
La captura del presidente venezolano Nicolás Maduro por fuerzas estadounidenses, su traslado a Nueva York y el anuncio de que compañías de EE. UU. asumirán el control de la industria petrolera del país caribeño han reconfigurado de forma abrupta el tablero geopolítico del hemisferio occidental, según analistas consultados.
Más allá del impacto inmediato en Venezuela, la operación —bautizada por Washington como Resolución Absoluta— proyecta un mensaje que resuena con fuerza en América Central: Estados Unidos ha decidido volver a ejercer el poder sin ambigüedades en su área de influencia histórica.
La intervención, ordenada por el presidente Donald Trump y ejecutada el 3 de febrero, incluyó ataques militares selectivos en territorio venezolano, dejó al menos 80 muertos según The New York Times y culminó con la detención de Maduro y de su esposa, la diputada Cilia Flores, acusados de narcoterrorismo. Ambos comparecerán esta semana ante un tribunal federal en Manhattan.
Para el internacionalista y catedrático Roberto Wagner, el episodio no puede leerse únicamente como una operación contra un régimen autoritario, sino como parte de una reconfiguración mayor del orden internacional. “Aquí lo importante es entender que Estados Unidos no actúa por amigos o enemigos, sino por intereses”, sostiene.

Wagner recuerda que durante la administración de Joe Biden, Washington flexibilizó sanciones contra Caracas para garantizar suministro energético en medio de la crisis petrolera global, aún cuando el régimen venezolano acumulaba años de denuncias por violaciones a derechos humanos. “Eso demuestra que el petróleo siempre ha sido una variable central, pero no la única”, apunta.
LA DOCTRINA MONROE, VERSIÓN SIGLO XXI
A diferencia de administraciones anteriores, Trump no optó por una negociación transaccional con Maduro —una vía que, según Wagner, hubiera sido coherente con el estilo del presidente republicano—, sino por una demostración explícita de fuerza.
“Lo que estamos viendo es una reactivación clara de la doctrina Monroe: reclamar el hemisferio occidental como un espacio de control estratégico”, afirma el académico.
Esta lectura es compartida por el exvicecanciller Luis Padilla, quien fue embajador de Guatemala durante 25 años y considera que el mensaje de Washington no está dirigido solo a Caracas.
“No es un mensaje para Venezuela ni para América Latina: es un mensaje para el mundo entero”, sostiene. Padilla interpreta la captura de Maduro como parte de un entendimiento tácito entre las grandes potencias: Estados Unidos se repliega hacia su hemisferio, mientras Rusia consolida su influencia en Europa del Este y China se proyecta como rival estructural a largo plazo.
“Estados Unidos es hoy un imperio en decadencia, y los imperios en decadencia actúan como fieras heridas: son más peligrosos”, advierte Padilla. En su análisis, Trump ha optado por asegurar su esfera de influencia inmediata antes que disputar todos los frentes a la vez. Venezuela sería, así, la primera señal visible de ese repliegue agresivo.
CENTROAMÉRICA ANTE EL NUEVO ORDEN
Desde Guatemala y Centroamérica, el episodio venezolano se observa con una mezcla de cautela y pragmatismo. La región, históricamente vulnerable a los vaivenes de la política exterior estadounidense, vuelve a quedar atrapada entre principios y realismo. La condena a la violación de la soberanía venezolana —expresada por países como Brasil, México, Colombia y Chile— contrasta con la debilidad estructural de los organismos multilaterales.
“Llevamos 25 años viendo el deterioro del derecho internacional público”, afirma Wagner. “Las Naciones Unidas han perdido capacidad real de acción y los principios que regulaban el sistema internacional se están desmoronando”. El académico recuerda que Guatemala vivió un proceso similar con la salida de la CICIG, cuando el respaldo internacional fue insuficiente para sostener un mecanismo anticorrupción frente a un Estado decidido a expulsarlo.

Para Padilla, este contexto obliga a leer la política exterior guatemalteca desde una lógica de supervivencia diplomática. En ese sentido, el exvicecanciller elogia la estrategia del presidente Bernardo Arévalo y de su canciller, Carlos Ramiro Martínez. “Han sido lo suficientemente inteligentes y hábiles para mantener una relación de entendimiento con Washington. Eso, hoy por hoy, es clave”, afirma.
IMPACTO ECONÓMICO Y PETRÓLEO: EXPECTATIVAS Y CAUTELA
En el plano económico, la posible reactivación de la industria petrolera venezolana bajo control estadounidense genera expectativas moderadas. Wagner subraya que Venezuela, pese a sus vastas reservas, atraviesa una crisis estructural profunda y que cualquier aumento significativo en la oferta tomará tiempo.
“El impacto inmediato será más especulativo que real”, señala, aunque no descarta que, a mediano plazo, una mayor disponibilidad de crudo contribuya a estabilizar precios internacionales, con efectos indirectos para economías importadoras como la guatemalteca.
Sin embargo, el analista advierte que el mercado petrolero está condicionado por otros focos de tensión, especialmente Irán y Medio Oriente. “El comportamiento de los precios dependerá tanto de Venezuela como de lo que ocurra en esos escenarios”, añade.
Las nuevas tarifas migratorias de EE. UU. ajustadas por inflación que entraron en vigor este 2026
¿UN PRECEDENTE PELIGROSO?
La captura de un jefe de Estado en ejercicio por parte de una potencia extranjera sienta un precedente inquietante. Para Wagner, la operación podría normalizar la idea de intervenciones directas bajo el argumento de seguridad nacional. “El mensaje es claro: quien no se alinee, puede ser castigado”, afirma, señalando que países como Cuba y Nicaragua no pueden ignorar la señal.
Padilla va más allá y relativiza incluso el concepto de soberanía en este nuevo contexto. “Para Trump, la soberanía solo existe cuando es la suya”, sostiene. En su lectura, el respeto a los instrumentos internacionales depende del poder relativo de cada Estado: las potencias nucleares son intocables; el resto, negociables.
La sombra de 1954 —cuando Estados Unidos impulsó el derrocamiento de Jacobo Árbenz— vuelve a aparecer en el debate público guatemalteco. La diferencia, subraya Padilla, es que hoy el Gobierno ha optado por una diplomacia preventiva. “Guatemala no es Venezuela y no está en conflicto con Estados Unidos. Mientras esa relación se mantenga, el impacto será limitado”, afirma.

Aun así, el episodio venezolano deja una lección incómoda: el orden internacional que rigió durante décadas ha llegado a su fin. “Ese sistema murió”, concluye Wagner. “Lo que viene ahora exige que los países pequeños abran los ojos, entiendan los cambios y actúen con inteligencia”.
En ese nuevo tablero, Venezuela ha sido el golpe sobre la mesa. Guatemala y Centroamérica, una vez más, observa y toma nota.







