
Joaquín Barnoya, hijo de José «El Sordo» Barnoya, señaló como un “absurdo”, la elección de rector de la Universidad de San Carlos de Guatemala (Usac), en la que se señaló la ilegitimidad del proceso y el fraude de Walter Mazariegos, quien ocuparía la rectoría por un segundo período.
Barnoya, con su frase hizo una comparativa a la frase del padre líder estudiantil Oliverio Castañeda de León, quien al reconocer el cuerpo de su hijo asesinado en 1978 solo alcanzó a decir: “Esto es un país absurdo”.
Casi medio siglo después, Barnoya recurre a la misma expresión para nombrar lo que considera una nueva fractura en la vida universitaria y democrática del país como lo es la consumación de un segundo fraude electoral que permitió a Walter Mazariegos, sancionado por Estados Unidos, mantenerse en la rectoría por segundo período consecutivo.
La conversación, concedida a La Hora, se produce en un contexto de creciente conflictividad en la única universidad pública de Guatemala, pero como sancarlista atravesado por una genealogía familiar ligada a la universidad
Barnoya es nieto de Joaquín «La Chinche» Barnoya, médico y prócer de la Huelga de Dolores, quien fue uno de los creadores de la letra de «La Chalana» en 1922, pero además es hijo de José «El Sordo» Barnoya, médico urólogo, escritor de sátira política y «Huelguero Vitalicio».
“Soy nieto, hijo, hermano, egresado… toda mi familia pasó por la Usac. La educación que tuve fue gracias a una universidad casi gratuita”, afirma. Desde ese lugar, describe una mezcla de “tristeza, frustración e impotencia”.
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DOS FRAUDES
Según múltiples denuncias, el proceso que derivó en la reelección de Mazariegos replicó los patrones de 2022 como la exclusión de electores, el control del Consejo Superior Universitario (CSU), la limitación en la integración del cuerpo electoral y episodios de violencia para asegurar un resultado adverso a la oposición.
“Un fraude ya es un descaro. Dos fraudes no tienen nombre”, sostiene mientras citó que esto va más allá. “Es una humillación no solo a la universidad, sino a los procesos democráticos del país”.
Para Barnoya, lo ocurrido no puede leerse como un hecho aislado ni meramente académico.
La Usac, recordó, tiene una incidencia directa en más de 20 instituciones del Estado, desde las comisiones de postulación hasta la Corte de Constitucionalidad, el Ministerio Público o el Instituto Guatemalteco de Seguridad Social. “Ese es el meollo del asunto. No es solo una universidad”, subraya.
El relato del entrevistado también pone el foco en la violencia registrada durante la jornada al referir que se violentó el proceso democrático y se utilizó la violencia para sostener el fraude.
A su juicio, ese patrón encierra un riesgo mayor: “Estos niveles de violencia solo pueden generar más violencia. Esta frustración puede desembocar en un estallido social”.
Pese al tono crítico, Barnoya reconoce un elemento que considera positivo: la reactivación del interés estudiantil tras el primer fraude. “La juventud se volcó a entender cómo se elige un rector. Eso es valioso”, apunta. Sin embargo, ese impulso —añade— fue neutralizado por un proceso que, en su opinión, terminó deslegitimado.
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USAC INCIDE EN EL PAÍS
En su análisis, la crisis actual también revela problemas estructurales más profundos. La Usac, sostiene, “ya venía perdiendo su norte” como espacio de generación de ideas y soluciones para el país.
A manera de reflexión, se plantea algunas preguntas. ¿El modelo de financiamiento y el peso institucional que concentra la universidad siguen siendo adecuados?, o ¿si Guatemala debería pensar en la creación de otra universidad estatal que redistribuya ese poder?
Desde su rol como ministro, Barnoya analiza las implicaciones o consecuencias que tendría perder la universidad estatal, de la cual egresan la mayor cantidad de médicos que ejercen en el país, para lo cual insistió en la necesidad de llegar a una articulación más estrecha entre la academia y el Estado para impulsar reformas sanitarias.
El cierre de la conversación vuelve al punto de partida. A la palabra “absurdo”. No como un exabrupto, sino como un diagnóstico. “Entre tristeza, frustración e impotencia, es lo único que me cabe”, dice. Y deja una última expectativa, más institucional que emocional: que las cortes o el sistema de justicia “corrijan la plana” anulando este segundo fraude, dice, y envíen “una luz de esperanza” a una sociedad que —según sus palabras— la necesita con urgencia.







