Semana Santa. Diseño: Alejandro Ramírez/La Hora
Semana Santa. Diseño: Alejandro Ramírez/La Hora

 

Por Claudia Quintanilla

Escuela de Historia, Universidad de San Carlos de Guatemala


 

El año pasado tuve la oportunidad de escribir dentro de este mismo suplemento, un artículo sobre “Los Rostros de la Cuaresma y Semana Santa” con la intención primordial de visibilizar a todos los que hacen de la Semana Santa lo que es.   Y es que, en esta época, quienes participamos de ella, resultamos constituyendo un grupo quizás incuantificable, con significativos aportes tangibles e intangibles, mismos que son percibidos pero que, de no estar, su ausencia sería notoria. 

Este año, continuando con la misma idea, hablaré de la participación de aquellos pequeñitos que se vuelven protagonistas fundamentales:  los niños y las niñas.   Puedo comenzar describiendo la gallardía y orgullo con que caminan los “cucuruchitos” o las niñas luciendo sus vestidos y mantillas, con toda la delicadeza, pero también con la fuerza y resistencia para la caminata que les toca emprender; y los bebés, que despiertan esa ternura al verlos vestidos con la característica indumentaria.  Quienes están entrando ya a los grupos de escuadrones romanos, por ejemplo, denotan la seriedad con la que deben ejecutar su papel aunque su casco se desubique mientras caminen o sea necesario un descanso en una banqueta para volver a tomar fuerzas.        

Frases como “mamá, casi dejo el capirote mientras cargaba”, o un fuerte, enérgico y dulce “1, 2, 3…”; o escuchar: “cuando terminés de cargar, me esperás en esta esquina, no te vayás a mover de aquí”.  A lo mejor, más de alguno protesta porque quería un juguete, o porque quiere seguir en el recorrido, pero hay que volver…   O, escenas en donde alguno de los timoneles, está colocándole la paletina o el cinturón al niño, porque previo a tomar su turno, realmente lo botó…    Y algo que es recurrente:  sucede que en la sección donde van los niños, rebasa la energía y es un tanto desordenado mientras que, en la sección de las niñas, el orden prevalece.  Ya lo describía muy bien Fray Miguel Murcia, precursor de las procesiones infantiles: “»el divino relajo»…  

Como sea, en medio de ese hermoso caos, se reconoce alegremente que ellos, van con la inocencia en sus almas y con “la fe” bien puesta.   Indiscutiblemente.        

La participación infantil concede la permanencia de las tradiciones.  En el entramado social, son ellos quienes reciben el conocimiento y quienes lo mantienen, transmiten y eventualmente también lo transforman, pues tienen la capacidad de interpretar su entorno y conforme su crecimiento, posicionarse y desempeñar diversos roles.   

Aquí, la educación juega un papel fundamental en la formación intelectual y espiritual, pues es en la niñez donde se asientan estos valores y saberes.   Si bien es cierto nunca es tarde para aprender, debemos siempre estar atentos a lo que los adultos enseñamos a nuestros niños y tener la claridad de que también, desde los niños, aprendemos.   De esta manera, el conocimiento, la transmisión y permanencia de este, es, o debería ser, recíproco.  

Las hermandades y asociaciones juegan también un papel importante, el cual se agradece, ya que abren estos espacios para la realización de los cortejos procesionales:  pensando en los niños, a su entendimiento, pero con la seriedad que corresponde, porque llevan todos los elementos que los cortejos “grandes” llevan.  Y claro, la disposición y esperanza de los adultos (padres, madres, abuelos, tíos, el hermano mayor, grupos de jóvenes, etc.), que incentiva y motiva a los pequeñitos a participar enseñándoles de manera activa.     

No se puede dejar de mencionar el escenario antagónico que se observa respecto al trabajo infantil que también está manifiesto en nuestros cortejos y en donde hay una deuda pendiente como sociedad.   

En todo caso, aún cuando la fe es pequeña, está escribiendo historia.    

Porque la Semana Santa es lo que es, por de quien se trata y por quienes la mantienen viva.   

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