Alguien con mucho tino resumió la tragedia mundial actual así: “Tenemos tecnología del siglo XXI, instituciones del siglo XX y emociones de la Edad de Piedra”. Ello tiene lugar y subyace en el principal acontecimiento geopolítico actual: una rivalidad de tres imperios. Estados Unidos lucha por preservar su hegemonía unipolar, China y Rusia empujan hacia un mundo multipolar.
Ese caos de circunstancias de los últimos años, ha desembocado en una fractura total en el orden político, jurídico, ético y social construido tras la Segunda Guerra Mundial. Un orden que, a decir verdad, nunca terminó de consolidarse.
Independientemente de creencias o ideologías, analicemos lo dicho arriba, con lo sucedido en Venezuela recientemente. La captura de autoridades de un país por otro supone en primer lugar: tres violaciones jurídicas fundamentales: la soberanía nacional, la inmunidad de jurisdicción y el principio de no intervención.
En segundo lugar, en lo ético, el uso de la «ética del más fuerte» es inadmisible. Si el fin justifica los medios —como la captura en nombre de un supuesto «bien mayor»—, se invalida cualquier estándar moral compartido, regresando a la ley de la selva y al sometimiento de los pueblos.
En tercer lugar, socialmente, la intromisión violenta en la soberanía es siempre devastadora. Ante lo sucedido en Venezuela, observamos cómo la sociedad se divide entre quienes celebran el acto como una «liberación» y quienes lo denuncian como una «invasión». Esta polarización destruye el diálogo y rompe con principios internacionales establecidos. Históricamente, el descabezamiento de un liderazgo ajeno al pueblo, genera vacíos de poder que derivan en violencia civil y crisis humanitarias, dejando al ciudadano en total indefensión.
Hay un punto que no debemos perder de vista y que nos retrotrae a épocas remotas: cuando un imperio reafirma que su sistema legal tiene alcance global (jurisdicción extraterritorial), otorga licencia -en nuestro caso- para que los otros dos imperios actúen igual en el futuro. La suerte está echada.
Lo más trágico es que, teniendo la tecnología para debatir y documentar abusos en tiempo real, se haya optado por el recurso más antiguo del mundo: la captura del líder enemigo. La información ya no se usa para convencer, sino para justificar la agresión o como arma de guerra. El riesgo no es la falta de conocimiento para evitar el desastre, sino que los sistemas de poder —algoritmos y complejos militares— poseen una inercia propia que parece escapar al control humano racional. La verdad ya no importa, solo la victoria del bando propio, desvirtuando el correcto uso de la tecnología informática.
A diferencia de los imperios del pasado, hoy estamos interconectados. Cuando Roma caía, la dinastía Han en China apenas se enteraba. Hoy, los imperios están unidos por el armamento nuclear y la Destrucción Mutua Asegurada (MAD). Un error de cálculo no solo destruiría a los combatientes, sino a la biosfera misma. A esto se suma que el colapso de una hegemonía, provocaría una crisis financiera global capaz de privar a miles de millones de personas de alimentos y medicinas.
Es importante reconocer que ante los acontecimientos mundiales actuales, la impotencia de la ONU es otra realidad. Hoy parece un espectador de piedra frente a los tres imperios.
Si quienes mueven los hilos del poder están cegados por la competencia imperial, ¿qué nos queda a los ciudadanos? nos queda la resistencia ética o la exigencia de una gobernanza global real, para no dejar la respuesta en un vacío total.







