No más niñas violadas, no más generaciones de mujeres rotas

Mariela Castañón

mcastanon@lahora.com.gt

Licenciada en Ciencias de la Comunicación, once años de ejercicio periodístico en la cobertura de niñez, juventud, violencias, género y policiales.Becaria de: Cosecha Roja, Red de Periodistas Judiciales de América Latina, Buenos Aires, Argentina (2017); Diplomado online El Periodista de la Era Digital como Agente y Líder de la Transformación Social, Tecnológico de Monterrey, México (2016); Programa para Periodistas Edward R. Murrow, Embajada de los Estados Unidos en Guatemala (2014).Premio Nacional de Periodismo (2017) por mejor cobertura diaria, Instituto de Previsión Social del Periodista (IPSP). Reconocimiento por la "cobertura humana en temas dramáticos", Asociación de Periodistas de Guatemala (2017). Primer lugar en el concurso Periodístico “Prevención del Embarazo no Planificado en Adolescentes”, otorgado por la Asociación Pasmo, Proyecto USAID (2013).

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Mariela Castañón
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El 11 de octubre se conmemora el Día Internacional de la Niña, una fecha importante para reflexionar sobre la situación de las niñas guatemaltecas, que no tienen acceso a la educación, a la salud, a los servicios básicos y peor aún, muchas de ellas violentadas sexualmente y embarazadas a su corta edad.

En septiembre de 2013 conocí a Lucía (nombre ficticio para evitar revictimización), tenía 25 años cuando la entrevisté. Es originaria de San Andrés Semetabaj, Sololá, fue víctima de violencia sexual por parte de sus familiares.

Su relato me conmovió y me llenó de indignación, pero también me demostró la fortaleza de muchas mujeres ejemplo como ella, que a pesar de la terrible experiencia vivida y de los señalamientos que surgieron en su comunidad y en su propia familia alzó la voz para exigir justicia y prevenir a otras niñas.

Lucía me permitió publicar su historia en un reportaje sobre la prevención de embarazos en adolescentes. Me dijo que fue violada a los 10 años por el hermano de su padrastro, quien también violó a su hermanita de 7 y aunque ella se lo dijo a su mamá, otra mujer violada por su padre, es decir el abuelo de Lucía, le pidió resignación ante esa situación.
“En mi casa se vivieron tres violaciones (la de su mamá, la de ella y la de su hermanita). Mi mamá decía que teníamos que aguantarlo porque eso le había pasado a ella con su papá. Mi abuelito abusaba de mi mamá. En nuestra cultura se da, en mi departamento, en mi municipio. No hay un solo registro o denuncia de abuso sexual, de incesto”, me dijo la joven en aquella ocasión.

En el caso de Lucía, la violencia en su hogar empezó a corta edad y continuó hasta que tenía 16 años, pues su tío intentó violarla.

“Un tío de mi propia sangre también lo intentó hacer cuando tenía 16 años, pero ya me sabía defender. Lo intentó muchas veces, empujaba la puerta –de mi cuarto–, me atormentaba”, relató Lucía.

Después de escuchar el relato de Lucía me pregunté ¿Quién otorga el derecho de tomar a una niña por la fuerza y truncarle la vida? ¿Por qué permitimos qué esto siga sucediendo? ¿Por qué callar? ¿Por qué ver con normalidad tan despreciables abusos? A todos y a todas nos corresponde involucrarnos en este tema y aportar lo mejor desde donde estamos, para evitar que más niñas y jóvenes sean violadas y continúe el ciclo de violencia.

El caso de Lucía es uno de tantos que se registran anualmente en Guatemala, pero no todos logran visibilizarse porque no hay denuncias, sin embargo, el Observatorio en Salud Sexual y Reproductiva (Osar) ha logrado evidenciar este problema con el seguimiento a los casos de niñas, a través de un inmenso trabajo de campo.
Duele mucho pensar que muchas de estas niñas que un día fueron violentadas sexualmente después se convierten en mujeres, mujeres rotas, llenas de dolor y frustración que crían niños y niñas que nunca desearon. Niños que tampoco pidieron venir al mundo y que son producto de una espiral de violencia.

En esta fecha importante, solo me resta insistir y repetir, no más niñas violadas, no más generaciones de mujeres rotas.