Los gobiernos de izquierda y sus enemigos

Carlos Figueroa Ibarra

Cuando se habla del fin de ciclo de los gobiernos de izquierda, llamados genéricamente “gobiernos progresistas”, me ha tentado hacer un balance de quienes han sido sus enemigos a lo largo de este tiempo. Indudablemente, el enemigo principal de dichos gobiernos ha sido la derecha neoliberal. Es la fuerza política e ideológica más eficaz en términos de convocatoria en la lucha de calles y también electoralmente. Hoy tiene victorias en Argentina, Brasil y Venezuela y ha retomado la iniciativa en Bolivia y en Ecuador. Salvo errores puntuales como la tontería de llamar a la abstención en las elecciones parlamentarias de Venezuela en 2005 -lo que benefició al chavismo al dejarle el control completo del poder legislativo-, la derecha generalmente no se equivoca en visualizar quien es su enemigo principal.

Por eso mismo, los gobiernos progresistas también han tenido adversarios en la izquierda. Por un lado se encuentra una izquierda doctrinaria inspirada en el marxismo, para la cual dichos gobiernos no cumplen sus expectativas porque no están decididos a impulsar una revolución socialista. Lo que me ha resultado curioso es que una parte de esta izquierda doctrinaria, en ocasiones ha preferido aliarse con la derecha neoliberal sea en movilizaciones sociales o en coyunturas electorales. Por otro lado se encuentra una izquierda posmoderna y autonomista para la cual los referidos gobiernos son impresentables porque no han abandonado el extractivismo ni la ilusión del desarrollo, además de que son autoritarios y ajenos a los movimientos sociales. Tanto para la izquierda dogmática como para la posmoderna, los gobiernos progresistas son farsantes (se presentan como de izquierda cuando en realidad son de derecha) y son traidores (han traicionado al marxismo o han traicionado a los movimientos sociales). Los enemigos de izquierda de los gobiernos progresistas han sido electoralmente insignificantes y tienen resonancia solamente en los cenáculos doctrinarios o en medios académicos.

No obstante, cuando después de tres lustros de avance progresista en América latina, esta empieza a tener traspiés, urge más examinar el núcleo de verdad que tienen las críticas de izquierda a los gobiernos progresistas. Siendo el extractivismo realidad ineludible, hoy se advierten de manera clara las consecuencias de no haber encontrado un sendero para empezar a salir de él (resulta claro en Venezuela aunque no necesariamente es así en Bolivia). Habiendo combatido eficazmente la pobreza y beneficiado a las clases medias, ha faltado un vigoroso trabajo ideológico que realice lo que Gramsci llamó “la reforma intelectual y moral”. Hoy constatamos que buena parte de los beneficiados del posneoliberalismo votan por la derecha neoliberal. Como lo expresara Rafael Cuevas Molina en reciente artículo, esto resulta más preocupante cuando se leen noticias sobre el desfile de modas Coco Chanel – agreguemos el entusiasmo popular por la filmación de “Rápido y furioso”- en La Habana.

Las crisis son buenas cuando se extraen enseñanzas de ella. Por ello Marx alguna vez dijo de las revoluciones del siglo XIX que se autocriticaban constantemente y volvían sobre sus pasos para recomenzar lo que parecía terminado. Habrá que empezar a hacerlo.