Hace unos días se publicó que la contribución de las remesas al PIB nacional ronda el 20%. Sin embargo, poco se habla de su impacto social, y es precisamente sobre eso que quiero profundizar.
Para empezar, en Guatemala, de los 4.5 millones de hogares existentes, 2 millones reciben remesas. El impacto no es únicamente macroeconómico; en los hogares receptores ocurren fenómenos psicosociales que transforman el estilo de vida. Por otro lado, estas olas migratorias han permitido crear redes sociales sólidas entre las comunidades de origen y destino. Como señalan economistas y sociólogos, esto conlleva no solo causas, sino consecuencias estructurales socioeconómicas.
Considero que el principal impacto social de la remesa económica ha sido amortiguar la pobreza. Los estudios demuestran que, al comparar hogares receptores con no receptores, los primeros presentan una mayor reducción de la pobreza y una mejora notable en los indicadores de desarrollo humano.
Las remesas sociales significan varias cosas en ideas, comportamientos e identidades y capital social que los migrantes envían desde sus países de destino al de su origen y significa al menos cuatro cosas:
- Ideas y creencias: Visiones sobre la democracia, igualdad de género, el rol de la religión y la importancia de la educación.
- Comportamientos y prácticas: Nuevas formas de organizar el hogar, hábitos de consumo, higiene, participación ciudadana y uso de tecnología.
- Habilidades y capital humano: Conocimientos técnicos, aprendizaje de idiomas (inglés) y gestión empresarial.
- Valores políticos: La comparación entre el funcionamiento del Estado en el extranjero versus el local, lo que altera sus las expectativas de justicia y transparencia.
El migrante asimila estas categorías y las transmite a través de una comunicación constante (WhatsApp y redes sociales). Por ejemplo, no solo dice «tengo trabajo», sino que comparte: «Aquí, si el jefe te insulta, lo puedes denunciar» o «Aquí las mujeres manejan y trabajan igual». Cuando el migrante regresa, trae consigo «en el cuerpo» estas prácticas; su forma de vestir, hablar y exigir derechos se convierte en un modelo para otros. Cabe decir que la adaptación no es total: algunas costumbres son aceptadas y otras rechazadas si chocan con valores tradicionales arraigados.
El impacto de las remesas sociales es a menudo más duradero que el dinero. En lo político, por ejemplo, erosionan el clientelismo: el migrante pide a su familia que no vote por un candidato solo por una bolsa de comida, sino que exija rendición de cuentas. En cuanto al género, la migración permite que las mujeres que se quedan tomen el mando de las finanzas y decisiones, influenciadas por la autonomía que el migrante observa fuera. En salud y educación, las familias invierten más en servicios privados no solo por solvencia, sino porque han aprendido a valorar su impacto a largo plazo.
Incluso la identidad se transforma. Para el indígena, puede significar un renovado orgullo por su etnia al ver el respeto a las minorías en otros países. Para el ladino, puede implicar una «occidentalización» de sus valores o, por el contrario, un cierre conservador ante lo que percibe como una amenaza a sus raíces.
Es evidente que las remesas sociales están provocando que los pueblos con alta migración piensen y actúen de forma distinta. Debemos dejar de ver al migrante únicamente como una «fuente de dólares» y empezar a reconocerlo como un ciudadano transnacional con el poder de transformar la cultura política del país, ya sea impulsando nuevas demandas de justicia social o reforzando posturas conservadoras.







