Es imprescindible hacer una pausa en estos capítulos de nuestros relatos cuaresmales, con el objeto de efectuar un homenaje a través de esta semblanza de un querido amigo, que con toda justicia debiese ser conocido como el vitalicio “CAPITÁN” de nuestro GALLARDO ESCUADRÓN DE ROMANOS.
Desde que mi memoria me lo permite, las imágenes de un hombre barbado, fornido, y mirada de hierro, que a más de alguno de los niños inocentes de aquella época nos provocaba respeto y porqué no decirlo hasta temor, desde temprana hora de la mañana de cada Domingo de Ramos y en las proximidades del templo del Señor San José, hacían pensar que el personaje en cuestión “cazaba” a la perfección con uno de los soldados pretorianos que en su tiempo y en la vida real, hicieron cumplir la sentencia de Poncio Pilatos, en la ciudad de Jerusalén el primer Viernes Santo de la historia.
Sin temor a equivocarnos, este “emblemático” personaje había nacido para ser un dirigente de nuestro “Gallardo” escuadrón. Nos referimos al ilustre y recordado JESÚS REYES CONTRERAS (+) QEPD, conocido en el mundo de la cuaresma como el “ROMANÓN”, o el gran “CHUSÓN” para sus amigos, quien por más de 39 años, acompañó como ferviente devoto de Jesús de los Milagros, al cortejo procesional del primer día de la semana mayor. Sin embargo, con el devenir de los años, nuestro sentimiento hacia aquel “rudo” penitente fue cambiando, a tal modo que detrás de su robusta complexión física, su barba de profeta y sus férreas facciones, se encontraba un gentil hombre, sumamente devoto y amante de nuestras tradiciones de religiosidad popular, con quien nos unió una gran amistad que demoró por muchos años.

Pero conozcamos un poco más acerca de la historia de Chusón. Su hijo, el maestro integrante de música de bandas de Semana Santa y también devoto cargador, JESÚS REYES MONTERROSO, a quien agradecemos profundamente, colaboró con quien escribe estos apuntes, por medio de la evocación de su señor padre:
“Jesús Reyes Contreras nació el 26 de agosto de 1953 en Sololá, Guatemala. Poco después de su nacimiento, su padre lo llevó a la Ciudad Capital, donde transcurrió su infancia. Desde temprana edad, su madre le inculcó la tradición de participar como cucurucho, iniciándose en 1957 al cargar por primera vez en la procesión infantil del Niño de la Demanda en el templo de La Merced. En la década de 1970 —aunque nunca mencionó la fecha exacta— decidió integrarse a la Hermandad de la Virgen de Guadalupe y del Señor de Esquipulas en el Santuario de Guadalupe. Allí conoció a Don Miguel Ángel Sosa Ponce, con quien entabló una estrecha amistad. Más adelante, cuando Sosa Ponce asumió la presidencia de la Hermandad de San José, lo invitó a formar parte del escuadrón de Romanos, destacando que “tenía porte” para ello. Desde entonces, fue conocido cariñosamente como “El Romanón”.
Su ingreso oficial al escuadrón se dio en 1977. Recordaba que en aquellos años la procesión de Jesús de los Milagros iniciaba a media mañana y concluía hacia las 21:00 horas. Al finalizar, esperaba que la Virgen de Dolores estuviera ya en su dosel para retirarse junto a sus compañeros del escuadrón, con quienes solía compartir una gaseosa antes de regresar a pie a su hogar en la zona 3. Aunque llegaba cansado y asoleado, siempre consideró ese esfuerzo como parte de su penitencia.
Al incorporarse al escuadrón de Romanos, fue asignado inicialmente como centinela, portando únicamente la lanza y el escudo, con la responsabilidad de custodiar el último estandarte. Este puesto se desempeñaba en turnos rotativos junto a sus compañeros. Él relataba que disfrutaba de esa función, pues le permitía escuchar durante todo el recorrido las solemnes marchas fúnebres.

Con el paso de los años, fue trasladado a distintos puestos dentro del escuadrón: primero al Vía Crucis, posteriormente a la Sentencia y, finalmente, hacia 1995, se le confió la posición de la Cruz Alta, cargo que mantuvo de manera permanente hasta su último año como Romano, en 2015.
Entre sus recuerdos más significativos mencionaba el incendio del anda, ocasión en la que los Romanos de San José colaboraron activamente para sofocar las llamas, mientras otro grupo formaba una valla para impedir el paso de la multitud. También compartía diversas anécdotas personales, como las dificultades que enfrentaba cuando el uniforme no le quedaba adecuadamente, lo que le resultaba incómodo y lo llevaba a buscar entre sus compañeros uno de mayor tamaño. Finalmente, optó por mandar a confeccionar algunos implementos propios del uniforme, tales como las sandalias, las muñequeras y la falda.
Otra de sus memorias era el momento en que le correspondía leer La Sentencia. En esa ocasión debía portar una gran capa de considerable peso y ser colocado sobre un pedestal, lo que añadía solemnidad y esfuerzo físico a su participación.
Los Lunes Santos, a las siete de la mañana, ya estaba preparando su túnica para cargar en la parroquia. Nos despertaba temprano, pues disfrutaba escuchar música instrumental, lo que reflejaba su entusiasmo y devoción por cada detalle de la Semana Mayor.
En el año 2012 presentó por primera vez a sus nietos como cucuruchos. Recuerdo que permaneció intranquilo desde el inicio de la procesión hasta que logré llevarlos a la 15 avenida, antes de que dejaran sus puestos para dirigirse a cargar en el Parque Colón. Su mayor deseo era tomarse una fotografía con ellos, quienes apenas tenían cuatro meses de edad. Me comentaba que, al no poder utilizar teléfono, no podía llamarme para apresurarme, pues anhelaba con gran ilusión esa imagen junto a sus nietos.
En el año 2016 comenzó a padecer serios quebrantos de salud que lo obligaron a retirarse del escuadrón, después de haber servido como Romano durante 39 años. Conservó su cupo por dos años más, con la esperanza de recuperarse y volver a caminar junto a Jesús de los Milagros. Mientras tanto, la Hermandad le otorgó un turno ordinario para que pudiera continuar cargando como cucurucho. Sin embargo, en 2018 partió a la presencia del Señor.
Durante esos dos últimos años solía expresar su deseo de que alguno de nosotros —mi hermano o yo— compusiera una marcha fúnebre, no dedicada a él, sino a Jesús de los Milagros, para poder escucharla en vida. Al momento de su fallecimiento, en medio de mi duelo, compuse la marcha fúnebre titulada “El Romano”, dedicada tanto a Jesús de los Milagros como a su memoria. La obra se estrenó en un concierto en Quetzaltenango, interpretada por la Banda del Maestro Saúl López. Una última anécdota de ese concierto me la compartió un amigo integrante de la banda, Saúl Hernández. Él relató que, entre el público, distinguió a una persona idéntica a mi padre, incluso realizando el mismo gesto de acomodarse los lentes. Estoy convencido de que mi padre estuvo presente en ese concierto, escuchando la marcha que tanto había deseado oír…”.
Cuando daba inicio la procesión josefina y su centuria imperial, el “Romanón” generalmente ocupaba la posición de avanzada, y esto era muy razonable. Su hijo nos ha compartido que la responsabilidad de llevar la cruz alta, pasó por sus manos en muchos cortejos josefinos.
Cuarta Parte: Gallardo escuadrón de romanos, heroísmo a prueba de fuego
Nunca supe cuáles serían sus “fuentes” respecto a fotografías antiguas de procesiones, u objetos con relevancia para las tradiciones propias de la época, tales como matracas o incensarios, pero lo que sí me queda claro, era su entusiasmo por realizar aportes o donaciones de estos documentos o enseres para nuestro querido y recordado “MUSEO DE LA SEMANA SANTA” allá en la octava avenida. Sus palabras por la vía del teléfono, siempre fueron: MIRÁ PAPÁ, AQUÍ TE CONSEGUÍ ESTO… O AQUELLO…. Y era casi seguro que días después, lo ofrecido llegara a mis manos para su colocación en vitrinas o exhibidores.
Cuando me enteré que su salud se había deteriorado, a tal extremo que le motivó a un retiro involuntario de su querido grupo de acorazados devotos con pecheras y espaldares, me entristecí mucho. Y más aún, cuando meses después se conoció la noticia de su muerte. El gran “Romanón”, el prototipo del ROMANO GUATEMALTECO de Semana Santa, se había ido para siempre. Sí, en lo físico, pero espiritualmente los que tanto le quisimos, apreciamos y admiramos por su entrega y devoción a la imagen tan querida de su Jesús Nazareno, lo veremos por siempre portar la cruz alta o los lábaros romanos, al inicio del cortejo procesional de cada Domingo de Ramos, o en cualquier otro donde se divisen los penachos que sobresalen de los cascos de hojalata.
Que sirvan estas cuartillas como un breve pero sincero homenaje a nuestro querido y recordado Jesús “Chusón” Reyes Contreras, “el Romanón”; un verdadero campeón de la Semana Santa guatemalteca, orgulloso CENTURIÓN para siempre, del “GALLARDO ESCUADRÓN DE ROMANOS”.








