Por: Giovany Emanuel Coxolcá Tohom

El nombre de un maestro y amigo se escribe en presente, sin resquicios o grietas para epitafios. De manera que no habrá tumba para Mario Roberto Morales. Medito en ello, mientras me encuentro en los pasillos del Fondo de Cultura Económica con Jinetes en el cielo.

Una vez más estamos de camino al Altiplano, ayer, hace años o justo ahora, hablando de Malcolm Lowry, Thomas Mann y una lista interminable de escritores, hasta llegar a sus reflexiones políticas que no dejan ileso a bufón en funciones gubernamentales.

Generoso, comprometido con la literatura y el ejercicio pleno del criterio, con una trayectoria reconocida por la academia y por la clase popular. La vigencia de sus ideas se mantiene, en estos momentos sombríos que suman ya más de medio siglo. Después de las esquelas protocolarias, es necesario honrar su memoria, leyendo y difundiendo su obra.

Jinetes en el cielo es mucho más que un recuento de miserias de un país del tercer mundo o sucursal gringa: fue finalista en el Premio Herralde de Novela, hace once años. Cruzó el Atlántico, sin previos cabildeos ni aliados en el jurado. Una obra total, que explora los tenebrosos pasadizos de nuestra historia contemporánea, hecha de traiciones, crímenes, oportunismos y puestas en escena; una obra de indiscutible rigor estético y densidad intelectual.

No se asomó al Cervantes porque, en Centroamérica, quienes se arriesgan al incierto camino de la literatura, deben acumular valentía para quitarse el sombrero o postrarse ante Su Alteza, guardar silencio ante el saqueo perpetrado por el capital foráneo en el istmo o en el continente, antes de aspirar a este galardón. Leal a sus convicciones, jamás estuvo dispuesto a tales bajezas.

No tengo una despedida para él. Se mantuvo leal a los libros más allá de la voluntad, más allá del oxígeno, hasta donde pocos pueden permanecer inquebrantables. Lo volveré a encontrar en Señores bajo los árboles, en El esplendor de la pirámide, en El ángel de la retaguardia, en su incansable labor de fomentar el pensamiento crítico en las aulas universitarias y en las organizaciones populares.

Hablar de Mario Roberto Morales es hablar del siglo de Asturias, Luis Cardoza y Augusto Monterroso, del tío Maximón, de Luz Méndez de la Vega, de Otto René, de Alaíde Foppa, del Che Guevara, de Roque Dalton, de Margarita Carrera, de Carlos López, de Roberto Obregón, de José Luis Perdomo Orellana, de Gloria Hernández, de Francisco Morales Santos, de Gerardo Guinea, de la interminable noche de dictaduras en Guatemala y América Latina.

Hablar de Mario Roberto Morales es un reencuentro con la autonomía intelectual de Milton Torres, Gladys Tobar, Edgar Barillas y Carlos Arsenio Pérez, el extraordinario juez que nos devuelve un poco de fe en las leyes de este roto país.De su magisterio y compañía hablan otras voces: Erwin Coxolcá, Isabel Díaz Sabán, Nicté Guzmán, Héctor Herrera, Rubí Véliz Catalán, Santos Barrientos, Alicia Guerrero. Sé que no hago justicia, al dejar fuera de estos párrafos otros nombres imprescindibles para la literatura y el mundo.

Nació en 1947, tres años después de la caída del dictador Jorge Ubico Castañeda, que, con los años del gorila Estrada Cabrera en el poder, suma treinta y seis años de represión durante la primera mitad del siglo XX. Después vendrían diez años de esperanzadora democracia, fulminada por los abuelos de quienes aún buscan hacer de este territorio una fosa séptica.

Mario Roberto Morales es y será una mente incómoda para quienes escriben versiones oficiales de la historia de Guatemala, apadrinados por los hijos y nietos de los fundadores del Movimiento de Liberación Nacional, esa maquinaria pesada para el horror y la violencia.

Aunque los diarios aseguren que murió el 16 de septiembre del 2021, él prevalece en sus libros. Me lo reafirman las palabras y el abrazo infinito de Ilina Muñoz. Perdura en su disposición para compartir ideas y abrir espacios para el diálogo y el debate. No tengo una despedida para Mario Roberto Morales; sin embargo, le deseo buen viaje y le digo: ¡Estamos al habla, maestro!

Saavedra. Un anarquismo, de Aurelio Fernández Fuentes
Saavedra. Un anarquismo presenta la vida de Abelardo Saavedra Toro, un pedagogo anarquista español que sufrió exilio y que fue juzgado y encarcelado numerosas ocasiones por su lucha social en favor de los obreros y campesinos. La obra entreteje la vida de Saavedra Toro con su lucha anarquista y su trabajo periodístico, una «profesión que luego sería uno de los quehaceres más importantes para su propósito central que fue la divulgación del pensamiento libertario y proletario».

Entre Pancho Villa y una mujer desnuda, de Sabina Berman
Una pareja de amantes con metas y pensamientos totalmente diferentes, excepto por el interés mutuo en la figura de El centauro del norte, se plantean continuar con su relación tal cual la han llevado hasta este momento o formalizar para que uno de ellos sienta cierta estabilidad. En el medio de este contexto aparece la figura de Villa como la voz de la conciencia de Adrián, misma que intentará guiarlo con el pensamiento machista del siglo XIX y que se desconcertará por cómo en el siglo XXI se manejan las relaciones afectivas y el empoderamiento femenino.

El mar, de Micaela Chirif
Un poemario que nos lleva a un recorrido marino, a través de él, el lector descubrirá diversos seres que habitan las aguas del mar: los peces, la ballena, los pulpos y hasta una sirena. A la par se desarrollará la historia de dos personajes, el pescador y Raquel, quienes de principio a fin explorarán los misterios y secretos que se esconden en las aguas, al mismo tiempo que observarán las estrellas y las nubes hasta encontrarse con un tigre que no conoce el mar. Este poemario fue ganador del Premio Hispanoamericano de Poesía para Niños 2019.

Agencia AP
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