Obediencia, subordinación y marginalización

Lucrecia de Palomo

Ver la cara de satisfacción y felicidad de los jóvenes por su esfuerzo es lo que permite a un maestro darse cuenta que su trabajo vale la pena y que se cumple con el fin de educar. Se han confundido los Principios de la Educación especialmente en las instituciones responsables de hacerlo. La Ley de Educación Decreto 12-91 -que por razones ideológicas ha permanecido entre bambalinas- en su art. 1, inciso d) y c) indica que está orientada al desarrollo y perfeccionamiento integral del ser humano y sirve como instrumento que coadyuva a la conformación de una sociedad justa y democrática; al adentrarse a los fines nos indica que debe ser una educación basada en principios humanos, científicos, técnicos, culturales y espirituales. Pero a pesar de 25 años de vigencia, mucho de ello ha sido enterrado por las mismas autoridades educativas rectoras de la educación en el país luego de una reforma educativa fracasada.

Para poder cumplir con éstos y los demás principios de la educación es necesario salirse de las estructuras que obliga actualmente el Ministerio de Educación. Orientado por políticos, técnicos y burócratas, que aún cuando conocen el tema, se han plegado a la tarea de convertir al Mineduc en un Ministerio de Trabajo y/o Economía. La realidad es que no han logrado ni lo uno ni lo otro por lo errado de las políticas. A los establecimientos educativos se les obliga alcanzar una serie de “competencias” que poco o nada tienen que ver con la realidad existente, propagándose entre los jóvenes y los maestros el conformismo, la complacencia y dejando de lado la razón real de educar.

La semana pasada pude comprobar con hechos para qué se educa y cómo se aprende. Los jóvenes de V Bach, desde un año antes, empezaron a preparar su Seminario. Se tomó la decisión por la Dirección del Establecimiento que se haría un trabajo donde los jóvenes entendieran que servir es mucho más satisfactorio que ser servido y donde el dar se convirtiera en el centro. Fue así como, dentro del marco cerrado que da el Ministerio a los graduandos, se hizo todo un plan, cuya culminación, decidieron ellos, fuera la construcción de una casa para personas de escasos recursos en la aldea El Duraznal. Para ello se hizo necesario alianzas, investigación, trabajo arduo y una serie de situaciones que se cumplieron y llevaron a feliz término dicho requisito de graduación que se convirtió en un aprendizaje de vida.

Mucha lectura, escritura para hacer consultas, discusiones, hasta que se pudo plasmar en blanco y negro el documento final. Inició la recaudación de fondos, donde mediante un pequeño préstamos, deberían alcanzar la meta de Q12 mil. Verlos crecer como emprendedores –sin necesidad de ser empresarios-, dando cada uno lo mejor de sí, esforzándose en trabajar en equipo, que no es fácil por las costumbres egoístas que se manejan a nivel cultural, etc., dio como resultado final la construcción de la casa.

Una casa de madera, con muebles básicos, una estufa mejorada y ecofiltro fue lo que se entregó a la familia. Cuatro días clavando, cortando madera, poniendo láminas, etc., fue agotador, pero nunca los vi tan felices como en esos momentos. Los grupos se alternaban entre la construcción y el cuidado, alimentación y entretenimiento de los niños de la aldea. Contrastó que durante la semana de trabajo, mientras ellos daban su mayor esfuerzo, la escuela no abrió las puertas a sus estudiantes pues los maestros estaban en huelga.

Misión cumplida, los jóvenes aprendieron y lo hicieron sirviendo, conociendo su país. Esto me reafirmó cómo las autoridades educativas imponen y copian modelos extranjeros negando el éxito a las experiencias nacionales. Lo hacen mediante un plan bien trazado que busca la producción de seres humanos acorde a las necesidades de quienes impulsan tan perverso plan pues se educa para la obediencia, la subordinación y la marginalización.