Medicina social: un tema de deuda nacional

Alfonso Mata

En el mundo, el maquinismo europeo del siglo XVIII abrió las entraña sociales para mostrar las injusticias y explotaciones a que podía llegar el hombre argumentando un desarrollo humano a base de crueldad y eso a pesar de que en sus propias narices tenía experiencias humanamente innovadoras como la de la Rusia rural del 1864 en que la reforma de Alejandro II, crea la asamblea de distrito formada tripartitamente y en igualdad de resolución por la burguesía, la nobleza y el campesinado y que tenía como función esencial, tratar de mejorar las condiciones sociales de los campesinos y obligado al cuidado de la salud pública y la educación. Por aquella misma época, casi simultáneamente, en la vecina Alemania, apareció el concepto del Seguro Alemán, fundamentado en la cooperación patrono-obrero. A principios del siglo XIX, pese al aparecimiento de alemanes por nuestras tierras para dedicarse a la agricultura, un modelo de seguridad universal tardó casi medio siglo en implementarse en nuestras tierras y aún en la actualidad, sin carácter de universalidad.

Tanto el Zemstvo como el Seguro Alemán, eran legislaciones protectoras, que pasaron en vuelo sobre nuestras tierras, únicamente como noticias de periódicos. El campesinado, a pesar de los enormes riesgos nacionales en que vivía, para el Patrono y para el Estado poco importaba, no obstante a que se sabía ya que: la carencia de estados eficientes de salud, una mala educación, volvían deficiente laboralmente a cualquiera. El no dar oportunidad de salud y educación, iba en contra de los intereses del Estado, del capital y de los obreros y campesinos y por lo tanto de la estabilidad social y política.

¿Qué sucedía en el gremio médico guatemalteco? Claro que los conmovía esas situaciones; basta revisar los escritos de esos tiempos, para darse cuenta que existía conocimientos al respecto. Pero otra cosa era lo que hacían. El médico de esa época, vivía de los honorarios del comerciante, de la burguesía, los obreros y de sus salarios como burócratas. Se atrincheraba en la capital o a lo sumo en Quetzaltenango e incorporarse a una medicina más colectiva sólo lo haría realmente en la segunda parte del siglo XX. Ese movimiento, sólo surgió, cuando la Universidad estuvo consciente de la necesidad de transmitir una conciencia social, lo que inicialmente no se acompañó de un plan nacional, una política nacional, para pasar del médico urbano de familia, al de la unidad de salud atendiendo una enorme material humano.

A partir de la Revolución del 44, pasaron décadas para que el pensar revolucionario se concretara en un actuar más eficiente; pero aun así, obedecía más a “campaña política” y con pocas garantías de su cobertura y calidad y se veía más que un derecho o una inversión, como una CARIDAD. Había caridad pública y privada y eso muchas veces, sólo con la mira de aliviar malestar social y por lo tanto, se fue dando una división también del gremio médico: aquellos “bien pagados” médicos de familia y una masa crítica mal pagados y en competencia desleal.

El médico, poco a poco ante la sociedad, ante la evolución social que sufría el país, fue vislumbrado por la gente paradójicamente, tanto como “una necesidad para su bienestar, como “un comerciante más” a quien pagar, porque poco hacia el gobierno para atender con eficiencia y “dignamente”. De esa forma, se fueron creando brechas y desequilibrios entre economía, medicina y política, desarticulando un modo de pensar la salud como un derecho y una inversión positiva del Estado, al mismo tiempo que se biologizaba la salud, tanto en la formación del médico como en la intervención política, dejándose en un segundo plano la prevención, tanto en su inversión como en su conceptualización.

No sólo Guatemala vivió eso. El crecimiento industrial en la Región, creó la imagen pública y atrajo a primera fila dentro del medio social al “hombre voraz” y este creó un sistema tan cruel, que permitió el desarrollo de un mundo que respondiera a su crueldad. En todos los países, desde los inicios del siglo XX, el proletariado era material sujeto a muchos riesgos: mal pagado, mal educado, que poco a poco se fue convirtiendo en una masa social que empezó a exigir derechos y frente a ese movimiento de reivindicación, fue surgiendo un nuevo médico que exigía una nueva formación, que tardaría en llegar al solar patrio.

En nuestro país desde la década de los veinte, el Estado es prácticamente el responsable de las actividades concernientes a la asistencia médica y sanitaria de las clases proletarias y en los medios de comunicación de entonces y desde entonces, se resalta por ser insuficiente y deficiente, con una no conceptualización, pero si interpretación de “caridad pública”, reforzada por el papel jugado por instituciones religiosas y privadas, que apoyan desde entonces la labor del Estado, a lo que se suman organismos internacionales. Como bien lo señaló en aquel entonces el médico guatemalteco Manuel Antonio Girón “La salud es un derecho difícil de gozar en un país menesteroso y tiene que ir respaldado por otros derechos, para hacerse una realidad social”.

Luego de dos Guerras Mundiales y en medio de esa vorágine, solo respondimos después del 44, cuando nuestra medicina como proceso nacional, entra en una etapa constructiva e inicia sus primeros pasos en la construcción de una medicina moderna en salud pública y asistencia social. Después de la Segunda Guerra Mundial, la medicina social era un fenómeno mundial y se daba en todos los países más desarrollados, siendo la diferencia en su forma más que en lo teórico; en la forma en que se prestaba la asistencia en cada país. Si uno observa con detenimiento, son los países en que hay trabajo, buenos salarios, y una organización poderosa del Sistema de Salud, donde la población goza de mejor salud. Eso también tiene un efecto sobre el personal que presta servicios de salud: este es más consciente de sus deberes y obligaciones y más eficiente en sus funciones, cosa que genera garantía para el que enferma y atención a la población para que no enferme, formando eso un círculo virtuoso de un buen Sistema de Salud. Pero en un país como el nuestro, con una mayoría indigente por siglos y generaciones, la cosa se dificulta: el Estado no ha podido costear los servicios, ni tampoco querido terminar con lo que produce las inequidades y tratar sus necesidades y ante el panorama actual, el sistema no es capaz de ofrecer la asistencia médica y sanitaria adecuada.

Nuestra evolución social también es pobre, eso lo demuestra el hecho que ni aún posterior a la independencia, la clase media guatemalteca ha sido mayoritaria, por lo tanto y desde la colonia, de eso hace ya casi cinco lustros, la salud sigue recayendo injustamente sobre el médico y la caridad. Sólo para ejemplo: hacia la mitad de los cuarenta del siglo XX y antes de la Revolución del 44, se decía que el 90% de la población no podía pagar un médico y la clientela privada con posibilidades era de 10% a un número de médicos que era de 300 de los cuales 25 estaban en el exterior, 60 ya no ejercían y eso daba una oferta de 200 a una población de casi tres millones y medio de habitantes dentro de los cuales unos 200 mil podía pagarles. El resto para un tratamiento adecuado demandaba de servicios gratis. La gran pregunta es ¿qué ha cambiado desde entonces?

Si bien en la actualidad más del 50% de personas pagan sus tratamientos, su respuesta es a la enfermedad no a la salud. Por su lado, el sistema eroga más del 75% del presupuesto a tratar enfermos y las aplicaciones a la prevención, no sólo son pobres sino parciales e inconstantes. Tenemos pues un Sistema de Salud comercializado y biologista, vacilante en logros y de acceso desequilibrado inmerso en un futuro incierto.

El médico, poco a poco ante la sociedad, ante la evolución social que sufría el país, fue vislumbrado por la gente paradójicamente, tanto como “una necesidad para su bienestar, como “un comerciante más” a quien pagar, porque poco hacia el gobierno para atender con eficiencia y “dignamente”.