Max Araujo
Escritor

Fue una tarde -un sábado-, en los primeros años de los ochenta del siglo veinte- tendríamos cinco años de haber comenzado la labor editorial de Rin 78-, cuando Juan Fernando Cifuentes me llevó a la casa de Luis Alfredo Arango, situada en Jardines de Tikal, zona siete, de la ciudad de Guatemala, a dos cuadras del sitio arqueológico Kaminal Juyú. La vivienda de las que se construyeron en serie en los años sesenta-setenta- en distintos lugares de la ciudad de Guatemala, a las que les llamamos en esa época “chalets”, -no muy grandes, cerradas totalmente- que rompieron con el estilo tradicional de casas con corredores y patios interiores. Arango extrañó la casa familiar de Totonicapán que era de ese tipo.

Yo había leído parte de su poesía, pero no le conocía personalmente. De entrada, le vi un parecido a la figura del Quijote de la Mancha. Cifuentes tenía relación con él porque estaban en pláticas para que dirigiera el suplemento Tzolkin, del Diario de Centroamérica, del que Juan Fernando era director. El maestro al verme me dijo “hola vos, como estás, ya tenía días de no verte”. Inmediatamente se dio cuenta de su equivocación. Me confundió con Marco Augusto Quiroa – con él y con el editor Oscar de León Castillo, otras personas, me confundieron varias veces-. Pasó enseguida a disculparse. Ese día fue el inicio de nuestra amistad.

Por aquellos años yo vivía en la entrañable colonia “Quinta Samayoa”, no lejos de la casa de Luis Alfredo. Esa primera vez se convirtió en muchas tardes – siempre en sábado-, que terminaron con su muerte en el 2000. Cuando yo no llegaba recibía de él una llamada telefónica preguntándome porqué, o un reclamo amistoso en la siguiente ocasión. Hubo sábados que me fue imposible llegar, porque viajé a otros países o por un compromiso ineludible. Alguna que otra ocasión nos vimos en días distintos, un feriado o porque asistimos juntos a algún evento cultural o social.

La rutina de los sábados por la tarde no se interrumpió ni cuando- durante un año-, en 1983, yo le pasaba a buscar para las reuniones matutinas que realizábamos varios amigos, entre ellos Arango y Amable Sánchez Torres, para discutir los principios, los ejes, y los objetivos de la Asociación Módulos de Esperanza, que bajo la guía de su ideólogo, el padre Ramón Adán Stürze -quien mantuvo en “El Gráfico” una columna, “Matices”, con el pseudónimo de Víctor Pabsch, y otra, años antes, en “La Tarde”, con el título de “Ojos con paisaje”, como Adán Stürze. En esta última columna nos sorprendía con los paisajes humanos y de naturaleza que describía del lugar donde vivía, una champa post terremoto en Galeras de Bethania, hoy colonia El Amparo.

Por esas columnas el escultor Rodolfo Galeotti Torres me pidió conocerlo. Fue un memorable encuentro. La asociación la constituimos para darle seguimiento al trabajo social que dicho sacerdote realizó en las colonias El Amparo y El Granizo. Tuve el privilegio de presentar al Padre Ramón a varios amigos escritores, entre ellos a los poetas indicados, ya que siendo él también escritor deseaba conocerlos. Cuando autoricé como notario la escritura de constitución fue Luis Alfredo Arango quién firmó la solicitud de autorización ante el Ministerio de Gobernación. De la columna Matices, con Arango, hicimos una selección de textos que con el título de “Tiempo Vivido” se publicó con el sello de Rin 78, en la colección Guatemala de la Tipografía Nacional.

De las primeras cosas que me impresionaron de Luis Alfredo fueron su sencillez, su trato amable y educado, su catolicismo y su disciplina para dedicarse los fines de semana a escribir, leer o pintar. Tenía un estudio, rústico, construido a un costado de su casa, en un área originalmente destinada a un pasillo, de metro y medio de ancho por tres de largo, con una vidriera al frente que hacía de pared, con un jardincito exterior que utilizaba de garaje. En el estudio tenía pequeño escritorio con una silla, y dos más para personas que le visitaban, así como unas libreras en la parte de atrás y en uno de sus lados. Los muebles eran de pino, de los que se hacen en Momostenango.

Cada cierto tiempo le hacía cambios a su espacio o le agregaba pequeñas cosas nuevas: unas piedras, unas plumas de pájaro o cualquier otro objeto -no grande- que le había llamado su atención. En mi imaginario, hasta antes de conocerlo, lo había tenido por una persona agresiva, dado que fui lector de las polémicas que años atrás sostuvo con el Bolo Flores en la revista “La Semana”. En la misma sección escribían también Luis de Lion, Luis Eduardo Rivera y otros escritores, de quienes no recuerdo su nombre. En otro apartado lo hacía Celso Lara sobre folclore.

En algún momento de nuestras conversaciones me comentó de su conversión al catolicismo, cuando el ejército- dicho por él- asesinó a un amigo suyo; profesor del Adolfo V. Hall, por sus vínculos con la Universidad de San Carlos, y que por esa conversión dejó atrás su agresividad y la parranda, aunque no en pocas ocasiones tomamos alguna cerveza o tragos de licor, pero con moderación. Siempre he tenido el convencimiento que nunca fue agresivo en su comportamiento diario, salvo en su escritura. Fue un rebelde y un inconforme con nuestra sociedad.

Mis llegadas a la casa de Arango me sirvieron para conocer, en primicia, de sus nuevos poemas, otros textos suyos y pinturas en formatos pequeños, así como de literatura en general, -era un lector empedernido-, por eso, durante varios meses, tuvimos en sábados continuos, por la tarde, en casa de la escritora y cronista, de nacionalidad alemana, con residencia en Guatemala, Irina Darlée, que contaba con una vista impresionante hacia un barranco lleno de árboles, situada en la colonia El Sauce, zona 2-, con él, con Amable Sánchez y Ramón Adán Stürze, un grupo de conversación sobre temas de cultura. De boca de Irina supimos de la amistad que ella tuvo con personajes como Salvador Dalí, Ana María Matute, Luis Rosales (españoles) y Manuel Galich. Ella era excelente conversadora, con un anecdotario de su vida en España, El Salvador y Guatemala.

De Arango conocí de su vida: de asuntos personales, de sus problemas, frustraciones y logros. Sin pretenderlo me convertí en su confidente. Por eso agradecía mis llegadas. Fue un ser que detestaba las injusticias, el racismo y la hipocresía. Cuando le conocí ya era de misas y comuniones los domingos, y de cada día que podía. Le tomé cariño a su esposa y a sus cuatro hijos: dos varones y dos mujeres, que ya habían salido de la adolescencia. El pequeño aún estudiaba en el colegio San Antonio. El mayor egresado del Don Bosco, las hijas de un colegio cercano.

Supe de la existencia de su medio hermano, unos cinco años mayor que él, fruto de una aventura de su papá con una mujer indígena que trabajó en la casa paterna: de la relación fraternal que tuvo con él, y lo que sufrió cuando este fue echado del hogar paterno por su abuela. Años después se reencontraron en la ciudad de Guatemala y reiniciaron su hermandad. Siempre lo tuvo como un maestro de vida. Me contó también de su adolescencia. Muchos de estos hechos están descritos en la novela “Después del tango vienen los moros”. Es bastante autobiográfica.

El avance en la escritura de esa obra fue muy sufrida para él. Lo vi llorar con los recuerdos -fui el encargado de la primera publicación de esa obra, con la Editorial Rin 78-. Me compartió de un amor intenso que vivió con una muchacha indígena en las montañas de Cubulco, cuando comenzó su carrera como maestro; estudios que cursó en la escuela Normal Central para Varones -cuántas anécdotas me contó de esa época-.

Dado que estaba muy solo, los principales de la aldea le llevaron a la muchacha para que lo atendiera. Lejos estaba él de saber lo que significaría en su vida. Cuando el año final del año lectivo le comentó a ella que ya no retornaría, la muchacha desapareció y nunca la vio más. Se quedó viviendo en su corazón y en sus recuerdos. Esa pérdida le causó un gran dolor. Años después, ya de promotor social en San José Nacahuil -contratado por el Instituto Indigenista-, conoció a su esposa, doña Juanita Suruy, de origen maya- cachiquel. Para casarse con ella siguió todos los pasos “de la costumbre”. Un pedidor de la comunidad le asesoró y acompañó en esos afanes.

De anécdotas de mi amistad con Arango tengo muchas, pero destaco algunas, como la vez que me dio el primer poema de Ak´abal, finales de los ochenta, para que yo se le entregara a Carlos René García Escobar, para que este lo incluyera en la sección “Teluria Cultural”, del suplemento sabatino del diario La Hora. Esa publicación fue la presentación pública de Humberto. En esa ocasión me contó del reencuentro que tuvieron con Ak´abal; posterior a la lectura de poesía que Luis Alfredo hizo en el IGA -que un grupo de amigos organizamos dentro de un programa que duró poco, que titulamos “de tacón y hueso”; nombre propuesto por Norma García Mainieri (Isabel Garma), quien también nos dio el título ”Abrapalabra” para la revista literaria que con parte de ese grupo fundamos en la Universidad Rafael Landívar-.

Años atrás a este acto, Ak´abal lo buscó -época en la que Arango laboraba en el IGGS-, por ser ambos originarios de Totonicapán. Cuando dejó de trabajar en esa institución dejaron de verse. Por la convocatoria pública del evento se enteró. Al terminar la lectura cruzaron unas palabras, y convinieron que Humberto lo llegara a visitar los domingos por la mañana. Luis Alfredo me contó que Humberto le leyó, en la primera visita, unos poemas que a él no le gustaron. Lo mismo sucedió en la segunda visita, por lo que le solicitó que le llevara otros poemas. En la tercera ocasión Ak´abal le compartió unos poemas, entre ellos el primero que publicó en la “Teluria Cultural”, y los que le siguieron en fechas posteriores, en esa misma sección, que después se incorporaron en “El Animalero”; libro que los miembros del Consejo de Editorial Cultural, propusimos en 1990, que se publicara por sugerencia de Arango. Los otros miembros eran Juan Fernando Cifuentes, María del Carmen Pellecer y el propio Luis Alfredo. Supe también que los primeros poemas que llevó Humberto a Arango fueron versificados en la forma que conoció Luis Alfredo porque un “crítico”, de cuyo nombre no quiero acordarme, le había dicho que dejara de escribir “indiadas”. Cuando Arango leyó los poemas que le gustaron le dijo a Humberto “esta es su poesía, así debe continuar escribiendo”. Lo demás es historia.

PRESENTACIÓN

Textos como el que presentamos de Max Araujo, “De mis memorias”, son vitales en la historia del pensamiento en cuanto ejercicio de recuperación del desenvolvimiento artístico en nuestro país. Constituye el esfuerzo no solo de sistematización de los acontecimientos, sino la voluntad de darles sentido y registrarlo para los lectores.

En este artículo, inspirado en la figura del escritor Luis Alfredo Arango, los protagonistas, además de los poetas, los gestores culturales y los periodistas, entre otros, son también las circunstancias vitales sin cuya comprensión es imposible entender las vicisitudes humanas.

El relato de Max, lleno de sensibilidad, le permite pinceladas que caracterizan a sus personajes, en este caso a Arango, que dan una idea de sus complejidades biográficas. Sirva de ejemplo la siguiente descripción:

“De las primeras cosas que me impresionaron de Luis Alfredo fueron su sencillez, su trato amable y educado, su catolicismo y su disciplina para dedicarse los fines de semana a escribir, leer o pintar. Tenía un estudio, rústico, construido a un costado de su casa, en un área originalmente destinada a un pasillo, de metro y medio de ancho por tres de largo, con una vidriera al frente que hacía de pared, con un jardincito exterior que utilizaba de garaje. En el estudio tenía pequeño escritorio con una silla, y dos más para personas que le visitaban, así como unas libreras en la parte de atrás y en uno de sus lados. Los muebles eran de pino, de los que se hacen en Momostenango”.

Deseamos que tanto el aporte histórico ofrecido por Max Araujo como la variedad argumental de los demás colaboradores, sean bien recibidos por usted desde la comodidad de su hogar. Nuestra intención es compartir lecturas que, superando lo estrictamente gozoso de los contenidos, le hagan experimentar reflexiones de más alto nivel crítico. Ojalá podamos mejorar en nuestra aspiración y lograr su preferencia en el tiempo. Hasta la próxima.

Diario La Hora
Visión: Realizar un trabajo periodístico que contribuya a la consolidación de la democracia en Guatemala, a partir del periodismo investigativo y de opinión. Misión: Ser un medio de comunicación imparcial, veraz y responsable, dirigido a líderes de opinión con incidencia en los círculos de pensamiento y en el ámbito político guatemalteco.
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