Hay un viejo dicho popular que dice: “Si me mientes una vez, es tu culpa. Si me mientes dos, es la mía”. A primera vista parece un proverbio sobre la confianza interpersonal, pero encierra algo mucho más profundo sobre cómo funciona nuestra mente cuando ha sido golpeada por una experiencia límite. Entender la reacción de mucha gente ante las noticias del hantavirus pasa, necesariamente, por entender ese mecanismo.
EL CEREBRO QUE RECUERDA LO MALO MEJOR QUE LO BUENO
Empecemos por un hecho bien establecido en psicología cognitiva: nuestro cerebro no trata lo bueno y lo malo de forma simétrica. En un artículo que lleva más de 10 000 citas en la literatura científica, Roy Baumeister y sus colaboradores demostraron que los eventos negativos se procesan con más profundidad, se recuerdan con mayor detalle y durante más tiempo, y dejan huellas más resistentes al cambio que los eventos positivos. Lo llamaron, sin ambages, Bad is Stronger than Good, “lo malo es más fuerte que lo bueno”.
Esto no es un defecto, sino una solución evolutiva: un organismo que aprende más rápido de las amenazas sobrevive mejor. El problema es que ese mismo sistema, tan útil en la sabana, opera con exactamente la misma lógica en el siglo XXI cuando vemos en el móvil el titular “Brote de hantavirus en crucero procedente de Argentina”.
A nivel neurobiológico, la amígdala (estructura central del sistema límbico) actúa como un detector de amenazas que procesa la señal de peligro antes de que el córtex prefrontal pueda evaluarla de forma racional. El neurocientífico estadounidense Joseph LeDoux describió este mecanismo como la “vía corta”: un atajo neuronal que sacrifica precisión a cambio de velocidad. El resultado es que reaccionamos emocionalmente antes de pensar. Y cuando ese sistema ha sido entrenado por una experiencia tan intensa como el covid, la reactividad se dispara con mucha más facilidad.
EL COVID COMO EXPERIENCIA CONDICIONANTE DE ESCALA HISTÓRICA
Para entender la intensidad de la respuesta actual, hay que ir un paso más atrás. Desde la psicología del aprendizaje, el covid funcionó como una experiencia de altísima intensidad emocional: muerte cercana, confinamiento, incertidumbre radical, pérdida de rutinas, de trabajo, de personas queridas. Toda esa carga quedó asociada a un conjunto de señales muy concretas: noticias de virus, curvas de contagio, palabras como “pandemia”, “transmisión”, “sin vacuna”…
Ahora esas señales están cargadas de significado emocional aprendido. Basta con que aparezca una de ellas (aunque sea un virus completamente diferente, aunque los datos sean tranquilizadores) para que el sistema emocional dispare la respuesta aprendida: ansiedad, alerta, necesidad de hacer algo o, en el polo opuesto, desconexión total.
Aquí volvemos al dicho del principio: la “segunda amenaza” ya no se evalúa desde cero. El sistema llega cargado, con los esquemas activados, listo para confirmar lo peor.
POR QUÉ EL COVID DEJÓ ESA IMPRONTA Y NO OTRA
Pero hay algo que hace que esta asociación sea especialmente poderosa, y que va más allá de la psicología individual. Durante generaciones, los seres humanos hemos mantenido las pandemias, las guerras mundiales y las extinciones masivas en el terreno de lo que le pasó a otros, en otro tiempo. Los historiadores hablan de “distancia psicológica”: los eventos catastróficos del pasado forman parte de nuestro imaginario colectivo, pero no de nuestra experiencia vivida. Esto tiene una función protectora muy concreta: nos permite funcionar en el día a día sin conectar con la posibilidad de que algo así nos pueda pasar a nosotros, aquí, ahora.
Y, sin embargo, antes del covid, ese mismo sistema tenía un escudo cognitivo adicional: el sesgo de optimismo irreal, descrito por el psicólogo Neil Weinstein como la tendencia a creer que los eventos negativos son menos probables para uno mismo que para los demás en situaciones comparables. Aunque algunos autores lo han relacionado con efectos protectores sobre el bienestar psicológico, el propio fenómeno puede volverse maladaptativo cuando conduce a subestimar riesgos reales y reducir conductas preventivas. En cierto modo, podríamos decir que no es negación patológica, sino el precio de la salud mental cotidiana: no podemos permitirnos vivir en alerta permanente.
El covid lo rompió todo. Y no solo de forma individual, sino generacional y colectiva: por primera vez en la memoria viva de la mayoría de la población, una amenaza de escala civilizatoria fue real, cercana, concreta y transmitida en directo. Eso dejó una impronta que no funciona como un recuerdo más, sino como una reconfiguración del umbral de amenaza percibida. El escudo cognitivo se rompió, y ahora el sistema de detección de peligros opera en un terreno nuevo, más sensible.
Dos respuestas, un mismo origen
Cuando ese sistema condicionado se activa frente a noticias como las del hantavirus, las personas tendemos a responder de dos maneras que parecen opuestas pero comparten la misma raíz:
- Hiperactivación: búsqueda compulsiva de información, compra preventiva de mascarillas, plantearse cancelar el viaje a Tenerife aunque los datos objetivos no lo justifiquen. Es la respuesta de quien no puede no hacer nada cuando el sistema emocional está en alerta.
- Evitación y desconexión: ignorar las noticias, racionalizar que “esto no es lo mismo”, cambiar de tema. Lejos de ser indiferencia, es muchas veces una estrategia defensiva para no reconectar con el peso emocional de lo vivido.
Ambas respuestas son comprensibles y, en cierta medida, adaptativas. El problema surge cuando se vuelven rígidas: quien está en hipervigilancia acaba en un ciclo de ansiedad que se retroalimenta; quien desconecta pierde la capacidad de hacer una evaluación realista del riesgo.
La OMS ya ha señalado que el brote actual de hantavirus no es comparable ni en mecanismo ni en escala a la transmisión del SARS-CoV-2 (y esa información importa), pero llega a un sistema de procesamiento que, para una parte de la población, ya no opera desde la calma. Saber los datos no es suficiente si el sistema emocional no está en condiciones de recibirlos.
Quizás lo más llamativo de todo esto es que no habla de irracionalidad, sino de coherencia. Nuestro sistema psicológico hace exactamente lo que aprendió a hacer: recuerda lo malo con más precisión, se prepara antes de pensar, y aplica lo aprendido en cuanto detecta una señal parecida. El problema no es el cerebro; es que el mundo cambió de una forma para la que no teníamos precedente reciente, y todavía estamos recalibrando.
Volviendo al dicho: si la primera vez te pilló desprevenido, ahora tu sistema emocional prefiere equivocarse por exceso antes que volver a ser sorprendido. Es, en el fondo, una forma de aprendizaje. Incómoda, a veces desproporcionada, pero perfectamente humana.
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Mónica Pachón-Basallo, Universidad de Navarra![]()
Mónica Pachón-Basallo, Doctora en educación y psicología, Universidad de Navarra
Este artículo fue publicado originalmente en The Conversation. Lea el original.








