Operativo en El Salvador podría ser contraproducente

En esta imagen policías vigilan a reclusos, durante un operativo de seguridad en El Salvador. Foto La Hora/AP/Presidencia de El Salvador.

Por MARCOS ALEMÁN
SAN SALVADOR
Agencia (AP

Sellar algunas las celdas de las cárceles salvadoreñas con láminas metálicas es una medida draconiana que sin duda provocará acusaciones de violaciones a los derechos humanos, pero el presidente Nayib Bukele difundió él mismo las imágenes de las modificaciones, contando con el apoyo de una población traumatizada por la violencia de las pandillas.

De todas formas, los expertos advierten que la dura medida del popular mandatario podría ser contraproducente, unir a las poderosas pandillas del país contra el gobierno y devolver a El Salvador a los días en que era una de las naciones con mayor tasa de homicidios del mundo. Eso podría significar una peligrosa distracción mientras el gobierno enfrenta la pandemia de COVID-19.

Bukele argumentó que las pandillas han aprovechado que las fuerzas de seguridad se concentran en supervisar que se cumpla la cuarentena para expandir su violencia, pero no se mostró preocupado ante la posibilidad de que el virus se propague dentro de las hacinadas prisiones.

Durante años, cada presidente ha tenido que lidiar con el problema de las pandillas en el país. Estos grupos ultraviolentos se iniciaron en el sur de California y se arraigaron en El Salvador después de que algunos de sus miembros fueran deportados y se insertaran en la vida diaria del país centroamericano. Algunos gobiernos han favorecido a ciertos grupos, mientras que otros han concretado acuerdos tras bambalinas que, a la larga, se vinieron abajo y el número de muertos se incrementó.

Bukele ha ganado respaldo en su primer año de gobierno mientras la tasa de homicidios continúa reduciéndose. Cuando tomó posesión en junio, el promedio era de nueve asesinatos al día. En marzo, esa cifra cayó a dos. Pero el viernes pasado las pandillas empezaron a matar de nuevo y en cuatro días se registraron más de 60 homicidios.

En respuesta, Bukele difundió las imágenes de pandilleros tatuados y semidesnudos que eran obligados a ingresar a los patios de las cárceles y a sentarse prácticamente uno al lado del otro. Prometió que los autores intelectuales de los asesinatos lo lamentarían.

“Ya no se podrá ver hacia afuera de la celda”, escribió Bukele en Twitter. “Esto evitará que puedan comunicarse con señas hacia el pasillo. Estarán adentro, en lo oscuro, con sus amigos de la otra pandilla”.

Una de las principales pandillas del país, Barrio 18 Sureños, aparentemente respondió a través de un comunicado que leyó un hombre enmascarado. Hizo un llamado a los defensores de los derechos humanos a proteger a los miembros encarcelados y aseguró que su grupo no era responsable en el aumento de los homicidios.

“Si quieren acabar con la violencia en el país, no es la forma correcta”, declaró la pandilla. “Con esas acciones van a terminar convirtiendo en un caos (a) todo el país”.

Bukele difundió el video y dijo que quería escuchar de las otras dos pandillas.

“Dejen de matar inmediatamente o los que pagarán las consecuencias serán ustedes mismos y sus homeboys”, declaró. “Están cerca de ustedes, de sus casas, de sus caletas, les quedan algunas horas”.

La medida de Bukele representa un giro de 180 grados a las implementadas en gobiernos anteriores que, a fin de evitar un mayor derramamiento de sangre, mantenían a los miembros de distintas pandillas en pabellones separados, e incluso en distintas prisiones. Fuera de las cárceles, el mandatario instruyó a sus fuerzas de seguridad a utilizar fuerza letal para proteger a la población de las pandillas y prometió defender a quienes fueran acusados del uso excesivo de la fuerza.

La Comisión Interamericana de Derechos Humanos expresó su preocupación e hizo un llamado al gobierno para “adoptar medidas que garanticen la vida e integridad de las personas privadas de libertad”.

El ministro de Justicia y Seguridad Pública Rogelio Rivas respondió a las críticas de los defensores de los derechos humanos al resaltar que la Corte Suprema había declarado previamente que las pandillas eran organizaciones terroristas.

“Son una amenaza a la seguridad del Estado y los vamos a combatir con toda la fuerza para salvaguardar la vida de los salvadoreños”, afirmó.

Juan Carlos Fernández Saca, decano de la Facultad de Posgrados y Educación Continua de la Universidad José Matías Delgado, dijo que la mayoría de los salvadoreños están a favor de las estrictas medidas de Bukele y que es poco probable que al presidente le preocupe que grupos internacionales denuncien violaciones a los derechos humanos.

“Lo que está haciendo es ampararse en el hartazgo de la gente para tomar medidas represivas”, dijo Fernández. “La población se lo va a aplaudir”.

Esa actitud se vio reflejada el miércoles entre varios residentes de la capital, quienes se negaron a dar sus nombres por miedo a represalias de las pandillas.

“Son unos malvados, son asesinos, nos quitan nuestro dinerito”, dijo una mujer. “Soy creyente, pero a mí no me importa lo que les hagan; se lo merecen”.

Pero hay riesgos. Cuando se vino abajo una tregua entre las pandillas y el gobierno del presidente Mauricio Funes, El Salvador se convirtió en uno de los países más peligrosos del mundo, con 6.657 asesinatos en 2015, o 104 por cada 100.000 habitantes.

“Uno de los efectos negativos es que vuelvan a aliarse como en 2015 cuando se rompió la tregua y las pandillas Barrio 18 y Mara Salvatrucha (MS-13) se fusionaron para atentar contra policías y soldados”, dijo Luis Contreras, analista y consultor de seguridad.

Una parte fundamental de ese pacto había sido el trasladar a algunos cabecillas de las pandillas fuera de la infame prisión de máxima seguridad de Zacatraz. Pero eso también les facilitó a los líderes comunicarse con personas en las calles y mantener sus operaciones.

Ricardo Sosa, criminólogo y experto en pandillas, afirmó que las medidas de Bukele en contra de las pandillas parecían “acertadas”. Ahora, “los pandilleros tendrán que adaptarse, aprender a vivir hacinados, a convivir con sus enemigos”.

Pero advirtió que las pandillas aprendieron de esa tregua fallida.

“Los políticos les enseñaron que matarse entre ellos no era la mejor ruta, sino atacar su objetivo central, que es la estructura del Estado”, declaró.