En la actual sociedad del conocimiento y la informática, la «guerra» conserva su esencia ancestral: destrucción y muerte. Sin embargo, hoy se manifiesta de formas imprevistas, sin un control claro de ataque o defensa por parte de los contendientes físicos. A pesar de un mundo inundado de proclamas pacifistas, la realidad dista mucho de la paz. Las sociedades globalizadas se ven agitadas por pasiones y emociones diseñadas para ser «consumidas», perdiendo la capacidad de emplear los saberes y valores humanos en la búsqueda de la armonía y avance de la humanidad.
La evolución humana parece estancada en una disputa económica liderada por una minoría que busca que el resto pague por sus privilegios de poder y riqueza. En este escenario, la comunicación y la información ya no son vehículos de entendimiento, sino herramientas para establecer hegemonías. Se enfrentan grupos contra grupos y pueblos contra pueblos, rompiendo la parcela de soberanía y sus valores fundamentales. Hoy, la soberanía es más una ilusión refugiada en escritos legales que una realidad palpable.
En este nuevo orden social, la determinación de las mayorías es pisoteada por los intereses de los poderosos. Bajo el uso despectivo del término “populismo”, se busca esclavizar el desarrollo de la humanidad, imponiendo doctrinas y comunicaciones tácticas que instalan una idea peligrosa: que la acumulación de riqueza confiere una superioridad moral y el derecho de someter al prójimo.
Lo que en las décadas de los 70 y 80 se vislumbraba como un paraíso tecnológico de libertad, se ha transformado en un campo de batalla de polarizaciones. Esta fragmentación destruye la cohesión social y divide a las naciones en «burbujas» de propiedad y pertenencia, ignorando los consensos nacionales. Mientras unos aumentan su poder, otros se resignan a ser conquistados a través del silencio y la apatía, destruyendo el debate necesario para el avance de la humanidad.
La democracia exige hablar con quien piensa distinto. Paradójicamente, aunque tenemos el mayor acceso a la información de la historia, la tecnología nos encierra en cámaras de eco. Los algoritmos, controlados por el binomio poder-riqueza, están diseñados para reforzar nuestras creencias y capturar nuestra atención a través de la polarización. No escuchamos al «otro», sino a una caricatura de sus argumentos. Esta distorsión es intencional: la comunicación ya no sirve a la paz, es una herramienta de guerra híbrida utilizada para desestabilizar sociedades desde adentro.
Antiguamente, instituciones como la prensa ética o los organismos internacionales actuaban como árbitros de la verdad. Hoy, esa autoridad está fragmentada. Sin un árbitro confiable, la comunicación se reduce a un intercambio de ataques. La red, lejos de ser un espacio para temas serios, se utiliza para manipular instintos básicos como el miedo, la ira y la burla.
Los creadores y administradores de estos sistemas saben que explotan vulnerabilidades psicológicas para generar adicción. Son responsables de imponer la rentabilidad sobre la salud social, ejecutando una arquitectura que, por su propia naturaleza, está diseñada para fragmentar el consenso y, con ello, disolver la soberanía de los pueblos.
En la era de la información total, el mayor acto de soberanía es recuperar la capacidad de dialogar con el diferente, rompiendo la dictadura de la rentabilidad que hoy gobierna nuestras mentes. Se necesita que la comunicación sea realmente un puente para el entendimiento y deje de ser el arma principal de una guerra invisible, donde la captura de nuestras emociones por el poder económico ha sacrificado la verdad y la soberanía en el altar del algoritmo.







