Joseph Ratzinger (Benedicto XVI) con Pablo Flores d’Arcais

 

 

 

Este diálogo tuvo lugar en el teatro Quirino de Roma, el 21 de febrero de 2000 (casi dos mil personas, que no consiguieron entrar, lo siguieron desde la calle, con un amplificador improvisado), y duró dos horas y media aproximadamente. La transcripción íntegra del debate ha sido publicada en un cuadernillo especial de la revista MicroMega. En Francia se ha publicado en la editorial Payot & Rivage, y en Alemania, en Wagenbach.

 

 

Gad LERNER: Buenas tardes a todos. Gracias por venir. Lo primero que tengo que pedirles, en nombre del título de este debate, es, de verdad, que apaguen los teléfonos móviles, por favor. Desentonaría bastante que sonaran ante esta pregunta, antes este título tan inconveniente que nos planteamos esta tarde: «¿Dios existe?». Título inconveniente para un debate, un debate animado por un cristiano y por un ateo, que quizá por una coincidencia no del todo casual va a ser moderado por un judío, y que se asemeja [risas y aplausos] más a ciertas disputas medievales, por la brutalidad de la pregunta planteada, que a nuestras conversaciones televisivas más o menos superficiales.

Naturalmente, es una pregunta que, planteada tan en público y tan directamente, pone los pelos de punta, pero es el dato de partida que yo he sintetizado brutalmente en la presentación de nuestros interlocutores, el cristiano y el ateo, Su Eminencia el cardenal Joseph Ratzinger, prefecto de la Congregación para la Doctrina de la Fe, y Paolo Flores d’Arcais, filósofo y director de MicroMega. Les decía que tras esas definiciones, creo que aceptadas por ambos, sin duda (además no sé si podremos conformarnos con decir el «creyente» y el «no creyente») [se pone de manifiesto este problema]: ¿Están de verdad tan nítidas y claras dentro de ustedes, quiero decir, además de en nuestra sociedad, hoy, las fronteras entre quien cree y quien no cree? Para mí no están nada claras. ¿Estamos completamente seguros de que entre estos dos interlocutores no existen por el contrario rasgos incluso significativos en común? Enseguida vamos a escucharles.

Solo me queda recordarles que este debate ha surgido a raíz del fascículo 2 de MicroMega de 2000, que ha tenido, y eso no ha podido ser por azar, un éxito realmente extraordinario, no solo de interés, sino, como saben ustedes, de ventas, si es verdad que con la última edición reimpresa alcanza a rozar los cien mil ejemplares de difusión. Algo querrá decir [ese éxito] también en lo referente a la necesidad que tienen de dialogar los creyentes con los no creyentes, los cristianos con los ateos. Y entonces, entre los dos interlocutores, a los que cederé la palabra inmediatamente, podemos señalar enseguida un rasgo común, que de alguna manera convierte su intransigencia mutua en algo especular, si no en algo común. Es decir, por parte de ambos, el rechazo de una religiosidad de compromiso, el rechazo de un Dios hecho a medida, construido a medida de uno mismo por cada uno de nosotros, para el cuidado de nuestro propio cuerpo y de nuestra propia alma, sin pensar demasiado en lo ajeno o en lo trascendente, o sea sin medirnos a fondo con el problema de la verdad. Esa religiosidad de compromiso está muy difundida, como saben ustedes. La etiqueta que lleva en nuestras sociedades opulentas, la mayoría de las veces, es la etiqueta de la new age y también de una determinada idea del budismo. El relativismo que la anima ha sido fuertemente criticado por mis interlocutores en los textos que ambos han publicado en MicroMega) y, por tanto, en ellos hay, ante todo, esa necesidad de medirse con el absoluto de la verdad. Pero al cederles la palabra para este debate, quisiera preguntarles también: ¿De dónde nace, entonces, partiendo de unos puntos de vista tan distantes, la necesidad recíproca de hablarse, dónde se origina? Se lo pregunto ante todo a Su Eminencia el cardenal Ratzinger.

Joseph RATZINGER: Nace del hecho de que nosotros los creyentes creemos que tenemos algo que decirle al mundo, a los demás, que la cuestión de Dios no es una cuestión privada, entre nosotros, de un club que tiene sus intereses y hace su juego. Por el contrario, estamos convencidos de que el hombre necesita conocer a Dios, estamos convencidos de que en Jesús apareció la verdad, y la verdad no es la propiedad privada de alguien, sino que ha de ser compartida, ha de ser conocida. Y por ello estamos convencidos de que precisamente en este momento de la historia, de crisis de la religiosidad, en este momento de crisis incluso de las grandes culturas, es importante que nosotros no vivamos solo en el interior de nuestras certezas y de nuestras identidades, sino que nos expongamos realmente a las preguntas de los demás. Y con esa disponibilidad y esa franqueza, en el encuentro recíproco, intentamos dar a entender todo lo que a nosotros nos parece razonable, es más, necesario para el hombre.

Gad LERNER: Paolo Flores d’Arcais: «razonable y necesario». Eso es Dios, eso es la Fe, para el hombre, dice el cardenal Ratzinger, que también, en su escrito publicado en MicroMega, insiste en la racionalidad, si puedo decirlo así, del cristianismo.

Paolo FLORES D’ARCAIS: En un debate de estas características hay una gran asimetría, porque el creyente está interesado en convertir al no creyente -está interesado, en el sentido más elevado del término, obviamente-. En cambio, el ateo no está interesado en absoluto en convencer al creyente de la inexistencia de Dios, no tiene ningún interés en conseguir que nadie pierda la fe.

¿Y entonces por qué también un ateo está profundamente interesado en la fe y sobre todo, en el tipo de fe de quien la practica? Porque ser ateo -palabra que algunos consideran de mal gusto- (¿pero por qué no hay que decir sobriamente lo que se es?), ser ateo significa simplemente considerar que todo se juega aquí, en nuestra existencia, finita e incierta. Y, por tanto, que son importantes los valores que se eligen en esta existencia, la coherencia entre los valores que se eligen y la propia conducta. Y precisamente porque todo se juega aquí, en el horizonte de esta existencia, sobre esa base se establecen las alianzas, las solidaridades, los conflictos y los choques.

Y entonces, desde el punto de vista de los valores que se escogen, y sobre todo de la posibilidad de una convivencia basada en la tolerancia, es decir, en el respeto mutuo, el tipo de religión que practica quien cree no resulta indiferente. Si la fe de un cristiano es la de las primeras generaciones, que se resume en una frase que no se sabe quién la pronunció en realidad -aunque se atribuye a Tertuliano- [1], pero que constituye el sentir común de las primeras generaciones de cristianos -y el concepto está clarísimo también en san Pablo-, esto es: «credo quia absurdum», o sea «la fe es escándalo para la razón» …

Si eso es la fe, no surge ningún conflicto con el no creyente, porque una fe de esas características no pretenderá imponerse, solo pedirá que la respeten.

Pero si la fe católica pretende ser el resumen y la culminación de la razón, ser el resumen y la culminación de todo aquello que es más característico del hombre, ser la verdadera summa de la razón y la humanidad, entonces comprenderán que si la fe pretende ser eso, es inevitable el riesgo de que más tarde caiga en la tentación de imponerse, incluso mediante el brazo secular del Estado. Porque quien estuviese en conflicto con los dictámenes de la fe, y sobre todo con sus consecuencias morales, estaría también en contra de la razón y de la humanidad.

Gad LERNER: Disculpe, Flores, pero puede que nos estemos anticipando en los tiempos si nos ponemos a hablar del brazo secular del Estado. Usted ha planteado una cuestión, creo que decisiva, que por otra parte ha planteado también en su escrito, esto es: ¿pero por qué vosotros los creyentes, vosotros los cristianos, vosotros los hombres de fe no renunciáis a la demostración mundana de la verdad -eso es lo que ha escrito Flores­ por qué pretendéis darle también una apariencia racional a lo que es palmariamente absurdo? Si vosotros aceptarais, dice Flores -atribuyendo esa posición también al cristianismo de los orígenes, y no sé si usted [dirigiéndose a Ratzinger] estará de acuerdo, probablemente contestará esta tesis de Flores-, si vosotros aceptarais la idea de lo absurdo de la fe, bueno, nosotros nos conformaríamos, os dejaríamos creer, os dejaríamos creer porque sois libres de ello, pero a fin de cuentas estaríamos satisfechos por el hecho de que se sepa, de que quede constancia de lo absurdo de esa fe.

Joseph RATZINGER: En realidad estoy convencido de que las primeras generaciones del cristianismo no pensaban en la fe como un absurdo. Es cierto que Pablo habla del «escándalo» de la fe, y vemos que el escándalo existe en todas las generaciones -incluso hoy-, pero al mismo tiempo Pablo predica en el Areópago, es decir, en el centro de la cultura antigua, de la filosofía antigua, en discusión con los filósofos, y cita también a los filósofos. Y generalmente el comienzo de la predicación cristiana se dirigía a los denominados phoboumenoi theon, es decir, a grupos de personas que se habían congregado en torno a la Sinagoga. [2]

El judaísmo tuvo una función muy importante y una posición muy importante el en mundo antiguo, en tanto que aquella fe en un único Dios creado se presentaba precisamente como la religión racional, que era buscada en el momento de la crisis de los Dioses. Y, por tanto, esa religión se ofrecía como una religión verdadera y auténtica, no inventada por los filósofos, sino realmente nacida del corazón del hombre y de la luz de Dios, pero al mismo tiempo en correspondencia profunda con las convicciones racionales de aquel periodo. Y, por tanto, las personas digamos «iluminadas» de aquel periodo, en busca de Dios, que ya no estaban satisfechas con las religiones oficiales, las personas que buscaban no solo una construcción filosófica, sino una religión auténtica, que sin embargo, correspondiera a la razón…

Esas personas habían creado un círculo de personas en torno a la Sinagoga, y aquel era el mundo donde Pablo podía predicar. Y su intención y su convicción fue precisamente el Dios único que habló con Abraham, que habló en el Antiguo Testamento, y que se manifiesta y se hace accesible a través de Jesús a los pueblos del mundo. [Pablo] sabía bien que por una parte ofrecía escándalo en el Areópago, sabemos que el anuncio de la resurrección crea escándalo. Pero también estaba convencido de que no anunciaba algo absurdo, capaz de satisfacer solo a algunos, sino algo que llevaba consigo un mensaje capaz de apelar a la razón de los hombres, y decirles: todos nosotros buscamos -en este momento de crisis- a Dios, buscamos una religión que no sea inventada, sino auténtica, y que, al mismo tiempo, sea acorde con nuestra razón.

Y san Pedro en la primera carta dice explícitamente: deberéis estar siempre dispuestos a «dar razón» de vuestra esperanza, siempre tenéis que apologein, dar cuenta del logos. Es decir: [los cristianos] tienen que estar dispuestos a demostrar el logos, es decir, el sentido profundamente racional de sus convicciones.

Por supuesto, sobre ese punto estoy de acuerdo con el profesor Flores d’Arcais, no se debe imponer todo eso. Hay que apelar a la conciencia y a la razón. Esa es la única instancia que puede decidir. Porque de veras constituye un pecado pensar: si luego la razón no está disponible, debemos «ayudarla» con el poder del Estado. Eso es un grave error. Por tanto, no hay que imponerse con el poder -eso es un gran pecado y un gran error- sino ofrecerse a la evidencia de la razón y del corazón.

Paolo FLORES D’ARCAIS: Pero naturalmente: el cristianismo consigue imponerse en un horizonte de crisis de las religiones tradicionales, y en un clima -también debido a numerosas escuelas filosóficas- que prepara para una religión de un tipo diferente, basada en un Dios único. Y, sin embargo, a mí me parece evidente, leyendo los textos, que para las primeras generaciones de cristianos no es la razón lo que lleva a creer, sino la fe: incluso aunque esté «esencialmente» en conflicto con lo que parece, a los hombres de aquella época, razón.

Pablo utiliza una expresión que yo creo que hay que tornar al pie de la letra, la «locura» de la cruz, y lo que diferencia al cristianismo de Platón o de muchas otras escuelas filosóficas, incluido Epicuro -también Epicuro creía en Dios, pero en un Dios totalmente indiferente al destino de los hombres- lo que caracteriza al cristianismo es que Pablo repite constantemente: no es simplemente la fe en un Dios único, es la fe en Jesucristo muerto y «resucitado».

La resurrección es la clave esencial, la diferencia específica de la religión cristiana. Y en su famosa disputa con los filósofos en el Areópago, no es casualidad -como cuentan los Actos de los Apóstoles- que mientras se discutió de Dios, de un Dios único, la discusión siguió adelante. Pero en cuanto se habló de resurrección de los muertos, todos, ni siquiera escandalizados o incrédulos, sino simplemente molestos, se marcharon. Porque eso parecía verdaderamente, era verdaderamente locura para la razón.

Entonces, el elemento esencial, si no queremos reducir el cristianismo a una de las muchas filosofías-religiones de la época, es precisamente esa locura para la razón, la locura de la cruz, de la resurrección, la insistencia en el tema «la resurrección de los muertos», la resurrección corporal. Todo ello a mi juicio indica que hay afirmar la fe como un derecho, que sin embargo está en conflicto con la razón, y no hay…

Gad LERNER: Disculpe, profesor, sobre la fe tengo que hacerle una pregunta concreta, pero quizá el cardenal Ratzinger quiere replicarle a esa observación.

Joseph RATZINGER: Sí.

Gad LERNER: La resurrección, la locura de la resurrección como elemento central de la fe cristiana.

Joseph RATZINGER: Sí. Entonces, la primera cuestión es que san Pablo está convencido de que la fe cristiana apela a la razón, pero también está convencido de que va más allá de las cosas evidentes para la razón porque, así entiendo yo a san Pablo, está en juego el amor, el amor que no es antirracional, sino que excede de mucho a la razón.

Ese es el Dios que es logos, como dice después san Juan, que es la razón creadora, que es palabra -porque logos no es simplemente razón, sino que es una razón que ya habla, es decir, un relacionarse, un acercarse, y en ello tenemos ya una renovación del concepto de razón que va más allá de la pura matemática, de la pura geometría del ser -y que no obstante es logos, y también hablando y también yendo más allá de esa pura matemática, sigue siendo logos a pesar de todo, es decir, razonable… pero lo que aquí se anuncia es el hecho de que este logos es amor -se aproxima- y ese amor efectivamente realiza cosas locas. Porque parece absurdo que un Dios, desde su condición de eterna felicidad, se ponga en juego por esa diminuta criatura que es el hombre, se ponga en juego en este mundo hasta la muerte.

Eso en realidad contrasta con el concepto puramente filosófico de Dios, y Pablo es bien consciente de ese contraste, pero nos da a entender que, en resumidas cuentas, la libertad y la grandeza más elevada de la razón es ser también amor, y por tanto sobrepasar el límite que nuestra especulación filosófica podría determinar para esa divinidad.

Y una cosa más: me parece muy significativo que los primeros dos, tres, cuatro siglos del cristianismo, en la búsqueda de una conexión con la cultura circunstante, nunca se conectaron con las religiones, no se veían en relación con aquellas religiones, sino que decían: nuestra religión es la continuación y la culminación de las filosofías de la época -y también una superación de las filosofías-. Ven en la filosofía la pre-presencia de Cristo, del logos en el mundo.

Y así la autodefinición de esas primeras generaciones fue precisamente esa: no somos una religión como tantas, tenemos los mismos derechos que las demás religiones, pero nosotros somos la continuación del pensamiento humano que ha criticado las religiones, del pensamiento que ya había encontrado una pista de Dios, pero que únicamente con sus fuerzas no podía identificarlo realmente. Y la novedad del cristianismo, según estos padres, es que ese mismo Dios oculto, presentido, después se manifiesta, y naturalmente sobrepasa radicalmente todo lo que se podía «saber» y a pesar de ello se demuestra en unidad con esa búsqueda humana.

[1] La afirmación «credo quia absurdum» ha sido atribuida a Tertuliano porque en el escrito titulado De carne Christi; declara expresamente que la crucifixión y muerte de Cristo es «creíble porque inconcebible», y su resurrección es «segura, porque imposible». Reproducimos el párrafo en su totalidad: Natus est Dei Filius; non pudet; quia pudendum est: et mortuus est Dei Filius; prorsus credibile est, quia ineptum est: et sepultus resurrexit; certum est, quia impossibile.

[2] Los «timoratos de Dios» eran gentiles, no circuncidados, que iban a la Sinagoga para conocer y rezar al mismo Dios que los judíos. Según muchos historiadores, tendrán una importancia relevante en la acogida de la predicación del san Pablo.

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