Alfonso Mata

En 1791 ante la negativa nacional a la vacuna, O´Scanlam escribía «la inoculación de la viruela es una operación benéfica, introducida en la Europa hace cerca de un siglo, y adaptada en muchos países». Habla luego de los pro y contras que la experiencia suministra en ello «para tener, por este medio, un juicio imparcial y cierto de la cuestión, bajo el seguro concepto de que la luz de la verdad suele resultar del choque de las diferentes opiniones» y establece que: «no sólo es lícita, sino que también que las reglas de la prudencia humana, y los cálculos de probabilidad deben persuadir a los padres a qué inoculen a sus hijos» porque:

1º «Cuanto más crecido es el número de postillas (costras), es por lo regular, mayor el riesgo de las viruelas. Por tanto las discretas son benignas, y las confluentes casi siempre peligrosas. En las viruelas naturales hay comúnmente mayor número de postillas, y muchas veces están complicadas con petequias o pintas negras: síntoma casi siempre mortal…a las viruelas inoculadas, acompañan pocas postillas, casi siempre son discretas y son de contenido tamaño y consistencia diferente». Luego argumenta que el tipo de duración de la fiebre también es más benigno con la inoculación y menos mortal, y finalmente señala que el lugar de aparecimiento de las postillas es otro elemento diferente. En la inoculación hay muy pocas en la cara y cuánto hay son poco confluentes, síntoma de benignidad.

2º «La hinchazón de la cara, párpados, manos, pies, y garganta, como también la tos incómoda, síntomas tan frecuentes y tan peligrosos en las viruelas naturales, proceden del mayor número de postillas y consiguientemente no se hallan en las viruelas inoculadas, disminuyendo visiblemente el peligro de estas, y calificando lo mucho que aventajan a las naturales».

3º «La fiebre secundaria o pútrida, tan común, y tan funesta a los acometidos de la viruelas naturales, es efecto de la reabsorción del humor acre de las costillas, y al síntoma que producen mayores estragos, como son los abscesos y úlceras internas, la tisis, la ceguera, y la deformidad de la vista…no cediendo a ninguna medicina aplicada…La experiencia ha demostrado que la inoculación es uno de los medios de ocurrir a los síntomas destructivos de tan venenosa hydra; porque disminuyendo el número de las postillas y evitando la fiebre secundaria, en la sagrada áncora, y la esperanza única con qué se puede salvar la vida a millones de variolosos; pues dicha fiebre jamás se manifiesta en la viruela inoculada o es a lo menos».

4º «No he leído que ninguno hasta ahora haya perdido la vista por las viruelas inoculadas. Al contrario, ¿cuántos quedan ciegos por las viruelas naturales, especialmente los niños, que según parece debían estar mal libres de esa desgracia, respecto de no tener todavía sus humores inficionados con vicio alguno venéreo o escorbútico?».

5º «Además de las excelencias expresadas, la inoculación tiene la de tranquilizar el ánimo de la persona que duda se ha tenido o no viruelas; pues inoculándose, se liberta de un terror que le acompañaría toda la vida, aumentándose a proporción que ésta se alarga, y exponiéndose a perderla más prontamente en caso de sobrevenirle las viruelas naturales». Acá, hace una observación: «No sobreviene las viruelas al que las ha padecido ya, ni aquel cuya constitución le tiene privilegiado de esta plaga; luego la inoculación, no las puede ocasionar a los que no son susceptibles de ella; y esta prueba será la más segura fianza, de que para siempre están libres del contagio, y de las inquietudes, y recelos en qué viven los que no han experimentado aún está dolencia, o dudan si la han tenido».

6º «Otra ventaja muy apreciable e importante en que excede las viruelas artificiales a las naturales, y quizá la que causa la suma benignidad de las primeras, se deduce del parage por donde se comunica el virus varioloso. Y añade: «Para percibir mejor su fuerza, es menester considerar, que toda viruela sea natural, o artificial, se contagia a nuestra máquina por la vía de la inoculación, pues es innegable que los átomos o corpúsculos variolosos dispersos, y vagantes en la atmósfera, o pegados a los vestidos, alimentos, se introducen a los pulmones, y al estómago por medio de la inspiración, y saliva, y haciéndose a la parte interior de estas vísceras o a la superficie externa de nuestro cuerpo, se insinúa mediante este contacto el virus varioloso por vía de la inoculación natural, produciendo viruelas más o menos benignas, según la parte donde hace su primera impresión. Sí se arrima a la superficie exterior del cuerpo, serán suaves, y de ningún riesgo; pero si se pega a los pulmones, entonces causará efectos más o menos peligrosos, y proporcionados a la lesión de la víscera, y según que sus funciones sean más, o menos necesarias para la conservación de la vida».

«De lo dicho» -concluye nuestro autor- se deduce con la mayor evidencia, la grande utilidad que resulta de introducir el virus mediante la inoculación por las partes externas, que pueden defenderse de su malignidad, a causa de su mayor firmeza, y cuya lesión no expone la vida; precaviendo por este medio el que penetre antes a los pulmones donde probablemente causaría los mayores y más funestos estragos»

7º «En las viruelas inoculadas, se sabe poco más o menos el día en que debe sobrevenir la fiebre eruptiva, y el en que se hace la erupción de las postillas: se toman en consecuencia las precauciones necesarias para aliviar estos síntomas; y se hacen separar los que no han tenido viruelas, y los que pueden contagiarse; cuya previsión es de la mayor importancia respecto al público, pues precave la propagación del contagio, que no puede conseguirse con los virus naturales porque acometen de improviso».

8º «La experiencia prueba de un modo incontestable, que la inoculación casi siempre comunica viruelas más benignas que las naturales: que aquellas no se hallan complicadas con petequias, ni con la fiebre secundaria o pútrida qué es tan frecuente, y tan mortífera en estas: que de las viruelas artificiales son poquísimos, o casi ninguno el que fallece, mientras que las naturales matan una infinidad de gente, y espanta el estrago que causa al género humano. Leuthner en su prefacio a la edición alemana del libro del Barón de Dimsdale, ha demostrado que de 107,624 inoculados murieron 23 o lo que es lo mismo uno de 4,679. Pero de las viruelas naturales mueren algunas veces uno de cuatro, y a lo menos dos de trece»…. -y hace la advertencia:- «resta por demostrar por parte de los mismos anti-inoculadores, que los pocos que fallecen de las viruelas artificiales, mueran precisamente de ellas, y no de otros males que proceden de impericia o descuido de la práctica, o de otras causas extrañas, o accidentales».

9º «Además de las ventajas de la inoculación que acabamos de exponer, tiene otra no menos esencial, Y quizá la más importante, cual es la mejorar conocidamente la complexión de la persona inoculada, y aún de curar algunas enfermedades crónicas…y restablece la salud de los caquécticos, saliendo de esta operación más fuertes de lo que estaban antes: prueba de que en lugar de excluir los achacosos, débiles y caquécticos del beneficio de la inoculación, deben ser preferidos a los robustos, por la probabilidad, o por mejor decir, seguridad, que pueden prometerse de salir felizmente de las viruelas inoculadas, libertándose de ser víctimas de las naturales».

10º «Otra ventaja muy apreciable es la de atajar las epidemia de viruelas, algunas de las cuales son tan mala calidad, que las más de las personas acometidas de ellas son víctimas de este herodes del género humano, especialmente los niños; pues es constante que disminuye el número de los inficionados y mejora la constitución epidémica de las viruelas malignas, despojándola en algún modo de su virtud deletérea, produciendo acaso unos miasmas más suaves: no admitiendo tampoco duda, que cuanto mayor es el número de los inoculados en una epidemia, será menor el de los contagiado de las viruelas naturales, y que ésta se hacen más benignas a proporción que el virus va perdiendo de su malignidad.

 

 

 

 

 

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