Novelario

Literatura tejida con hilos humanos
Juan Antonio Canel Cabrera
Escritor

Conocí a Carlos René García Escobar cuando aún no había aparecido La llama del retorno, su primera novela. Era época de jodarria e insolencia. Envió la novela a un concurso para ver si, por esa vía, podía publicarla. Entre 70 novelas llegadas al concurso no ganó. Se me antoja pensar que por la mojigatería que privaba en esos tiempos y el carácter de la convocante Fundación Guatemalteca para las Letras, no obtuvo el premio. Digo esto porque la novela premiada, a mi parecer, es muy inferior en el aspecto narrativo, a la de La llama del retorno. Sin embargo, al final, a la novela de Carlos René no le fue tan de la patada porque se financió bajo el sistema de ranas-ranas, entre el Grupo RIN 78 y el propio Carlos René al tenor de la sugerencia del jurado guatemalteco, Francisco Albizúrez Palma. ¡Salud!

La publicación fue un calvario que no contaré porque se volvería una novela y habría que mojarla; además en Ofensiva final, el propio autor cuenta las peripecias por las que tuvo que pasar; solo diré que, a última hora, me tocó acompañarlo en esa conjunción de nervios, dificultades casi insalvables, imposibilidad y hasta arranques detectivescos.

En aquella época el pelo largo, colocho y el ceño fruncido de Carlos René, lo hacían parecer un busto de carne y hueso de uno de los músicos más universales; por eso lo apodaban Beethoven. Había regresado de Estados Unidos y era encarnizado defensor de la consolidación de su barrio y, por extensión, de su entrañable Colonia La Florida. También era rockero a morir; fanático y casi cruzado de Bob Dylan. Recuerdo esos lejanos tiempos en los que un día me dijo:

–¡Puta, mano!, ¿sabe qué conseguí?

–¿Qué? –le respondí casi con desinterés.

–¡Todas las canciones de Bob Dylan!

Yo no estaba para oír a Dylan en ese momento pero, a regañadientes, acepté escuchar unas canciones que él oyó simulando su interpretación con los ojos apretados y en una especie de arrobamiento interior. Días después, en su casa, pasamos una noche completa oyendo a Dylan.

Cuando lo conocí, él era una especie de mosaico de la vida porque ya había pasado por ser estudiante para cura, organizado clandestino en la guerrilla y una especie de crisol de todo lo popular; en especial de lo artesanal y de las expresiones danzarias que, sobre todo, se dan en las ferias patronales de los pueblos.

Han pasado tantos años y todavía recuerdo con alegría algunas ocasiones en las cuales llegábamos a su casa muy aperados de licor, boquitas y todos los insumos para una bebetoria de toda la noche; nos instalábamos en su estudio. Entonces, con el elixir escanciado en nuestros vasos, nos dedicábamos a escuchar música gregoriana y a hablar de literatura.

En ese entonces, Carlos René era una especie de escritor sin rumbo. La experiencia vital más importante había sido su partida y regreso de Estados Unidos. De allí volvió con esa inquietud por contar todo eso que lo impactó en gringolandia.

En la experiencia narratoria que desarrolló a partir de su regreso, tuvo una importancia capital todo el bagaje que adquirió en la universidad de San Carlos, cuando estudiaba antropología. Quizá por eso, La llama del retorno combina tan bien ese tono antropológico-literario que la hizo, a mi parecer, una de las mejores novelas de lo que se dio en llamar la “Nueva novela guatemalteca”.

Recuerdo muy bien todo ese entusiasmo literario que nos inundó a todo el grupo cuando el guaro y Marco Augusto Quiroa nos convocaban, allá por 1983. En el estudio de Quiroa celebramos inolvidables reuniones en las cuales se pasaba el tiempo sin sentirlo hablando de literatura, pelando a los enemigos y ejercitando nuestros estómagos a fuerza de tanto reír. Ese fervor de guaro y literatura que nos reunía hizo que muchos de los congregados tomáramos rumbos literarios. Tan así que, a partir de ese entusiasmo se formó el grupo literario la rial academia.

Luego, vino el tiempo del periódico Tzolkin, a partir del 12 de julio de 1984, que se publicaba como inserto en las páginas del Diario de Centroamérica. Allí tuvimos la oportunidad de publicar nuestros cuentos, comentarios y críticas de libros o del momento literario que se vivía. En tiempos del Tzolkin fue que Carlos René presentó al público La llama del retorno; para ser más exactos, el miércoles 26 de septiembre de 1984. En ese periódico aparecieron los primeros comentarios sobre La llama del retorno.

Basta ver la fotografía de Carlos René que apareció en la contraportada para entender por lo colocho, cachetón y cara de bravo, su parecido con Beethoven.

Fue un tiempo en el cual, también, la bohemia se cultivó en campo fértil. Los que participábamos en esas reuniones, en general, éramos proclives a lo popular; éramos antielitistas y cultivábamos el desenfado como forma de gozo.

Las cantinas de “limón y sal de paloma” nos proveyeron experiencias que nos permitían mezclarnos con artistas, políticos, escritores, y gentes de las más variadas ocupaciones. Ese ámbito fue, para Carlos René, un verdadero taller que lo proveyó de muchos insumos para su labor literaria y antropológica.

Aunque la comunión de lo antropológico con lo literario se manifestó, como dije, desde La llama del retorno, luego se remarcó en los libros de su autoría que vinieron “en lo adelante”, como diría Fernando Valadés en su canción Cómo sé. No sé si eso fue bendición o maldición, lo cierto es que tal tónica caracterizó a todas sus novelas.

Lo que me resulta curioso, cuando apareció La llama del retorno, es que, aunque hubo comentarios que la ponderaron, la crítica oficial no le dio la importancia que, a mi criterio, merecía. En ese sentido, solo se incluyó como obras señeras a Los compañeros, de Marco Antonio Flores; Después de las bombas, de Arturo Arias y Los demonios salvajes de Mario Roberto Morales. Es cierto que La llama del retorno apareció seis1 años después de Los compañeros pero la fuerza narrativa que posee la novela de Carlos René acompañó en importancia a las tres novelas mencionadas; sobre todo porque, además de incorporar las técnicas narrativas más recientes, supo hacerlo sin que, por parte del lector, fueran evidentes; también porque más que las otras novelas mencionadas aquí, ensancha la brecha para que el tono erótico que utiliza contribuya a mostrar otras temáticas fuera del tono rural y criollista empleado hasta ese momento, incluso por Asturias.

En tal sentido, contribuye a terminar de abrir la puerta, en la novela, para entrar al interior humano sin dejar de remarcar la importancia que lo urbano tuvo en ese momento y tiene en la actualidad narrativa. También influyó que el bolo Flores y Mario Roberto Morales comenzaban a ser una especie de santones que influyeron en los críticos para que se hablara de la importancia de sus novelas. Ambos autores autoelogiaban sus novelas; a tal punto que Luis Alfredo Arango apodaba a Marco Antonio Flores como “Mecho Flores”. Hay otros factores que incidieron para que La llama del retorno no subiera a la palestra del encomio y la crítica, pero no es solo de esa novela de la que debo ocuparme en este texto. Así que, respecto a ella, aquí meto freno.

La experiencia literaria que Carlos René García Escobar acopió luego de La llama… lo llevó por otros derroteros menos experimentales en lo técnico pero, a la vez, más antropológicos y políticos; más cargados de ideología. Tal es el rumbo que toma en Ofensiva final, continúa en El valle de la culebra y, a manera de colofón novelístico, concluye en Avatar. En estos trabajos, con menos recursos literarios, pero más vivenciales, el autor utiliza sus novelas para que el lector, a la vez que encuentra historias de vida, también halle una especie de leccionario político e ideológico que Carlos René provee, siguiendo la técnica medieval de que todo libro debe enseñar, para que a través de la realidad narrativa el lector tome conciencia del contexto crudo en la cual se encuentra inmerso. Además, que esa toma de conciencia lo anime a transformarla.

Ahora bien, ¿por qué hacer el Novelario que abarca las novelas publicadas de Carlos René García Escobar? Y ¿por qué en ese Novelario no se sigue la secuencia cronológica con la que aparecieron las novelas? En primer lugar, porque fue una decisión del autor; una manera de mostrar la secuencia novelística tal como él la sintió al verlas en la perspectiva del tiempo. En segundo, porque muestra una lógica histórica en la que primero aparece la explotación, como secuela de la colonización; luego, el desarraigo y renuncia o fuga de esa realidad; al final, la transformación de esa realidad, primero a través de las armas en la clandestinidad; luego, por medio de la lucha social dentro de la legalidad, pasando por el desencanto; eso, por supuesto, implica un conocimiento de la realidad de explotación y, luego, el ejercicio y búsqueda de los medios para transformarla. Así, la literatura vuelve a servir como arma ideológica. Según el autor “se trata entonces de un constructo vital a la manera de un mensaje de vida”.

Es interesante ver en Carlos René la manera cómo la literatura lo llevó a tomar una ruta antropológica en su vida. Luego, él se sirve de la literatura como vertedero de su experiencia antropológica en el campo. En El valle de la culebra, por ejemplo, uno puede sentir cómo todo el hervor humano que se produce en ese valle lo lleva a testimoniarlo. Lo hace no solo como un testigo en calidad de espectador; por el contrario, él participa directamente. Allí se resume toda la experiencia adquirida detrás de la máscara; es decir, como bailador. Bailar es la experiencia que a él le sirve para sentir a través del movimiento corporal conectado con la música y la tristeza; también todo lo que el ritual del baile facilita a la percepción del sentir de ese pueblo que, a pesar de la explotación y miseria, no renuncia a la sabiduría ancestral.

Allí está, según el autor, “la lectura de Los Ríos Profundos de José María Arguedas”. Dije que el testimonio suyo deviene de su participación directa en la experiencia de la danza. Visto ese aspecto con ligereza, parece sencillo. Sin embargo, la aceptación en la comunidad del Valle de la culebra, y más en específico, de la comunidad de Lo de Bran, Mixco, no fue así nomás. Constituyó, primero, un acercamiento hecho con humildad. Solo así fue aceptado. Y esa aceptación lo llevó después por todos los derroteros danzarios de Guatemala. Esas vivencias, estoy seguro, al ser emocionantes, sedimentaron en Carlos René, en buena medida, el aliento para sus libros; en especial para El Valle de la culebra.

Varias veces tuve la oportunidad de acompañarlo a los ensayos de las danzas que realizaban en la aldea Lo de Bran. Y los meros días de la ejecución danzaria, verlo ataviado con el pesado traje; bailaba hasta el agotamiento. Claro, después de vivir la espiritualidad, el movimiento, los olores y la música de la marimba que arrancaba en el atrio de la iglesia, venía la parte “pagana” del asunto: el disfrute de la chicha, el fortalecimiento del cuerpo con pinol, el desfogue de las fuerzas interiores propiciadas por tragos de aguardiente sin mezcla y, al final, ya fuera del ritual, la chicharroneada y guareada que se hacía fuera del ámbito danzante.

Muchas veces ese jolgorio llegó hasta el desmadre en los festejantes. Tan así que hubo una vez en la que reventaron los cachimbazos; de carambola, llegaron hasta Carlos René y el grupo con el cual estaba. Hubo destrozos, marcas en la piel por la violencia y varios hematomas. Tuvo que intervenir la policía y, de esa cuenta Carlos René, por la inercia de los acontecimientos, fue a parar al bote. Al día siguiente fuimos a sacarlo de la cárcel de Mixco y, claro, tuvimos que celebrar su salida.

La experiencia de Carlos René García Escobar aplicada a sus novelas, en general, no es una alimentación libresca sino, sobre todo, vivida en carne propia, aunque también en carne ajena. Es vivencia de primera mano. Lo cual también se da en Ofensiva Final, su segunda novela. Solo que en esta novela el ámbito es el ocultismo y la brujería, más la lucha armada. La guerrilla. Aquí lo literario es inoculado por lo ideológico; por las reflexiones en cuanto a la opción armada para transformar la realidad. En tal sentido, Ofensiva final toma aliento de ese río que, sobre todo en poesía, se utilizó para apuntalar la lucha revolucionaria: la literatura de protesta.

Para finalizar, a Carlos René García Escobar le pareció que debía remachar las tres novelas con una especie de colofón y, entonces, se apresuró a escribir, como novela epigonal Avatar.

El Novelario de Carlos René García Escobar, es una panorámica literaria que abarca más de treinta años en la vida real. Es la visión del autor de un mundo conflictivo pero que, no por eso, deja de ser esperanzador. Es literatura, pero también es reflexión. Es literatura tejida con hilos humanos en el telar de la vida.

Sirvan, pues, estas líneas para presentar con afecto esta reunión novelaria. Y, por supuesto, para mojarla.

¡Salud!

1 Sostengo que son ocho, pero Carlos René dice que son seis.