos o manipular la opinión pública. Aquí reside una paradoja psicológica: el político confía secretos de Estado a un amante —en quien técnicamente no debería confiar— precisamente porque el vínculo es clandestino. Asume erróneamente que el pacto de silencio de la infidelidad protegerá también el secreto del poder. Sin embargo, el chisme político suele ser demasiado tentador para no ser compartido.

Históricamente, los servicios de inteligencia han utilizado las “trampas de miel” (honey traps) bajo esta premisa. Saben que el poderoso, en el clímax de la validación sexual, desembucha. El riesgo social radica en que la identidad del político está tan ligada a su cargo que pierde la distinción entre su yo privado y su yo público. Al desnudar su cuerpo, desnuda también al Estado. A diferencia de la religión, que es una traición contra el cielo o la propia moral, la infidelidad del político es una traición contra su pueblo. 

¡Usted dirá!…

Alfonso Mata

alfmata@hotmail.com

Médico y cirujano, con estudios de maestría en salud publica en Harvard University y de Nutrición y metabolismo en Instituto Nacional de la Nutrición “Salvador Zubirán” México. Docente en universidad: Mesoamericana, Rafael Landívar y profesor invitado en México y Costa Rica. Asesoría en Salud y Nutrición en: Guatemala, México, El Salvador, Nicaragua, Honduras, Costa Rica. Investigador asociado en INCAP, Instituto Nacional de la Nutrición Salvador Zubiran y CONRED. Autor de varios artículos y publicaciones relacionadas con el tema de salud y nutrición.

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